El 2 de febrero pasado se celebró, como todos los años, el Día de la Marmota en diferentes ciudades de Norteamérica. Para quien no lo sepa (y si aún no se ha visto Groundhog Day [1993], réstese también 50 mini-puntos de poder) este día se celebra la retirada o no del invierno, dependiendo de la actitud que tome la marmota según el clima que haya ese día. Por lo visto, los gringos llevan más de un siglo confiando en esta tradición, sin dejar que el bajo porcentaje de acierto en los pronósticos (30% - 40%) los desmotive. De hecho, en Wikipedia encontré un poema escocés muy bacano, que es toda una oda a la ambigüedad (y aquí en el Manual, valoramos ese tipo de detalles coquetos):
(Mientras la luz se prolonga)
The cold grows stronger
(El frío se hace más fuerte)
If Candlemas be fair and bright
(Si la Candelaria es clara y brillante)
Winter will have another flight
(El invierno volverá a coger vuelo)
If Candlemas be cloud and rain
(Si la Candelaria es turbia y lluviosa)
Winter will be gone and not come again
(El invierno se irá y no volverá)
A farmer should on Candlemas day
(Un granjero obtendrá el Día de la Candelaria)
Have half his corn and half his hay
(La mitad del maíz y la mitad de su heno)
On Candlemas day if thorns hang a drop
(Si durante ese día, el rocío cuelga de las espinas)
You can be sure of a good pea crop
(Tendrás la certeza de una buena cosecha)
De manera que, siendo esta una versión subterránea y mamífera de la pregunta ¿Por qué el pollo cruzó la carretera?, nos cuestionamos hoy en este tributo al Aleph con dos preguntas:
2. ¿Por qué si hay tormenta, la marmota se atreve a salir?
Podría ser por algunas de estas razones:
De cualquier forma, los inviernos seguirán pasando y la marmota seguirá saliendo o no de su madriguera, creyendo que no ha salido antes, sin recordar cuando entró; impulsada por su instinto animal sobre un mismo continuo que parece distinto, como en una Cinta de Möbius, sin necesidad de ser un fatídico limbo cortazariano (aunque durante casi dos horas, a Bill Murray se le ha debido asemejar bastante).
¿Usted qué piensa, apreciado lector? ¿Qué otras razones pueden ser la que mantienen a nuestro esciúrido amigo en esta antinomia? Puede comentar.
jueves, 24 de febrero de 2011
La marmota de Möbius
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jueves, 16 de abril de 2009
Manuscrito hallado en un bolsillo
Buen día lectores del Aleph. Hoy, dado mi ausencia de tiempo (y de ideas) les traigo algo un poco particular. Como muchos lo habrán notado, uno de los personajes que más a inspirado a este blog es el escritor Julio Cortazar. En esta oportunidad les dejo un cuento de él, completo, lo que significa que su extensión es un poco mayor a lo que los he acostumbrado.
Pero la verdad, es uno de esos textos que cuando le leí me cayó como un golpe en el rostro, contundente e interesante, una de las mejores cosas que le he leido a Cortazar. Y por supuesto tiene un final que amerita todo un despliegue en esta columna. Así que ahí quedan las preguntas:
- ¿Como creen que termina?
- ¿Que les parece el juego?
- ¿Han jugado algo de este estilo?
- ¿Jugarian algo así, con algo real en su vida, como en este caso?
- ¿Adan y Eva tenian Ombligo?
Espero que en sus comentarios podamos hacer un despliegue interesante de estos temas. Les dejo el texto:
MANUSCRITO HALLADO EN UN BOLSILLO
Ahora que lo escribo, para otros esto podría haber sido la ruleta o el hipódromo, pero no era dinero lo que buscaba, en algún momento había empezado a sentir, a decidir que un vidrio de ventanilla en el metro podía traerme la respuesta, el encuentro con una felicidad, precisamente aquí donde todo ocurre bajo el signo de la más implacable ruptura, dentro de un tiempo bajo tierra que un trayecto entre estaciones dibuja y limita así, inapelablemente abajo. Digo ruptura para comprender mejor (tendría que comprender tantas cosas desde que empecé a jugar el juego) esa esperanza de una convergencia que tal vez me fuera dada desde el reflejo en un vidrio de ventanilla. Rebasar la ruptura que la gente no parece advertir aunque vaya a saber lo que piensa esa gente agobiada que sube y baja de los vagones del metro, lo que busca además del transporte esa gente que sube antes o después para bajar después o antes, que sólo coincide en una zona de vagón donde todo está decidido por adelantado sin que nadie pueda saber si saldremos juntos, si yo bajaré primero o ese hombre flaco con un rollo de papeles, si la vieja de verde seguirá hasta el final, si esos niños bajarán ahora, está claro que bajarán porque recogen sus cuadernos y sus reglas, se acercan riendo y jugando a la puerta mientras allá en el ángulo hay una muchacha que se instala para durar, para quedarse todavía muchas estaciones en el asiento por fin libre, y esa otra muchacha es imprevisible, Ana era imprevisible, se mantenía muy derecha contra el respaldo en el asiento de la ventanilla, ya estaba ahí cuando subí en la estación Etienne Marcel y un negro abandonó el asiento de enfrente y a nadie pareció interesarle y yo pude resbalar con una vaga excusa entre las rodillas de los dos pasajeros sentados en los asientos exteriores y quedé frente a Ana y casi enseguida, porque había bajado al metro para jugar una vez más el juego, busqué el perfil de Margrit en el reflejo del vidrio de la ventanilla y pensé que era bonita, que me gustaba su pelo negro con una especie de ala breve que le peinaba en diagonal la frente.
No es verdad que el nombre de Margrit o de Ana viniera después o que sea ahora una manera de diferenciarlas en la escritura, cosas así se daban decididas instantáneamente por el juego, quiero decir que de ninguna manera el reflejo en el vidrio de la ventanilla podía llamarse Ana, así como tampoco podía llamarse Margrit la muchacha sentada frente a mí sin mirarme, con los ojos perdidos en el hastío de ese interregno en el que todo el mundo parece consultar una zona de visión que no es la circundante, salvo los niños que miran fijo y de lleno en las cosas hasta el día en que les enseñan a situarse también en los intersticios, a mirar sin ver con esa ignorancia civil de toda apariencia vecina, de todo contacto sensible, cada uno instalado en su burbuja, alineado entre paréntesis, cuidando la vigencia del mínimo aire libre entre rodillas y codos ajenos, refugiándose en France-Soir o en libros de bolsillo aunque casi siempre como Ana, unos ojos situándose en el hueco entre lo verdaderamente mirable, en esa distancia neutra y estúpida que iba de mi cara a la del hombre concentrado en el Figaro. Pero entonces Margrit, si algo podía yo prever era que en algún momento Ana se volvería distraída hacia la ventanilla y entonces Margrit vería mi reflejo, el cruce de miradas en las imágenes de ese vidrio donde la oscuridad del túnel pone su azogue atenuado, su felpa morada y moviente que da a las caras una vida en otros planos, les quita esa horrible máscara de tiza de las luces municipales del vagón y sobre todo, oh sí, no hubieras podido negarlo, Margrit, las hace mirar de verdad esa otra cara del cristal porque durante el tiempo instantáneo de la doble mirada no hay censura, mi reflejo en el vidrio no era el hombre sentado frente a Ana y que Ana no debía mirar de lleno en un vagón de metro, y además la que estaba mirando mi reflejo ya no era Ana sino Margrit en el momento en que Ana había desviado rápidamente los ojos del hombre sentado frente a ella porque no estaba bien que lo mirara, al volverse hacia el cristal de la ventanilla había visto mi reflejo que esperaba ese instante para levemente sonreír sin insolencia ni esperanza cuando la mirada de Margrit cayera como un pájaro en su mirada. Debió durar un segundo, acaso algo más porque sentí que Margrit había advertido esa sonrisa que Ana reprobaba aunque no fuera más que por el gesto de bajar la cara, de examinar vagamente el cierre de su bolso de cuero rojo; y era casi justo seguir sonriendo aunque ya Margrit no me mirara porque de alguna manera el gesto de Ana acusaba mi sonrisa, la seguía sabiendo y ya no era necesario que ella o Margrit me miraran, concentradas aplicadamente en la nimia tarea de comprobar el cierre del bolso rojo.
Como ya con Paula (con Ofelia) y con tantas otras que se habían concentrado en la tarea de verificar un cierre, un botón, el pliegue de una revista, una vez más fue el pozo donde la esperanza se enredaba con el temor en un calambre de arañas a muerte, donde el tiempo empezaba a latir como un segundo corazón en el pulso del juego; desde ese momento cada estación del metro era una trama diferente del futuro porque así lo había decidido el juego; la mirada de Margrit y mi sonrisa, el retroceso instantáneo de Ana a la contemplación del cierre de su bolso eran la apertura de una ceremonia que alguna vez había empezado a celebrar contra todo lo razonable, prefiriendo los peores desencuentros a las cadenas estúpidas de una causalidad cotidiana. Explicarlo no es difícil pero jugarlo tenía mucho de combate a ciegas, de temblorosa suspensión coloidal en la que todo derrotero alzaba un árbol de imprevisible recorrido. Un plano del metro de París define en su esqueleto mondrianesco, en sus ramas rojas, amarillas, azules y negras una vasta pero limitada superficie de subtendidos seudópodos: y ese árbol está vivo veinte horas de cada veinticuatro, una savia atormentada lo recorre con finalidades precisas, la que baja en Chatelet o sube en Vaugirard, la que en Odeón cambia para seguir a La Motte-Picquet, las doscientas, trescientas, vaya a saber cuántas posibilidades de combinación para que cada célula codificada y programada ingrese en un sector del árbol y aflore en otro, salga de las Galeries Lafayette para depositar un paquete de toallas o una lámpara en un tercer piso de la rue Gay-Lussac.
Mi regla del juego era maniáticamente simple, era bella, estúpida y tiránica, si me gustaba una mujer, si me gustaba una mujer sentada frente a mí, si me gustaba una mujer sentada frente a mí junto a la ventanilla, si su reflejo en la ventanilla cruzaba la mirada con mi reflejo en la ventanilla, si mi sonrisa en el reflejo de la ventanilla turbaba o complacía o repelía al reflejo de la mujer en la ventanilla, si Margrit me veía sonreír y entonces Ana bajaba la cabeza y empezaba a examinar aplicadamente el cierre de su bolso rojo, entonces había juego, daba exactamente lo mismo que la sonrisa fuera acatada o respondida o ignorada, el primer tiempo de la ceremonia no iba más allá de eso, una sonrisa registrada por quien la había merecido. Entonces empezaba el combate en el pozo, las arañas en el estómago, la espera con su péndulo de estación en estación. Me acuerdo de cómo me acordé ese día: ahora eran Margrit y Ana, pero una semana atrás habían sido Paula y Ofelia, la chica rubia había bajado en una de las peores estaciones, Montparnasse-Bienvenue que abre su hidra maloliente a las máximas posibilidades de fracaso. Mi combinación era con la línea de la Porte de Vanves y casi enseguida, en el primer pasillo, comprendí que Paula (que Ofelia) tomaría el corredor que llevaba a la combinación con la Mairie d'Issy. Imposible hacer nada, sólo mirarla por última vez en el cruce de los pasillos, verla alejarse, descender una escalera. La regla del juego era ésa, una sonrisa en el cristal de la ventanilla y el derecho de seguir a una mujer y esperar desesperadamente que su combinación coincidiera con la decidida por mí antes de cada viaje; y entonces -siempre, hasta ahora- verla tomar otro pasillo y no poder seguirla, obligado a volver al mundo de arriba y entrar en un café y seguir viviendo hasta que poco a poco, horas o días o semanas, la sed de nuevo reclamando la posibilidad de que todo coincidiera alguna vez, mujer y cristal de ventanilla, sonrisa aceptada o repelida, combinación de trenes y entonces por fin sí, entonces el derecho de acercarme y decir la primera palabra, espesa de estancado tiempo, de inacabable merodeo en el fondo del pozo entre las arañas del calambre. Ahora entrábamos en la estación Saint-Sulpice, alguien a mi lado se enderezaba y se iba, también Ana se quedaba sola frente a mí, había dejado de mirar el bolso y una o dos veces sus ojos me barrieron distraídamente antes de perderse en el anuncio del balneario termal que se repetía en los cuatro ángulos del vagón. Margrit no había vuelto a mirarme en la ventanilla pero eso probaba el contacto, su latido sigiloso; Ana era acaso tímida o simplemente le parecía absurdo aceptar el reflejo de esa cara que volvería a sonreír para Margrit; y además llegar a Saint-Sulpice era importante porque si todavía faltaban ocho estaciones hasta el fin del recorrido en la Porte d'Orléans, sólo tres tenían combinaciones con otras líneas, y sólo si Ana bajaba en una de esas tres me quedaría la posibilidad de coincidir; cuando el tren empezaba a frenar en Saint-Placide miré y miré a Margrit buscándole los ojos que Ana seguía apoyando blandamente en las cosas del vagón como admitiendo que Margrit no me miraría más, que era inútil esperar que volviera a mirar el reflejo que la esperaba para sonreírle.
No bajó en Saint-Placide, lo supe antes de que el tren empezara a frenar, hay ese apresto del viajero, sobre todo de las mujeres que nerviosamente verifican paquetes, se ciñen el abrigo o miran de lado al levantarse, evitando rodillas en ese instante en que la pérdida de velocidad traba y atonta los cuerpos. Ana repasaba vagamente los anuncios de la estación, la cara de Margrit se fue borrando bajo las luces del andén y no pude saber si había vuelto a mirarme; tampoco mi reflejo hubiera sido visible en esa marea de neón y anuncios fotográficos, de cuerpos entrando y saliendo. Si Ana bajaba en Montparnasse-Bienvenue mis posibilidades era mínimas; cómo no acordarme de Paula (de Ofelia) allí donde una cuádruple combinación posible adelgazaba toda previsión; y sin embargo el día de Paula (de Ofelia) había estado absurdamente seguro de que coincidiríamos, hasta último momento había marchado a tres metros de esa mujer lenta y rubia, vestida como con hojas secas, y su bifurcación a la derecha me había envuelto la cara como un latigazo. Por eso ahora Margrit no, por eso el miedo, de nuevo podía ocurrir abominablemente en Montparnasse-Bienvenue; el recuerdo de Paula (de Ofelia), las arañas en el pozo contra la menuda confianza en que Ana (en que Margrit). Pero quién puede contra esa ingenuidad que nos va dejando vivir, casi inmediatamente me dije que tal vez Ana (que tal vez Margrit) no bajaría en Montparnasse-Bienvenue sino en una de las otras estaciones posibles, que acaso no bajaría en las intermedias donde no me estaba dado seguirla; que Ana (que Margrit) no bajaría en Montparnasse-Bienvenue (no bajó), que no bajaría en Vavin, y no bajó, que acaso bajaría en Raspail que era la primera de las dos últimas posibles; y cuando no bajó y supe que sólo quedaba una estación en la que podría seguirla contra las tres finales en que ya todo daba lo mismo, busqué de nuevo los ojos de Margrit en el vidrio de la ventanilla, la llamé desde un silencio y una inmovilidad que hubieran debido llegarle como un reclamo, como un oleaje, le sonreí con la sonrisa que Ana ya no podía ignorar, que Margrit tenía que admitir aunque no mirara mi reflejo azotado por las semiluces del túnel desembocando en Denfert-Rochereau. Tal vez el primer golpe de frenos había hecho temblar el bolso rojo en los muslos de Ana, tal vez sólo el hastío le movía la mano hasta el mechón negro cruzándole la frente; en esos tres, cuatro segundos en que el tren se inmovilizaba en el andén, las arañas clavaron sus uñas en la piel del pozo para una vez más vencerme desde adentro; cuando Ana se enderezó con una sola y limpia flexión de su cuerpo, cuando la vi de espaldas entre dos pasajeros, creo que busqué todavía absurdamente el rostro de Margrit en el vidrio enceguecido de luces y movimientos. Salí como sin saberlo, sombra pasiva de ese cuerpo que bajaba al andén, hasta despertar a lo que iba a venir, a la doble elección final cumpliéndose irrevocable.
Pienso que está claro, Ana (Margrit) tomaría un camino cotidiano o circunstancial, mientras antes de subir a ese tren yo había decidido que si alguien entraba en el juego y bajaba en Denfert-Rochereau, mi combinación sería la línea Nation-Etoile, de la misma manera que si Ana (que si Margrit) hubiera bajado en Châtelet sólo hubiera podido seguirla en caso de que tomara la combinación Vincennes-Neuilly. En el último tiempo de la ceremonia el juego estaba perdido si Ana (si Margrit) tomaba la combinación de la Ligne de Sceaux o salía directamente a la calle; inmediatamente, ya mismo porque en esa estación no había los interminables pasillos de otras veces y las escaleras llevaban rápidamente a destino, a eso que en los medios de transporte también se llamaba destino. La estaba viendo moverse entre la gente, su bolso rojo como un péndulo de juguete, alzando la cabeza en busca de los carteles indicadores, vacilando un instante hasta orientarse hacia la izquierda; pero la izquierda era la salida que llevaba a la calle.
No sé cómo decirlo, las arañas mordían demasiado, no fui deshonesto en el primer minuto, simplemente la seguí para después quizá aceptar, dejarla irse por cualquiera de sus rumbos allá arriba; a mitad de la escalera comprendí que no, que acaso la única manera de matarlas era negar por una vez la ley, el código. El calambre que me había crispado en ese segundo en que Ana (en que Margrit) empezaba a subir la escalera vedada, cedía de golpe a una lasitud soñolienta, a un gólem de lentos peldaños; me negué a pensar, bastaba saber que la seguía viendo, que el bolso rojo subía hacia la calle, que a cada paso el pelo negro le temblaba en los hombros. Ya era de noche y el aire estaba helado, con algunos copos de nieve entre ráfagas y llovizna; sé que Ana (que Margrit) no tuvo miedo cuando me puse a su lado y le dije: "No puede ser que nos separemos así, antes de habernos encontrado".
En el café, más tarde, ya solamente Ana mientras el reflejo de Margrit cedía a una realidad de cinzano y de palabras, me dijo que no comprendía nada, que se llamaba Marie-Claude, que mi sonrisa en el reflejo le había hecho daño, que por un momento había pensado en levantarse y cambiar de asiento, que no me había visto seguirla y que en la calle no había tenido miedo, contradictoriamente, mirándome en los ojos, bebiendo su cinzano, sonriendo sin avergonzarse de sonreír, de haber aceptado casi enseguida mi acoso en plena calle. En ese momento de una felicidad como de oleaje boca arriba de abandono a un deslizarse lleno de álamos, no podía decirle lo que ella hubiera entendido como locura o manía y que lo era pero de otro modo, desde otras orillas de la vida; le hablé de su mechón de pelo, de su bolso rojo, de su manera de mirar el anuncio de las termas, de que no le había sonreído por donjuanismo ni aburrimiento sino para darle una flor que no tenía, el signo de que me gustaba, de que me hacía bien, de que viajar frente a ella, de que otro cigarrillo y otro cinzano. En ningún momento fuimos enfáticos, hablamos como desde un ya conocido y aceptado, mirándonos sin lastimarnos, yo creo que Marie-Claude me dejaba venir y estar en su presente como quizá Margrit hubiera respondido a mi sonrisa en el vidrio de no mediar tanto molde previo, tanto no tienes que contestar si te hablan en la calle o te ofrecen caramelos y quieren llevarte al cine, hasta que Marie-Claude, ya liberada de mi sonrisa a Margrit, Marie-Claude en la calle y el café había pensado que era una buena sonrisa, que el desconocido de ahí abajo no le había sonreído a Margrit para tantear otro terreno, y mi absurda manera de abordarla había sido la sola comprensible, la sola razón para decir que sí, que podíamos beber una copa y charlar en un café.
No me acuerdo de lo que pude contarle de mí, tal vez todo salvo el juego pero entonces tan poco, en algún momento nos reímos, alguien hizo la primera broma, descubrimos que nos gustaban los mismos cigarrillos y Catherine Deneuve, me dejó acompañarla hasta el portal de su casa, me tendió la mano con llaneza y consintió en el mismo café a la misma hora del martes. Tomé un taxi para volver a mi barrio, por primera vez en mí mismo como en un increíble país extranjero, repitiéndome que sí, que Marie-Claude, que Denfert-Rochereau, apretando los párpados para guardar mejor su pelo negro, esa manera de ladear la cabeza antes de hablar, de sonreír. Fuimos puntuales y nos contamos películas, trabajo, verificamos diferencias ideológicas parciales, ella seguía aceptándome como si maravillosamente le bastara ese presente sin razones, sin interrogación; ni siquiera parecía darse cuenta de que cualquier imbécil la hubiese creído fácil o tonta; acatando incluso que yo no buscara compartir la misma banqueta en el café, que en el tramo de la rue Froidevaux no le pasara el brazo por el hombro en el primer gesto de una intimidad, que sabiéndola casi sola -una hermana menor, muchas veces ausente del departamento en el cuarto piso- no le pidiera subir. Si algo no podía sospechar eran las arañas, nos habíamos encontrado tres o cuatro veces sin que mordieran, inmóviles en el pozo y esperando hasta el día en que lo supe como si no lo hubiera estado sabiendo todo el tiempo, pero los martes, llegar al café, imaginar que Marie-Claude ya estaría allí o verla entrar con sus pasos ágiles, su morena recurrencia que había luchado inocentemente contra las arañas otra vez despiertas, contra la transgresión del juego que sólo ella había podido defender sin más que darme una breve, tibia mano, sin más que ese mechón de pelo que se paseaba por su frente. En algún momento debió darse cuenta, se quedó mirándome callada, esperando; imposible ya que no me delatara el esfuerzo para hacer durar la tregua, para no admitir que volvían poco a poco a pesar de Marie-Claude, contra Marie-Claude que no podía comprender, que se quedaba mirándome callada, esperando; beber y fumar y hablarle, defendiendo hasta lo último el dulce interregno sin arañas, saber de su vida sencilla y a horario y hermana estudiante y alergias, desear tanto ese mechón negro que le peinaba la frente, desearla como un término, como de veras la última estación del último metro de la vida, y entonces el pozo, la distancia de mi silla a esa banqueta en la que nos hubiéramos besado, en la que mi boca hubiera bebido el primer perfume de Marie-Claude antes de llevármela abrazada hasta su casa, subir esa escalera, desnudarnos por fin de tanta ropa y tanta espera.
Entonces se lo dije, me acuerdo del paredón del cementerio y de que Marie-Claude se apoyó en él y me dejó hablar con la cara perdida en el musgo caliente de su abrigo, vaya a saber si mi voz le llegó con todas sus palabras, si fue posible que comprendiera; se lo dije todo, cada detalle del juego, las improbabilidades confirmadas desde tantas Paulas (desde tantas Ofelias) perdidas al término de un corredor, las arañas en cada final. Lloraba, la sentía temblar contra mí aunque siguiera abrigándome, sosteniéndome con todo su cuerpo apoyado en la pared de los muertos; no me preguntó nada, no quiso saber por qué ni desde cuándo, no se le ocurrió luchar contra una máquina montada por toda una vida a contrapelo de sí misma, de la ciudad y sus consignas, tan sólo ese llanto ahí como un animalito lastimado, resistiendo sin fuerza al triunfo del juego, a la danza exasperada de las arañas en el pozo.
En el portal de su casa le dije que no todo estaba perdido, que de los dos dependía intentar un encuentro legítimo; ahora ella conocía las reglas del juego, quizá nos fueran favorables puesto que no haríamos otra cosa que buscarnos. Me dijo que podría pedir quince días de licencia, viajar llevando un libro para que el tiempo fuera menos húmedo y hostil en el mundo de abajo, pasar de una combinación a otra, esperarme leyendo, mirando los anuncios. No quisimos pensar en la improbabilidad, en que acaso nos encontraríamos en un tren pero que no bastaba, que esta vez no se podría faltar a lo preestablecido; le pedí que no pensara, que dejara correr el metro, que no llorara nunca en esas dos semanas mientras yo la buscaba; sin palabras quedó entendido que si el plazo se cerraba sin volver a vernos o sólo viéndonos hasta que dos pasillos diferentes nos apartaran, ya no tendría sentido retornar al café, al portal de su casa. Al pie de esa escalera de barrio que una luz naranja tendía dulcemente hacia lo alto, hacia la imagen de Marie-Claude en su departamento, entre sus muebles, desnuda y dormida, la besé en el pelo, le acaricié las manos; ella no buscó mi boca, se fue apartando y la vi de espaldas, subiendo otra de las tantas escaleras que se las llevaban sin que pudiera seguirlas; volví a pie a mi casa, sin arañas, vacío y lavado para la nueva espera; ahora no podían hacerme nada, el juego iba a recomenzar como tantas otras veces pero con solamente Marie-Claude, el lunes bajando a la estación Couronnes por la mañana, saliendo en Max Dormoy en plena noche, el martes entrando en Crimée, el miércoles en Philippe Auguste, la precisa regla del juego, quince estaciones en las que cuatro tenían combinaciones, y entonces en la primera de las cuatro sabiendo que me tocaría seguir a la línea Sèvres-Montreuil como en la segunda tendría que tomar la combinación Clichy-Porte Dauphine, cada itinerario elegido sin razón especial porque no podía haber ninguna razón, Marie-Claude habría subido quizá cerca de su casa, en Denfert-Rochereau o en Corvisart, estaría cambiando en Pasteur para seguir hacia Falguière, el árbol mondrianesco con todas sus ramas secas, el azar de las tentaciones rojas, azules, blancas, punteadas; el jueves, el viernes, el sábado. Desde cualquier andén ver entrar los trenes, los siete u ocho vagones, consintiéndome mirar mientras pasaban cada vez más lentos, correrme hasta el final y subir a un vagón sin Marie-Claude, bajar en la estación siguiente y esperar otro tren, seguir hasta la primera estación para buscar otra línea, ver llegar los vagones sin Marie-Claude, dejar pasar un tren o dos, subir en el tercero, seguir hasta la terminal, regresar a una estación desde donde podía pasar a otra línea, decidir que sólo tomaría el cuarto tren, abandonar la búsqueda y subir a comer, regresar casi enseguida con un cigarrillo amargo y sentarme en un banco hasta el segundo, hasta el quinto tren. El lunes, el martes, el miércoles, el jueves, sin arañas porque todavía esperaba, porque todavía espero en este banco de la estación Chemin Vert, con esta libreta en la que una mano escribe para inventarse un tiempo que no sea solamente esa interminable ráfaga que me lanza hacia el sábado en que acaso todo habrá concluido, en que volveré solo y las sentiré despertarse y morder, sus pinzas rabiosas exigiéndome el nuevo juego, otras Marie-Claudes, otras Paulas, la reiteración después de cada fracaso, el recomienzo canceroso. Pero es jueves, es la estación Chemin Vert, afuera cae la noche, todavía cabe imaginar cualquier cosa, incluso puede no parecer demasiado increíble que en el segundo tren, que en el cuarto vagón, que Marie-Claude en un asiento contra la ventanilla, que haya visto y se enderece con un grito que nadie salvo yo puede escuchar así en plena cara, en plena carrera para saltar al vagón repleto, empujando a pasajeros indignados, murmurando excusas que nadie espera ni acepta, quedándome de pie contra el doble asiento ocupado por piernas y paraguas y paquetes, por Marie-Claude con su abrigo gris contra la ventanilla, el mechón negro que el brusco arranque del tren agita apenas como sus manos tiemblan sobre los muslos en una llamada que no tiene nombre, que es solamente eso que ahora va a suceder. No hay necesidad de hablarse, nada se podría decir sobre ese muro impasible y desconfiado de caras y paraguas entre Marie-Claude y yo; quedan tres estaciones que combinan con otras líneas, Marie-Claude deberá elegir una de ellas, recorrer el andén, seguir uno de los pasillos o buscar la escalera de salida, ajena a mi elección que esta vez no transgrediré. El tren entra en la estación Bastille y Marie-Claude sigue ahí, la gente baja y sube, alguien deja libre el asiento a su lado pero no me acerco, no puedo sentarme ahí, no puedo temblar junto a ella como ella estará temblando. Ahora vienen Ledru-Rollin y Froidherbe-Chaligny, en esas estaciones sin combinación Marie-Claude sabe que no puedo seguirla y no se mueve, el juego tiene que jugarse en Reuilly-Diderot o en Daumesnil; mientras el tren entra en Reuilly-Diderot aparto los ojos, no quiero que sepa, no quiero que pueda comprender que no es allí. Cuando el tren arranca veo que no se ha movido, que nos queda una última esperanza, en Daumesnil hay tan sólo una combinación y la salida a la calle, rojo o negro, sí o no. Entonces nos miramos, Marie-Claude ha alzado la cara para mirarme de lleno, aferrado al barrote del asiento soy eso que ella mira, algo tan pálido como lo que estoy mirando, la cara sin sangre de Marie-Claude que aprieta el bolso rojo, que va a hacer el primer gesto para levantarse mientras el tren entra en la estación Daumesnil.
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Mauro Z
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jueves, 19 de febrero de 2009
Expiación
Leer desde grandes alturas y de manera utilitaria, es una opción válida y frecuente de contemplar nuestra realidad y de construir criterio y aptitud. Leer con pasión e interés, volando a ras de suelo es aquella otra opción que conlleva simultáneamente a sentir, interpretar, entender, ignorar, confirmar, comparar, recordar e inspirarse con lo que está escrito.
El capítulo número 34 de Rayuela (Cortázar, 1963), desencadenó como si fueran sonidos de una orquesta cada una de las anteriores acciones en quien escribió este texto que hoy les comparto para que tengan una aerodinámica experiencia literaria que no los agobie, pero sí que altere su percepción y les despierte sensaciones que hoy, jueves del Aleph, nos encantaría conocer:Expiación
Son cuentas, gráficas, sendos puñados de datos y datos que viajan por la red y llegan directo a posarse sobre aquella rama ante su vista, sonrosada por la nieve y la sangre, o tal vez por la vergüenza de no haber corregido a tiempo el informe, y el jefe que no para de llamarme una y otra vez, sabiendo que ella no va a volver, que ahora él es alimento de lobos y que sus restos ahora hacen parte de la interminable lista de funcionarios que sueñan despiertos, en un letargo de esperanza inerme, entumecida como la punta de mis dedos acariciando el blanco manto sobre el cual pienso debe ser aumentado, pues comprenda, jefe, que quizás no ha valorado mi dedicación y amor contenido que ahora fluye en un caudal minúsculo desde mi herida, marcando mi entrada a su oficina, González! Mi tiempo es valioso y usted no ha valorado lo que por años le hemos arrebatado, aquel puñal plateado, precioso como sus manos bañadas por la luz de luna que nos contempló con lástima, al verme compungido y absorto en mi reloj, de paso cansado e inexorable, hacia mi cita con el hades, oscuro, amplio y sincero como la sonrisa que ahora me invade y resuena por todo el pasillo, ante la mirada incrédula de mis compañeros, quienes se acercan serpenteando rocas, troncos y raíces, bufando un sepulcral hálito de hielo y ceniza, que me impulsa a correr hacia el baño, y esputar por espasmos toda la cólera precipitándose hacia mí, con una voz tan lúgubre como cierta, profiriendo un mantra que empezaba a desprender de mi conciencia lo ocurrido, mientras observaba como mi rostro desmadejado adquiría nuevas formas de un color negro y pesado como la brea, consumiendo mis restos y enviándolos hacia el fondo de mi mente, donde yacía ese otro ser, ignorado por estar persiguiendo un ideal ajeno y banal que adquiere el alcance y ligereza de una peste, arrastrando vertiginosamente el eco de mi rencor hacia su puerta, tan cerrada y desafiante como mis puños, despotricándola en infinitas astillas que a un sordo estallido, proclaman con dianas mi gran mediodía, erigiéndose sobre la tundra que me vió impávido, incapaz siquiera de balbucear un apellido, que ahora no es mío, sino de quienes me aguardan, incautos y desnudos, junto a la chimenea, como despojos sórdidos de un deseo consumado, jefe, suelte ese teléfono, acallaré con gusto y de una vez con el orgullo que lo corroe, que no te permitió comprender cuánto anhelé que tus llamas incendiaran este gélido corazón que ahora estruja con fuerza su enjuto cuello, mientras con la otra aprisiono sus miembros, frágiles y serenos sueños, donde ahora la culpa y la locura morarán intensamente hasta el ocaso de tus días, sin color, sin vida, ahora que, desconsolado, acepto mi derrota ante la cobarde misericordia, que me ha condenado a descender triunfante, como un orgasmo venenoso y mortal, al infinito abismo de mi mente, de donde químicos y descargas tendrán fútil efecto al intentar sacarme a flote, y me reiré eternamente. Y dormiremos tranquilos.
Sama
Nov./06
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martes, 29 de julio de 2008
Instrucciones para ponerse un saco (allá un pulóver)
Después de mucho buscar y no encontrar, con el último ripio de las imágenes que en mi memoria superficial quedaban le expliqué a Mauro cuál era el cuento de Julio Cortázar que más me gustaba. Un poco en secreto ha sido ese cuento el que me ha inspirado para la sección de este blog que le da su nombre. A Mauro, el cual siempre había desestimado un poco a Cortázar. Bueno, es más justo decir que no le había dado la oportunidad de conocerlo, precisamente hace cinco años decidió darle la oportunidad mientras en una casa en Medellín, personajes de todo el país parábamos el trabajo para ver la final del fútbol colombiano (en esa ocasión Junior contra Nacional). Yo que no tomaba partido por ninguno de los dos equipos tuve que esperar la euforia de paisas y costeños, mientras que Mauro, que no toma partido para el fútbol fue a la Librería Nacional y se compró un libro de Cortázar: El final del juego. Hace relativamente poco tiempo, cuando le pregunté a Mauro por ese cuento me dijo: Claro, precisamente está en el libro que me compré en Medellín y no en Historias de Cronopios y Famas, donde lo había estado buscando, desconfiando de mi memoria. Pensaba que aquella magistral descripción que recordaba de la lucha de un hombre contra un saco (allá pulóver) era tal vez una transformación de alguna de las instrucciones que había leído en ese cuento. Mauro tampoco recordaba el nombre del cuento, pero estaba seguro que allí se encontraba. Así, pues antes de tomar el impulso de reescribir esa descripción transformando mis recuerdos en nuevos pensamientos (y tal vez cometiendo un sacrilegio, que algún día voy a cometer), decidí buscar de nuevo el cuento, ahora enfocado en otras palabras. El santo y diablo (porque al final la línea que divide la santidad de la satanidad no es tan gruesa) de moda: Google me ayudó en la búsqueda. Y tra la! Ahí estaba. Lo leí con gusto, entre interrupciones de beeps y turus electrónicos. Entre palpitaciones de hombres verdes sin torso y comentarios de (paradójicamente) Mauro de nuevo. Es curioso cómo cambian las formas de comunicación y cómo algunas instrucciones continúan siendo vigentes.
Con ustedes unas instrucciones de verdad: Instrucciones para ponerse un saco (allá pulóver): “No se culpe a nadie” de “Final del juego”, Julio Cortázar.
El frío complica siempre las cosas, en verano se está tan cerca del mundo, tan piel contra piel, pero ahora a las seis y media su mujer lo espera en una tienda para elegir un regalo de casamiento, ya es tarde y se da cuenta de que hace fresco, hay que ponerse el pulóver azul, cualquier cosa que vaya bien con el traje gris, el otoño es un ponerse y sacarse pulóveres, irse encerrando, alejando. Sin ganas silba un tango mientras se aparta de la ventana abierta, busca el pulóver en el armario y empieza a ponérselo delante del espejo. No es fácil, a lo mejor por culpa de la camisa que se adhiere a la lana del pulóver, pero le cuesta hacer pasar el brazo, poco a poco va avanzando la mano hasta que al fin asoma un dedo fuera del puño de lana azul, pero a la luz del atardecer el dedo tiene un aire como de arrugado y metido para adentro, con una uña negra terminada en punta. De un tirón se arranca la manga del pulóver y se mira la mano como si no fuese suya, pero ahora que está fuera del pulóver se ve que es su mano de siempre y él la deja caer al extremo del brazo flojo y se le ocurre que lo mejor será meter el otro brazo en la otra manga a ver si así resulta más sencillo. Parecería que no lo es porque apenas la lana del pulóver se ha pegado otra vez a la tela de la camisa, la falta de costumbre de empezar por la otra manga dificulta todavía más la operación, y aunque se ha puesto a silbar de nuevo para distraerse siente que la mano avanza apenas y que sin alguna maniobra complementaria no conseguirá hacerla llegar nunca a la salida. Mejor todo al mismo tiempo, agachar la cabeza para calzarla a la altura del cuello del pulóver a la vez que mete el brazo libre en la otra manga enderezándola y tirando simultáneamente con los dos brazos y el cuello. En la repentina penumbra azul que lo envuelve parece absurdo seguir silbando, empieza a sentir como un calor en la cara aunque parte de la cabeza ya debería estar afuera, pero la frente y toda la cara siguen cubiertas y las manos andan apenas por la mitad de las mangas. por más que tira nada sale afuera y ahora se le ocurre pensar que a lo mejor se ha equivocado en esa especie de cólera irónica con que reanudó la tarea, y que ha hecho la tontería de meter la cabeza en una de las mangas y una mano en el cuello del pulóver. Si fuese así su mano tendría que salir fácilmente pero aunque tira con todas sus fuerzas no logra hacer avanzar ninguna de las dos manos aunque en cambio parecería que la cabeza está a punto de abrirse paso porque la lana azul le aprieta ahora con una fuerza casi irritante la nariz y la boca, lo sofoca más de lo que hubiera podido imaginarse, obligándolo a respirar profundamente mientras la lana se va humedeciendo contra la boca, probablemente desteñirá y le manchará la cara de azul. Por suerte en ese mismo momento su mano derecha asoma al aire al frío de afuera, por lo menos ya hay una afuera aunque la otra siga apresada en la manga, quizá era cierto que su mano derecha estaba metida en el cuello del pulóver por eso lo que él creía el cuello le está apretando de esa manera la cara sofocándolo cada vez más, y en cambio la mano ha podido salir fácilmente. De todos modos y para estar seguro lo único que puede hacer es seguir abriéndose paso respirando a fondo y dejando escapar el aire poco a poco, aunque sea absurdo porque nada le impide respirar perfectamente salvo que el aire que traga está mezclado con pelusas de lana del cuello o de la manga del pulóver, y además hay el gusto del pulóver, ese gusto azul de la lana que le debe estar manchando la cara ahora que la humedad del aliento se mezcla cada vez más con la lana, y aunque no puede verlo porque si abre los ojos las pestañas tropiezan dolorosamente con la lana, está seguro de que el azul le va envolviendo la boca mojada, los agujeros de la nariz, le gana las mejillas, y todo eso lo va llenando de ansiedad y quisiera terminar de ponerse de una vez el pulóver sin contar que debe ser tarde y su mujer estará impacientándose en la puerta de la tienda. Se dice que lo más sensato es concentrar la atención en su mano derecha, porque esa mano por fuera del pulóver está en contacto con el aire frío de la habitación es como un anuncio de que ya falta poco y además puede ayudarlo, ir subiendo por la espalda hasta aferrar el borde inferior del pulóver con ese movimiento clásico que ayuda a ponerse cualquier pulóver tirando enérgicamente hacia abajo. Lo malo es que aunque la mano palpa la espalda buscando el borde de lana, parecería que el pulóver ha quedado completamente arrollado cerca del cuello y lo único que encuentra la mano es la camisa cada vez más arrugada y hasta salida en parte del pantalón, y de poco sirve traer la mano y querer tirar de la delantera del pulóver porque sobre el pecho no se siente más que la camisa, el pulóver debe haber pasado apenas por los hombros y estará ahi arrollado y tenso como si él tuviera los hombros demasiado anchos para ese pulóver lo que en definitiva prueba que realmente se ha equivocado y ha metido una mano en el cuello y la otra en una manga, con lo cual la distancia que va del cuello a una de las mangas es exactamente la mitad de la que va de una manga a otra, y eso explica que él tenga la cabeza un poco ladeada a la izquierda, del lado donde la mano sigue prisionera en la manga, si es la manga, y que en cambio su mano derecha que ya está afuera se mueva con toda libertad en el aire aunque no consiga hacer bajar el pulóver que sigue como arrollado en lo alto de su cuerpo. Irónicamente se le ocurre que si hubiera una silla cerca podría descansar y respirar mejor hasta ponerse del todo el pulóver, pero ha perdido la orientación después de haber girado tantas veces con esa especie de gimnasia eufórica que inicia siempre la colocación de una prenda de ropa y que tiene algo de paso de baile disimulado, que nadie puede reprochar porque responde a una finalidad utilitaria y no a culpables tendencias coreográficas. En el fondo la verdadera solución sería sacarse el pulóver puesto que no ha podido ponérselo, y comprobar la entrada correcta de cada mano en las mangas y de la cabeza en el cuello, pero la mano derecha desordenadamente sigue yendo y viniendo como si ya fuera ridiculo renunciar a esa altura de las cosas, y en algún momento hasta obedece y sube a la altura de la cabeza y tira hacia arriba sin que él comprenda a tiempo que el pulóver se le ha pegado en la cara con esa gomosidad húmeda del aliento mezclado con el azul de la lana, y cuando la mano tira hacia arriba es un dolor como si le desgarraran las orejas y quisieran arrancarle las pestañas. Entonces más despacio, entonces hay que utilizar la mano metida en la manga izquierda, si es la manga y no el cuello, y para eso con la mano derecha ayudar a la mano izquierda para que pueda avanzar por la manga o retroceder y zafarse, aunque es casi imposible coordinar los movimientos de las dos manos, como si la mano izqulerda fuese una rata metida en una jaula y desde afuera otra rata quisiera ayudarla a escaparse, a menos que en vez de ayudarla la esté mordiendo porque de golpe le duele la mano prisionera y a la vez la otra mano se hinca con todas sus fuerzas en eso que debe ser su mano y que le duele, le duele a tal punto que renuncia a quitarse el pulóver, prefiere intentar un último esfuerzo para sacar la cabeza fuera del cuello y la rata izquierda fuera de la jaula y lo intenta luchando con todo el cuerpo, echándose hacia adelante y hacia atrás, girando en medio de la habitación, si es que está en el medio porque ahora alcanza a pensar que la ventana ha quedado abierta y que es peligroso seguir girando a ciegas, prefiere detenerse aunque su mano derecha siga yendo y viniendo sin ocuparse del pulóver, sunque su mano izquierda le duela cads vez más como si tuviera los dedos mordidos o quemados, y sin embargo esa mano le obedece, contrayendo poco a poco los dedos lacerados alcanza a aferrar a través de la manga el borde del pulóver arrollado en el hombro, tira hacia abajo casi sin fuerza, le duele demasiado y haría falta que la mano derecha ayudara en vez de trepar o bajar inútilmente por las piernas en vez de pellizcarle el muslo como lo está haciendo, arañándolo y pellizcándolo a través de la ropa sin que pueda impedírselo porque toda su voluntad acaba en la mano izquierda, quizá ha caído de rodillas y se siente como colgado de la mano izquierda que tira una vez más del pulóver y de golpe es el frío en las cejas y en la frente, en los ojos, absurdamente no quiere abrir los ojos pero sabe que ha salido fuera, esa materia fria, esa delicia es el aire libre, y no quiere abrir los ojos y espera un segundo, dos segundos, se deja vivir en un tiempo frío y diferente, el tiempo de fuera del pulóver, está de rodillas y es hermoso estar así hasta que poco a poco agradecidamente entreabre los ojos libres de la baba azul de la lana de adentro, entreabre los ojos y ve las cinco uñas negras suspendidas apuntando a sus ojos, vibrando en el aire antes de saltar contra sus ojos, y tiene el tiempo de bajar los párpados y echarse atrás cubriéndose con la mano izquierda que es su mano, que es todo lo que le queda para que lo defienda desde dentro de la manga, para que tire hacia arriba el cuello del pulóver y la baba azul le envuelva otra vez la cara mientras se endereza para huir a otra parte, para llegar por fin a alguna parte sin mano y sin pulóver, donde solamente haya un aire fragoroso que lo envuelva y lo acompañe y lo acaricie y doce pisos.
De "Final de juego", Julio Cortázar 1956. © 1996 Alfaguara
Vía www.literatura.org
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jueves, 14 de febrero de 2008
Las verdaderas instrucciones en el Aleph
Julio Cortázar, es tal vez, en este momento mi autor favorito. No he leído toda su obra, pero estoy rumiando el volumen 1 de sus cuentos completos desde hace algún tiempo (gracias a unas amigas que aprecio profundamente). Después de leer Rayuela, me he dedicado a leer sus cuentos, que me han gustado más, y cuando me encontré Historias de cronopios y famas supe que me había gustado mucho la forma de escritura de este autor.
Cortázar ha inspirado los Martes de Instrucciones y Pasos. Y me parecía justo hacerle tributo desde el Aleph teniendo en la cuenta que comparte nacionalidad con el creador del concepto. En esta ocasión el primer párrafo de Manual de Instrucciones nos servirá:
“La tarea de ablandar el ladrillo todos los días, la tarea de abrirse paso en la masa pegajosa que se proclama mundo, cada mañana topar con el paralelepípedo de nombre repugnante, con la satisfacción perruna de que todo esté en su sitio, la misma mujer al lado, los mismos zapatos, el mismo sabor de la misma pasta dentífrica, la misma tristeza de las casas de enfrente, del sucio tablero de ventanas de tiempo con su letrero «Hotel de Belguique».”
A mí lo que más me gusta de él es cómo describe la cotidianidad. Con una abrumante pesadez. Como si de verdad no hubiera escapatoria. Sólo el juego puede salvarte, la descripción incesante de lo imperceptible, que precisamente es lo que te perturba. Las instrucciones no son otra cosa que escapar a la realidad en la realidad misma. La introducción al manual es un abrebocas para lo que se viene: El entretenimiento haciendo uso de aquello que más nos aburre. Por eso llorar, subir las escaleras y dar cuerda a un reloj no se escapan de él. Y claaaro: Matar hormigas en Roma? (gesto de montoncito con los dedos, como dice Marina Torchiari).
O bueno, tal vez esta explicación no los satisface y lo que sucede simplemente en este párrafo es que Cortázar, bromista por naturaleza trataba de explicarles en términos prácticos a sus lectores cómo es la tarea de morir lentamente.
O simplemente Cortázar tiene una dificultad para explicar de forma práctica acciones realmente útiles y entonces tomó cada uno de sus intentos y los juntó en un Manual (esta explicación es un tanto insolente, pero es una opción) que se volvió un éxito.
Finalmente, creo podría encontrar la explicación a este manual en una extrema sicorrigidez del escritor que lo obligaba a pensar algorítmicamente cada paso, cada elemento que compone el todo y a armarlo a su amaño para ser un poco más ordenado que el creador del todo que él se encontró.
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martes, 9 de octubre de 2007
Instrucciones para ver la hora
Esta serie de instrucciones que han comenzado a leer hacen parte del despertar de un pasatiempo que conecta el divagar de mi cerebro con las letras y los ojos del espectador desprevenido. En el futuro aspiro que la calidad literaria de estos escritos mejore sustancialmente, conforme mi léxico y experiencias de vida se vayan nutriendo de nuevas historias. En este momento sólo le doy crédito a la idea de listar momentos cotidianos en forma de instrucciones, a mi autor de cuentos favorito, Julio Cortázar, aunque sus instrucciones de Historias de Cronopios y Famas disten mucho de las mías, que aún no rompen la sico-rigidez de un ingeniero sumido en un cubículo de una oficina todos los días.
Ver la hora, significa ver el tiempo. Ver el tiempo es algo que no se puede hacer. Sólo podemos percibir los cambios en las cosas momentos después de que ha pasado el tiempo, y entonces creemos ver el tiempo. Sin embargo nos gusta ver la hora.
1. Defina el propósito por el cual quiere ver la hora. Yo encerraría en tres categorías cualquier propósito que a usted se le ocurra. La primera, es el miedo a la muerte o al envejecimiento, que aunque son diferentes porque uno proviene de la preocupación por dejar de disfrutar de la vida, mientras que el otro de un estándar de belleza y confort (que otros llaman calidad de vida), ambos son proyecciones de lo que el tiempo puede hacer con nuestro ser. La segunda categoría (que es la mía) se refiere al uso que se le da al tiempo. ¿Qué hacemos en nuestro tiempo? Seguramente nos preocupa que pase el tiempo y no lo hayamos aprovechado en lo que realmente queríamos. Perdimos el tiempo. Y la tercera es en la que caen aquellos que no saben hacer con su tiempo. Es decir, son estas personas a las que el tiempo les es indiferente, de hecho no tienen idea qué hacer con él y más bien mirarlo produce una especie de hipnotismo que permite que él (el tiempo) pase mientras ellos (quienes lo miran) no hacen nada.
2. Una vez definido el propósito con el cual quiere ver el tiempo ahora elija la forma. El tiempo suele verse en el cambio, pero el estado aparente de detenimiento en que parece que nada, absolutamente nada, cambiara mientras cada tic tac inexistente de un reloj que no vemos deja volar los segundos, también es otra forma de verlo.
3. Ya que sabe la forma en como verá el tiempo, ahora prepárese para la frecuencia. ¿Usted es de los que prefiere ver el tiempo cada semana o le gusta hacerlo cada diez minutos? ¿Prefiere plantearse unos objetivos a largo plazo y revisar posteriormente el balance de sus acciones? O por el contrario le gusta más un seguimiento continuo de cuánto ha crecido o disminuido su barriga?
4. Clara la frecuencia, elija un aparato de medición del tiempo. Aquí existe toda una gama para divertirse como niño en juguetería. Hay de diversos precios y sobre todo abundancia de elementos de medición gratuitos. Usted puede adquirir un hermoso y sonoro reloj de oro en una joyería o marcar la pared de su casa cada vez que se mide. Puede contar las arrugas de su rostro, poner una alarma en su celular, mirar detenidamente el monótono recorrido de un segundero, contar cada cuánto se corta las uñas o simplemente contar el número de vueltas que da una hoja que flota en el agua de una piscina.
5. Con el aparato indicado, que no es otro que el deseado, usted deberá volverse un experto en la medida. Deberá dominar todos los factores de conversión del tiempo. Si quiere ser un buen observador de este deberá entender la relación entre tiempo y velocidad, así no sepa derivar la función distancia, ya que ésta pasa a un segundo plano cuando usted sea capaz de ver el tiempo. El número de hojas leídas sobre la satisfacción, las calorías ganadas sobre el tiempo extra trabajado, el número de veces que dejaste de nadar sobre el tiempo trabajado, el placer de fundir tu cuerpo en otro (esta medida puede hacer que el tiempo se acorte o se extienda según el caso) sobre las horas que dejaste de dormir.
6. Desarrolle la memoria. Si usted quiere ver el tiempo, debe saber que éste es cíclico, que las cosas se repiten. Que los gobiernos vuelven a robar y la gente que se había rehusado a aceptarlo ahora lo vuelve a tolerar como antes. Que los negocios que quebraron ahora son productivos como antes. Que lo que era y dejó de ser ahora vuelve a ser.
7. Con una memoria educada lea las señales. Observe cuidadosamente su entorno y note los cambios del paso del tiempo. Piérdase en él y cuando levante la cabeza reconozca el lugar a donde llegó. Vuelva a observarlo, medirlo, jugar con él y recuerde que las mediciones son iguales a las de antes. ¡Fíjese bien!
8. Tome acciones. Todo cambia, pero es igual. ¿A usted qué le interesa cambiar? Seguramente le frustrará pensar que todo es igual. Sería como pensar que nuestras acciones no son dominadas por nuestros actos sino por un Dios, o por un Destino. Por el paso inclemente del tiempo, que lo cambia todo, pero lo deja igual. Si usted ya aprendió a leer las señales, pues note como sus acciones cambian el escenario. Mañana será igual, pero habrá cambiado.
9. Mire la hora. Han pasado 40 minutos desde que comenzó a escribir… Usando las herramientas que le provee la tecnología, porque de no hacerlo, sí que vería pasar el tiempo, se da cuenta que lleva 918 palabras, 4.222 letras y 78 líneas. Y que mientras escribió esto la cantidad de palabras, letras y líneas cambió. ¿A cuánto ascendió su producción intelectual en este tiempo?
10. Eso no le es muy claro, pero sabe que vio pasar el tiempo mientras disfrutaba de un paseo, que no por ser nocturno deja de ser matutino, por el laberinto de su cerebro. Y ahora que llega al final se da cuenta que son las 12:08 a.m. y usted sigue tan tranquilo como si fueran las 11:55 p.m. Sabe que es tiempo de dormir y dejar que el tiempo pase mientras usted no puede verlo, porque de verlo ya tuvo suficiente por el día de hoy.
http://poodwaddle.com/worldclockes.htmkxi
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