Mostrando entradas con la etiqueta cuento. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta cuento. Mostrar todas las entradas

martes, 1 de marzo de 2011

Instrucciones para vivir (escritas por una gota de agua)


Paso 1: Divagas por el aire medio dormida, medio despierta, dejando que la brise te lleve por ahí. Ves a muchas como tú, pero te importa poco. Carece de importancia lo que piensen o sientan los demás; es más, carece de importancia todo lo que pase. Lo único que importa es sentir. Y lo que sientes es totalmente indescriptible. Las palabras humanas nunca lo han podido hacer, y ya no les interesa intentarlo. Y como antes, eso también carece de importancia.

Paso 2: De pronto, sin que puedas prepararte, el frío salvaje te despierta del letargo. Se acaban las vacaciones, el viento te quema y dejas de sentir al sol. Entre los párpados, todavía dormidos y la oscuridad ves cuerpos borrosos que tienen un parecido a ti. Todas se ven igual de perdidas y fríolentas. Con la poca fuerza que te queda, ya que cada segundo el frío las moléculas de tu redondo y microscópico cuerpo, tomas la iniciativa y comienzas a buscar el abrazo de tus fraternos compañeras casi agónicas.

Paso 3: Cada abrazo frío de tus pares, aumenta tu peso. Te pone lento, pero te calienta. Y comienzas a pensar raro. Un poco atolondrada encuentras un espejo turbio y liso. Sin pensar demasiado te aferras a él y descansas. Con dificultad respiras y notas que otras amigas te buscan, desamparadas, sorprendidas y sedientas.

Paso 4: Poco a poco, se unen a tu abrazo y te marean más. Tu fuerza comienza a ser insuficiente y tu espalda se alarga, tu estómago lo sientes en los pies, y ya no ves a tus amigas. Despiertas y tienes más de cien veces tu tamaño (al menos el que recordabas) y desesperadamente te aferras sin mucho éxito a ese espejo borroso que te sirvió de refugio.

Paso 5: Luchas desesperadamente mientras más compañeras desamparadas se aferran a tu espalda y aumentan tu peso. En un momento de debilidad, resbalas y comienzas a deslizarte a una velocidad insospechada por ese espejo borroso mientras pierdes peso y sientes dolorosamente como partes de tu cuerpo se desprenden y quedan aferradas al espejo.

Paso 6: Mientras el viento te ataca y arranca otras partes de tu cuerpo tu de dejas llevar y vuelves a sentirte mareada, aunque más liviana. Ves pasar la vida por tus ojos y un largo horizonte café comienza a hacerse cada vez más grande. El vértigo es incontrolable y el mareo es tan grande que parece que vas a explotar. En un segundo olvidas todo y la madera que formaba ese horizonte café irrumpe con fuerza en tus entrañas. Estallas, y te das cuenta que hace mucho dejaste de ser gaseosa, que tu estado era líquido y ahora con dolor comienzas a evaporarte mientras parte de tu cuerpo se cuela por los poros de la madera. Por un instante de conciencia te das cuenta cómo es la vida de una gota.

Continuar leyendo!

jueves, 22 de octubre de 2009

De eso tan bueno si dan tanto

Una nube de polvo y ácaros me rodea. Yo, con una paciencia que no me caracteriza voy recorriendo lentamente, revisando paso por paso, esperando encontrar una veta de oro como ya alguien lo hizo antes que yo.

Pero como todas esas búsquedas, el premio solo es para el que llegó de primero, o tuvo mejor ojo antes que los demás. Yo, un poco decepcionado me voy a otros terrenos, donde ya había visualizado algo de un poco de valor, pero era solo eso, un poco. Una sensación extraña invade mi cuerpo, es de esas sensaciones que sabemos debemos atender, y me dice que algo se me escapó en ese terreno de antiguos valles.

Así que regreso y me interno de nuevo, esta vez aun más profundo, a donde la luz entra con dificultad y la respiración se vuelve dificultosa, recorriendo con mecánico cuidado cada palmo. En eso estaba cuando llegué a una inmensa e inestable columna, de un material no mucho más valioso de lo que había encontrado ya, así que decido usar toda mi fuerza (de voluntad), y hacerla a un lado, sin que se derrumbara, para explorar desesperanzadoramente lo que sería el último rincón de ese inhóspito lugar.

Cuál no sería mi sorpresa al encontrarme ante un brillo azul, hermoso, casi segador y completamente inconfundible el cual sopesaba con creces todo el tiempo y recursos invertidos en la búsqueda, a pesar de no ser propiamente una veta de lapizlazuli.

Y así concluyó mi inmersión en la Feria del Libro del Pacífico, tan interesante como la del año anterior, con 9 libros más en mis arcas (7 de los cuales solo me costaron 13mil, esa dichosa veta azul de libros de segunda) y no fui el único; una buena compañía, un buen pasabocas, y la satisfacción del deber cumplido. Les recomiendo que se pasen que aun quedan unos días.

Continuar leyendo!

jueves, 8 de octubre de 2009

Mi historia sobre mi piel

El Aleph es la primera letra del alfabeto
El Aleph fue la palabra con que se dio principio al universo
El Aleph es el inicio, es el poder de crear, es el mago
El Aleph es la unidad y la infinidad representada en un solo símbolo

El Aleph es ese punto desde donde se pueden ver, al tiempo, todos los puntos del universo, eso fue lo que descubrió Borges

El Aleph es uno de los cuentos que más me gusta

El Aleph es la representación de todos los cuentos que he leido y que leeré
El Aleph, por añadidura, es el caracter con que se escriben todos los cuentos que he creado y que crearé
El Aleph, por silogismo, da inicio a cada historia que he contado y que contaré.

El Aleph, en conclusión, son todos los infinitos puntos de vista que se pueden crear de cada situación, de cada momento, de cada realidad.
El Alpeh, también, son todas las opciones, todos los caminos que se pueden tomar, todos los que se toman y se dejan.
El Aleph consiste en todas las decisiones, las cotidianas, y también, especialmente, las que se salen de los cánones y el yugo social que te quiere decir cual es la realidad única
El Aleph es el que te cuenta que la realidad es la que tu quieras construir para ti

Y con El Aleph, inicio a escribir mi historia sobre mi propia piel

Continuar leyendo!

jueves, 10 de septiembre de 2009

La Sombra de la Mosca

Hace poco escribí un cuento que se llamaba "El Trabajo de la Naturaleza" para un concurso, pero al mandarlo me le hicieron un par de recomendaciones, y uno de esos fue cambiarle el nombre por "La Sombra de la Mosca". Ya hemos hablado de ese cuento y del concurso en este blog, incluso el cuento ya está publicado, pero lo de hoy tiene un objetivo diferente.

Algo que me ha parecido muy bonito es las varias interpretaciones que le han realizado a este cuento, y claro, cuando de interpretaciones se trata, estamos en terreno conocido para nuestro Jueves del Aleph. Al ser un cuento mio, no les daré mi interpretación, y si alguno piensa que la interpretación es básicamente una mosca que entra por la ventana y se para en tu libro, pos no estará muy alejado de lo que pensaba cuando lo escribí (aunque muchas veces ni yo entiendo lo que pienso mientras escribo... o bueno, en general tampoco entiendo lo que pienso cuando no escribo). Pero tres personas me dijeron lo que rescataron del cuento una vez leído, me pareció muy interesante, y se me ocurrió que podría dar para mucho más. Así que a continuación les dejo (nuevamente) el texto, y más abajo las tres interpretaciones que me dieron, para que ustedes, a través de sus comentarios, me escriban que otras cosas pudieron encontrar en él (y espero que algunas sean mas superfluas o banales que las tres mencionadas, pero se recibe de todo).

La Sombra de la Mosca

“Cuando se dio cuenta de que la naturaleza de un hombre cualquiera saciaría su deseo, sintió compasión. Extraña compasión, que se dirigía a quien fuera que fuese el escogido. Ya que competía al hombre sucumbir ante las propuestas, sin derecho a rechazarlas…”

Esto fue lo último que ella alcanzó a leer de su cuento favorito “La Naturaleza del Trabajo” de Nélida Piñón, porque justo en ese momento una mosca, que disimuladamente había entrado por la ventana, voló delante de sus ojos y se paró entre las palabras “extraña” y “compasión”. Ella usualmente le tenía un asco impulsivo a estos diminutos seres, pero esta mosca en particular no le pareció tan fea, no le pareció tan sucia, no le pareció tan despreciable. Incluso, le dio la impresión de que la mosca la miraba a los ojos, con sus múltiples ojos, y leía lo que estaba pensando.

La verdad le daba un poco de vergüenza que se diera cuenta lo que por su mente estaba pasando, que se diera cuenta que se sentía muy identificada con el texto. Se debatía entre lo ridículo de que se diera cuenta de eso, el ridículo de creer que a una mosca le importara lo que ella pensaba, y el ridículo de que una mosca pudiera leer su mente. Pero la verdad es que esta estaba ahí, con los ojos clavados en los suyos, sin inmutarse, sin mover sus sucias patas como debiera estar haciendo, simplemente ahí, penetrándola con cada uno de sus ojos, casi que cuestionándola por sus pensamientos.

Esto le empezó a desesperar. Ninguna mosca tenía el derecho de cuestionarla, ella podía vivir su vida como quisiera, simplemente no estaba dispuesta a tolerarlo. En ese momento un mórbido pensamiento pasó por su mente ¡qué fácil sería simplemente cerrar el libro de un golpe! Lo pensó con mucho detalle, la mosca, con sus múltiples ojos, observaría como esas dos paredes de celulosa se irían cerrando a sus lados sin alcanzar a reaccionar, se sentiría atrapada, ahogada, aprisionada, mientras las letras y los espacios irían comprimiendo su cuerpo; tal vez cada uno de sus ojos saltaría de sus cuencas y así no la podrían seguir observando, quedaría completamente aplastada, inerme, inerte; incluso tal vez destripada y desparramada por la hoja, cubriendo y cambiando el significado a las palabras que la rodeaban. Eso la estremeció un poco, no quería hacerle eso a ese hermoso texto que tanto disfrutaba y que se vio interrumpido en su lectura.

Pensó en otras alternativas, usar veneno, un matamoscas, un espray de pimienta (con todos esos ojos debería ser efectivo), su máquina de choques eléctricos; pero todo eso podría dejar un rastro en su obra de arte, y era algo que definitivamente no quería hacer. Así que probó otros métodos, dejó el libro en la mesa y empezó a insultar a la mosca, a tratar de ofenderla con toda la jerga que se le ocurría, pero la mosca seguía inmutable, observándola, cuestionándola. Entonces optó por la compasión, y lloró abundantemente delante del libro (cuidando de no mojarlo), pero el minúsculo corazón de la mosca no se conmovió y no se desplazó ni una letra. Incluso intentó con la ley del hielo, y se hizo la fría sin dirigirle la palabra a la mosca por eternos minutos, pero esta era testaruda y ni así logró generar reacción en ella.

Así continuó toda la noche, con un intento frustrado tras otro, hasta que, rendida y sin nada de energías, se quedó dormida en la alfombra donde se encontraba.

La mosca continuó ahí toda la noche, y al despertar, ahí la vio, igual que en la tarde, la noche, y el día siguiente. Ella poco a poco empezó a resignarse y a convivir con aquella mosca. Como supuso que nunca más podría cerrar y guardar su libro, le consiguió un estante solo para él, donde pudiera permanecer abierto sin problemas, y así, poco a poco fue cambiando la decoración de su casa, de su vida, de su ser.

Mauro Z


Interpretación 1. (que me llegó por correo, de los primeros comentarios recibidos)

"Tu cuento me lo acabo de leer, es corto pero muy disiente, se puede aplicar a la vida personal y laboral:

No trates de apartar y de eliminar lo que no te gusta, lo que te asusta, enfrenta tus miedos y reflexiona al respecto y si hay que cambiar, pues cambia."


Interpretación 2. (que me dijo una persona que ha guiado un poco mi espíritu literario actual, durante un almuerzo cuando yo me burlaba porque un jurado llamó al cuento "kafkiano", y yo comentaba que solo lo decía porque aparecía un bicho)

"No creas, en realidad si es un poco kafkiano. Además de la semejanza con el cambio de la cotidianidad a través de un ser que debiera ser insignificante, hay mucho más detrás. Lo que yo veo en él es como muchas personas no saben que hacer con sus miedos, y aunque muchas veces tratan de enfrentarlos, es muy común que terminen poniendo sus miedos en un altar o en un lugar importante y decidan modificar su vida y vivirla de acuerdo a ellos."


Interpretación 3. (que me comentó por messenter una persona que siempre he creído que tiene un espíritu libre, ligero y hermoso como el aire)

"Habla de cosas que uno vive, o por lo menos yo me acabo de identificar.
¿como deshacerse de alguien?
¿de un mal sentimiento?
¿como deshacerse del otro sin hacer daño?
¿de la mirada del otro?
Bueno... yo me imagino que cuando lo escribiste no pensaste en nada de esto (por lo menso conscientemente). Pero está ahí"


Esos son las tres interpretaciones que me llegaron, ¿que ves tu en este texto?

Continuar leyendo!

jueves, 27 de agosto de 2009

Realidad - Concurso de Microcuento

Hola lectores de Jueves del Aleph. Imagino que la mayoría se dio cuenta del concurso de IBRACO en que el escritor de esta entrada participó. Ya está demas ahondar en detalles, pero de esa convocatoria me quedó la inciativa para hoy. En esa oportunidad daban un párrafo (del texto La Naturaleza del Trabajo, de Nélida Piñon), y había que escribir un cuento de entre 500 y 1000 palabras partiendo de ahí.

Hoy les traigo un reto similar, pero mucho más sencillo. Les dejo una frase, o bueno, en realidad es un microcuento de hace muchos años que alguna vez llamé "Realidad". Y el reto es que usen esa frase como el inicio de un cuento, ojalá bastante corto, de un par de párrafos (palabras más, palabras menos).

Como esto funciona mejor si es un concurso, pues que lo sea, tengo archivado algunos juegos de lógica que hace un tiempo hice con una tabla y unas canicas, entonces al ganador le regalaré uno de estos. El ganador simplemente será el cuento que más me guste. Y pueden participar todas las personas que lo deseen (inclusive los demás escritores de este blog), con todos los cuentos que deseen, con la restricción de que no incurriré en gastos de envío, así que si el ganador es de fuera de Cali y desea el premio deberá asumir este costo.

La fecha de cierre será el miércoles 2 de septiembre, a media nocte.

Y no siendo más, les dejo la frase:

"Su cara se pulió con una sonrisa, se maquilló con un gesto de vergüenza, hasta que lo decidió, se paró y se fue."

Mucha suerte a todos los participantes

Continuar leyendo!

martes, 25 de agosto de 2009

INSTRUCCIONES PARA BUCEAR GRATIS DOS VECES EN GORGONA

Bueno, como ya es natural en este espacio, el título puede traer un poco de contrariedades. En realidad la idea no es bucear “gratis” en Gorgona, ya que nada es gratis en la vida, la idea es lograr que alguien más asuma el gasto. Es algo bastante sencillo, y no solo es verídico, además es cierto, comprobado (en un gran porcentaje), así que aquí les dejo los pasos a seguir.

Paso 1. Ingresa a la universidad, o algún instituto de educación, en la que puedas estar vinculado por varios años y que cuente con todo tipo de gremios internos, por ejemplo la Universidad del Valle, en Cali. Este paso es muy importante, ya que de él dependen los dos siguientes, aunque con un poco de ingenio te podrías arreglar sin él.

Paso 2. Una vez en la universidad, vincúlate a algún grupo que estimule tu capacidad de escribir cuentos, por ejemplo un grupo de Cuentería como El Perol, y permanece en él por varios años.

Paso 3. Una vez en la universidad, vincúlate a algún tipo de agremiación de tu carrera, pero que sea de carácter nacional y te permita conocer a los demás compañeros de otras universidades, por ejemplo ANEIAP si estudiaste Ingeniería Industrial. También debes quedarte en esta por varios años.

(como se ha de supone, el paso 2 y 3 deben ser paralelos, sino sería muy largo el proceso).

Paso 4. Asegúrate de encontrar, en la agremiación de estudiantes, a unos pocos y selectos amigos de otras universidades que compartan como tu el gusto por las artes (y las locuras), y que sean muy inquietos y curiosos en sus vidas.

Paso 5. También asegúrate de conseguir otros pocos selectos amigos dentro de la institución, que no estén en ninguna de las dos agremiaciones, pero que también sean inquietos en su pensar (ya habrá oportunidad de juntar estos dos grupos de amigos).

Paso 6. Construye un lazo con esas personas a través de una década (años más, años menos), presenta a tus amigos (ellos formarán su propia amistad), estimula su inquietud por la escritura, muéstrales tus escritos y lee los de ellos; en fin, genera toda una dinámica alrededor del asunto.

Paso 7. Si te has conseguido los amigos apropiados, lo suficientemente inquietos, a alguno de ellos (del de otra universidad) le llegará alguna convocatoria de algún concurso de cuentos (esto se puede tomar por una constante), y cuando le llegue, te retará a ti y a algún amigo tuyo (del que ya tiene amistad, aunque no era de los gremios originales) a que participen. Digamos, esto lo puedes manipular un poco, dándole a conocer instituciones como IBRACO que hace este tipo de convocatorias anualmente. Aquí tu acción será aceptar el reto y escribir el cuento según las bases del concurso, y luego compartirlo con tus dos compañeros retados, para que te puedan decir por qué no es tan bueno el cuento y no te llenes de expectativas.

Parágrafo: Para el objetivo de estas instrucciones, sería especialmente útil si uno de los premios (digamos, el segundo) conste de un viaje a Gorgona y unos dos millones de pesos en efectivo (osea, unos mil dólares).

Paso 8. Si se han seguido bien estas instrucciones, el segundo puesto sería el que debes lograr, para eso te debes asegurar que haya alguien realmente bueno concursando, que con certeza se vaya a llevar el primer puesto. Para eso puedes pasarle el concurso a algún escritor octogenario y convencerlo de participar. O bueno, si te sientes con la estrella suficiente, simplemente no hagas nada, y posiblemente el escritor aparecerá por sus medios.

Paso 9. Olvídate del asunto.

Paso 10. Mantén tu celular todo el tiempo contigo, ya que en los momentos más inoportunos (como por ejemplo, en la mitad del almuerzo en una cafetería concurrida) te puede entrar la llamada del jurado anunciando que les gusta tu cuento, y que quedó entre los finalistas.

Paso 11. Sigue manteniendo tu celular al lado, ya que posiblemente algunas horas después se comunicará la directora de la institución que haga el concurso (créeme, será mujer) y te dirá que les gustaría que los acompañaras en la ceremonia que es al día siguiente en una ciudad que no es la tuya, que te pagan pasajes (aunque te toque arreglarte tu estadía). Tu misión aquí es decir “SI” sin titubear, sin preguntarles a tus jefes si te dan permiso, sabiendo que eso es algo que podrás solucionar después.

Paso 12. Mantén a raya tus expectativas. No te vayas seguro de que ganaste algo, aunque todo el mundo le apueste a que si. Ve libre y liviano simplemente a gozarte el paseo que te están ofreciendo a la ciudad de la ceremonia.

Paso 13. Viaja en avión con los tiquetes que te compraron. Gózate el momento sin importar si tu vuelo se retrasa 3 horas y llegas justo para la ceremonia.

Paso 14. Saludo a todo el mundo, siéntate y espera. Escucha las palabras de bienvenida, escucha y disfruta de cada una de las palabras que todos tienen para decir, ríete un poco de las bromas.

Paso 15. Cuando expliquen que son 10 los finalistas, de los cuales son 8 menciones de honor y 2 ganadores, y empiecen a nombrar a los merecedores de las 8 menciones, empieza a contar con los dedos, siéntete un niño de nuevo, aplaude a cada persona que salga adelante pero nunca pierdas el conteo, para que te puedas maravillas y hacer una sonrisa que no se puede contener cuando te das cuenta que tienes 8 dedos levantados y aun no han mencionado tu nombre.

Paso 16. Escucha lo bien que suena tu nombre cuando es mencionado como ganador del segundo puesto, pasa adelante, estrecha las manos de los jurados, permítele al orador decir todo lo que quiera sobre tu cuento, y trata de creer que es verdad que acabas de ganar.

Paso 17. Termínate de gozar el evento, habla con los otros participantes, baila la samba que estará sonando aunque nadie más lo haga, toma vino, prueba los pasabocas. Este punto es completamente irrelevante para el objetivo que se busca, pero ya estando allá, no está de más.

Paso 18. Ve a la institución al día siguiente, recibe el premio, cuadra la logística. Justo en este momento tienes lo que necesitas.


Paso 19. Con el dinero ganado podrías pagarte el curso de buceo, incluyendo el primer viaje de certificación. Y el viaje ganado te serviría para la segunda vez, en la cual te tocará pagar un excedente ya que el premio no contemplaba las actividades de buceo, pero si administraste apropiadamente el dinero ganado, aun te alcanzará para esto.

Parágrafo: Sin confías plenamente en estas instrucciones, podrías realizar el curso dos o tres meses antes del concurso, así podrás ganar algo de tiempo.

Y listo, fuiste dos veces a bucear a Gorgona, y no sacaste un peso de tu dinero. El único paso que no ha sido confirmado vivencialmente es el 19, pero en un par de semanas ya se verificará la primera parte de ese punto y en unos meses la segunda.

ANEXO

Como muestra del tipo de cuentos mencionados en estas instrucciones, dejo el texto “La Sombra de la Mosca”, en donde debía ser escrito a partir de un párrafo del texto “La Naturaleza del Trabajo” de Nélida Piñon, que es justamente el párrafo inicial del cuento.

La Sombra de la Mosca

“Cuando se dio cuenta de que la naturaleza de un hombre cualquiera saciaría su deseo, sintió compasión. Extraña compasión, que se dirigía a quien fuera que fuese el escogido. Ya que competía al hombre sucumbir ante las propuestas, sin derecho a rechazarlas…”

Esto fue lo último que ella alcanzó a leer de su cuento favorito “La Naturaleza del Trabajo” de Nélida Piñón, porque justo en ese momento una mosca, que disimuladamente había entrado por la ventana, voló delante de sus ojos y se paró entre las palabras “extraña” y “compasión”. Ella usualmente le tenía un asco impulsivo a estos diminutos seres, pero esta mosca en particular no le pareció tan fea, no le pareció tan sucia, no le pareció tan despreciable. Incluso, le dio la impresión de que la mosca la miraba a los ojos, con sus múltiples ojos, y leía lo que estaba pensando.

La verdad le daba un poco de vergüenza que se diera cuenta lo que por su mente estaba pasando, que se diera cuenta que se sentía muy identificada con el texto. Se debatía entre lo ridículo de que se diera cuenta de eso, el ridículo de creer que a una mosca le importara lo que ella pensaba, y el ridículo de que una mosca pudiera leer su mente. Pero la verdad es que esta estaba ahí, con los ojos clavados en los suyos, sin inmutarse, sin mover sus sucias patas como debiera estar haciendo, simplemente ahí, penetrándola con cada uno de sus ojos, casi que cuestionándola por sus pensamientos.

Esto le empezó a desesperar. Ninguna mosca tenía el derecho de cuestionarla, ella podía vivir su vida como quisiera, simplemente no estaba dispuesta a tolerarlo. En ese momento un mórbido pensamiento pasó por su mente ¡qué fácil sería simplemente cerrar el libro de un golpe! Lo pensó con mucho detalle, la mosca, con sus múltiples ojos, observaría como esas dos paredes de celulosa se irían cerrando a sus lados sin alcanzar a reaccionar, se sentiría atrapada, ahogada, aprisionada, mientras las letras y los espacios irían comprimiendo su cuerpo; tal vez cada uno de sus ojos saltaría de sus cuencas y así no la podrían seguir observando, quedaría completamente aplastada, inerme, inerte; incluso tal vez destripada y desparramada por la hoja, cubriendo y cambiando el significado a las palabras que la rodeaban. Eso la estremeció un poco, no quería hacerle eso a ese hermoso texto que tanto disfrutaba y que se vio interrumpido en su lectura.

Pensó en otras alternativas, usar veneno, un matamoscas, un espray de pimienta (con todos esos ojos debería ser efectivo), su máquina de choques eléctricos; pero todo eso podría dejar un rastro en su obra de arte, y era algo que definitivamente no quería hacer. Así que probó otros métodos, dejó el libro en la mesa y empezó a insultar a la mosca, a tratar de ofenderla con toda la jerga que se le ocurría, pero la mosca seguía inmutable, observándola, cuestionándola. Entonces optó por la compasión, y lloró abundantemente delante del libro (cuidando de no mojarlo), pero el minúsculo corazón de la mosca no se conmovió y no se desplazó ni una letra. Incluso intentó con la ley del hielo, y se hizo la fría sin dirigirle la palabra a la mosca por eternos minutos, pero esta era testaruda y ni así logró generar reacción en ella.

Así continuó toda la noche, con un intento frustrado tras otro, hasta que, rendida y sin nada de energías, se quedó dormida en la alfombra donde se encontraba.

La mosca continuó ahí toda la noche, y al despertar, ahí la vio, igual que en la tarde, la noche, y el día siguiente. Ella poco a poco empezó a resignarse y a convivir con aquella mosca. Como supuso que nunca más podría cerrar y guardar su libro, le consiguió un estante solo para él, donde pudiera permanecer abierto sin problemas, y así, poco a poco fue cambiando la decoración de su casa, de su vida, de su ser.

Mauro Z

PD: Sama, gracias por enviarme la convocatoria, por retarme a escribir el cuento, y por hacer la reseña en este blog apenas te enteraste del resultado publicado en IBRACO

PD2: Macaco, aqui queda el cuento como lo solicitaste

PD3: kxi, pues ya que no contaminas el espacio de las instrucciones, pos lo hago yo. Y lo del viaje, solo es que me digan para cuando lo pueden cuadrar (en temporada baja) y yo lo programo para esa fecha.

Continuar leyendo!

viernes, 21 de agosto de 2009

¡BUENAS NOTICIAS! Ganadores IV Concurso Literario "El Brasil De Los Sueños"

¡Apreciados lectores!

Es un verdadero gusto para mí ponerlos al tanto de una buena nueva para los fanáticos de los cuentos y la buena lectura, en especial para los seguidores de nuestros jueves del Aleph, y todavía más para los amigos de nuestro camarada instructor, Mauro Z.

En días pasados se realizó la convocatoria para el Cuarto Concurso Literario "El Brasil De Los Sueños", organizado anualmente por el Instituto de Cultura Brasil Colombia (IBRACO), de la cual me puse al tanto a través de un correo-e y compartí con quienes sabía que podían llegar a interesarse en participar. Las bases del concurso eran sencillas: debías escribir un cuento a partir de un párrafo inicial establecido; en este caso extraído del cuento La Naturaleza Del Trabajo de la reconocida y galardonada escritora brasileña Nélida Piñón; el cual debía estar entre 500 y 1.000 palabras, desarrollando un tema libre. El Instituto, aparte de premiar a los dos mejores cuentos, haría una publicación con éstos, junto con una selección de los mejores escritos.

Motivados por esta oportunidad, Mauro Z junto con otros amigos, enviamos nuestras creaciones inéditas a dicho concurso hace un mes, buscando no sólo participar, sino estirar también un poco las piernas de la creatividad. Durante esta semana, después de haber sido recibidos 752 textos, un miembro del jurado le informó a Mauro Z que había sido seleccionado para hacer parte de la publicación e invitado a la sede de IBRACO, en la ciudad de Bogotá, para hacer parte como finalista en la premiación durante la noche de ayer.

Pues bien, he aquí el veredicto del jurado:

Bueno, como ven, no queda más que felicitar enormemente por su éxito y fortuna a nuestro amigo, quien ha demostrado nuevamente en un ámbito mucho más amplio la calidad de escritor y de ser humano que es.

¡Salud, my bro! ¡Te esperamos pronto de regreso de la nevera para celebrar como es debido!


Fotos: Cortesía Coordinación IBRACO (¡Gracias, Clau! ;))

Continuar leyendo!

jueves, 30 de julio de 2009

La Cigarra y la Hormiga

Hace algunos días publicamos la fábula de la hormiga y la cigarra en versión Colombiana. Hoy el Jueves del Aleph les trae otra versión alternativa de esta fábula. Y ya saben, es un Aleph, así que vamos a mirarla un poco con detalle.

Había una vez una Hormiguita y una Cigarra que eran muy amigas. Durante todo el otoño la Hormiguita trabajó sin parar, almacenando comida para el invierno. No aprovechó el sol, la brisa suave del atardecer, ni charló con los amigos tomando una cervecita después de un día de trabajo.

Mientras, la Cigarra solo andaba cantando con los amigos en los bares de la ciudad, sin desperdiciar ni un solo minuto. Cantó durante todo el otoño, bailó, aprovechó el sol y disfrutó muchísimo sin preocuparse por el mal tiempo que iba a llegar.

Pasados unos días empezó el frío, la Hormiguita, exhausta de tanto trabajar se metió en su pobre guarida repleta hasta el techo de comida. Pero, alguien la llamó por su nombre desde fuera y cuando abrió la puerta tuvo una sorpresa cuando vio a su amiga Cigarra dentro de un Ferrari y con un valioso abrigo de pieles.

La Cigarra le dice:

-Hola amiga! Voy a pasar el invierno en Paris. ¿Podrías cuidar de mi casa?

La Hormiguita respondió:

-Sí claro! Desde luego. Pero ¿qué ocurrió? ¿Dónde conseguiste el dinero para ir a Paris, comprar este Ferrari, y ese abrigo tan bonito y caro?

Y la Cigarra respondió:

-Imagínate que yo estaba cantando en un bar la semana pasada y a un productor le gustó mi voz. Firmé un contrato para hacer shows en París.
A propósito, ¿necesitas algo de allí?

Si, dijo la Hormiguita.

Si te encuentras con La Fontaine (autor de la fábula original),

MÁNDALO DE MI PARTE A TOMAR POR EL CULO!!!!



Esta interesante fábula, me llegó con dos moralejas principalmente:


Moraleja 1
Aprovecha la vida, dosifica el trabajo y la diversión, pues trabajar demasiado solo trae beneficios en las fábulas de La Fontaine.

Moraleja 2
¡Y recuerda: vivir para trabajar solo hace feliz al patrón!

Pero como este es un jueves del Aleph, aun queremos asumir que hay muchas moralejas más. Algunas podrían ser:

Moraleja 3
Cada quien le apuesta al rol para el que está capacitado. Ya que por mucho que hubiera cantado la hormiga, no la hubieran contratado en ningún lado.

Moraleja 4
Las cigarras van contra el medio ambiente, pues usan abrigos de piel

Moraleja 5
En París tienen muy mal gusto, pues no me imagino pagar por escuchar cantar a una cigarra.

Moraleja 6
Ferrari está incursionando en los autos a escala, ya que es la única forma en que una cigarra lo podría manejar

Moraleja 7
Los insectos están aprendiendo a leer y escribir (y entre eso, a firmar), que Dios se apiade de nuestro futuro.

¿Que otra moraleja se les ocurre?

Continuar leyendo!

jueves, 16 de julio de 2009

¿Ya Conoces El Caso del Mango?

Esta historia data de por allá del año 2006. Y sin mucho pensarlo simplemente le puse "El Caso del Mando", y estuve por un tiempo publicando la frase "¿ya conoces el caso del Mango?". Ahora el ejercicio es diferente. El mando al que hago referencia realmente existió, pero las anotaciones que hago al respecto (que traigo de memoria porque no encontré nada escrito al respecto) son producto de la ficción. Y la tarea es, al ver un mango como este, ¿qué historia podrías contar? ¿cómo crees que "vivió" este mango?. Yo les dejo una Muestra. Dejo una foto al principio de la historia, y otra al intermedio, para que se ambienten, pero espero sus propias historias.



El Caso del Mango

Esta es la pobre historia de un mango que era muy feliz colgado de su rama, rodeado de hojas y pajaritos, sintiendo como el sol calentaba su piel y como el viento lo acariciaba como si de una íntima amante se tratara. Cuando creyó que estaba preparado, cuando la rama ya casi no podía con su peso, decidió que era el momento de enfrentarse al mundo, ya que había escuchado muchas historias de los bichos de por ahí de el cariño con que se trataba a los mangos que bajaban del árbol.



El pobre mango fue rechazado, marginado, insultado, golpeado, ridiculizado (es que la sociedad manguífera es muy cruel). Y el pobre mango quedó solo en una esquina. Unos pocos mangos se le acercaron, con lo cual el reconoció sus diferencias, y a pesar que muchos pregonaban que "lo importante estaba por dentro", nadie se atrevía a averiguar como era este mango por dentro.

El final fue predecible, el mango murió solo recostado contra su árbol, tan triste que no se atrevía a moverse y dejó que su esencia fuera consumida poco a poco por la naturaleza.

Continuar leyendo!

jueves, 2 de julio de 2009

Blanco y Negro

Bueno, ya saben, este es un Aleph, así que hay dos preguntas: ¿De qué carajo se está hablando? ¿Cómo continuarias la conversación?


Blanco y Negro

La distancia no impedía que sus cálidos susurros llegaran hasta sus oídos. Su enorme empatía los hacía navegar entre un tema y otro con la mayor naturalidad, y así llegaron a hablar de las dualidades en cada una de sus formas. La conversación era fluida:


Siempre hay dos lados en la moneda.

Si, en eso está el equilibrio y la diversión.

El equilibrio es una palabra poderosa, y la diversión es el gran motor de la vida. ¿te quieres divertir conmigo en alguna dualidad?

¡Suena interesante!

Aunque imagino que nos tocará alternar entre dualidades, podría ser jugar un tiempo entre la luz y la oscuridad, luego entre lo tierno y lo salvaje, tal vez entre subir y bajar

Mmmm y si corremos o caminamos o hablamos en silencio podemos llegar a un acuerdo desacuerdo, en la estadía del movimiento

Y en una alocada tranquilidad podremos mirarnos con los ojos cerrados mientras disfrutamos del dulce amargo del momento

En una euforia calmada agónica y viviente en el infinito finito del sol naciente y muriente, estando juntos pero separados en un acorde de tonalidades silentes, seguimos parando de pie y sentados

Mientras permitimos que nuestras carnales almas se tranquilicen turbadamente en el derecho recodo de un insensible y profundo sentimiento, hasta que tras un único y múltiple encuentro de calmada y enérgica pasión lleguemos a ese suave y atronador estallido que por fin nos dejara en el esquivo equilibrio

En la profundidad de la superficie gemela y diferente, inmersos en el aire de la corriente estuaria de lo inverosímil conocido, descubriendo lo incierto en un mar de aire seco igualmente húmedo y acido, en la conciencia de lo inconsciente, donde finalmente los polos opuestos se atraen

Para seguir despiertos en ese hermoso sueño que la interesante unidad puede generar.


Y sin más palabras, se fundieron en un mudo beso que la distancia no les permitía dar.

Continuar leyendo!

sábado, 13 de junio de 2009

Con mirada de artista

A principios de este año, mientras buscábamos dar valor adicional a la callada quietud de los días ociosos, un amigo y yo estuvimos conversando sobre las interpretaciones surgidas durante nuestra visita al pasado Salón Nacional de Artistas. Fue entonces cuando, proponiéndole la idea de practicar un sencillo ejercicio de creatividad literaria que había aprendido en la universidad, surgieron unas cuantas producciones interesantes. Para su degustación y crítica, hoy les comparto una de ellas:

Con mirada de artista

Como asomar la cabeza hacia el cielo a través de una nube de alfileres fue su despertar dicha mañana, semejante a otras numerosas mañanas de domingo que habían martirizado gustosas su cerebro, reprochándole por haber empinado de nuevo el codo más de la cuenta. El calor de un incidente rayo de sol sobre su brazo así como el roce de la ondulante cortina sobre sus dedos extendidos pusieron en marcha su reloj consciente del nuevo día. Mientras Henry se desperezaba, la humedad adherente de su espalda contra su sábana confirmaba la llegada del verano; echando su cabeza hacia atrás, percibió la ausencia entre las partículas de polvo flotantes en el cuarto de ese olor femenino penetrante legado por una noche de sexo fortuito y convencional, lo cual sacudía en parte la penumbra sobre los hechos recientes. Al parecer será uno de esos desayunos con menos huevos en la sartén y más café en mi taza, pensó. Sonriendo con vaguedad ante esta idea, se incorporó de su cama con dificultad.

Henry arrastró descalzo sus pies entre el caos que yacía sobre el suelo maldiciendo la necesidad de tener que llamar a la señora Delgado antes del mediodía para que no se comprometiera con la limpieza de un apartamento diferente al suyo. Aquel mar entretejido de bocetos, botellas vacías, video casetes, periódicos y yeso sería insoportable durante la semana siguiente; considerando la creciente actitud neurótica de su agente, era indispensable la presencia del aseo y el orden en su estudio para lograr engendrar algo relativamente bello, al menos para cerrarle la boca a esa frígida ojirasgada por un rato, mientras durase la bienal.

Solía prometerse a si mismo conseguirse otra persona menos fastidiosa para hacerle la limpieza, recordando al instante que, siendo ésta hermana de su casera, era una ventaja menor, dado el acuerdo implícito que le permitía atrasarse con el pago de la renta por unos cuantos días. Lo que no lograba ser cubierto por dicho costo era la forma como ella se detenía a posar su mirada con extrañeza durante minutos incontables sobre sus esculturas para luego preguntarle con indiscreción, como quien parece desentenderse del asunto, sobre su creencia en dios, si era conservador o apartidista, si había querido estudiar algo más provechoso, si había pensado en volver a casarse pronto, entre otras tantas particularidades absurdas que adoctrinaban el mundo reducido en el que pastaban ella y su rebaño de familiares y amigas, que le rodeaban y ejemplificaban cada una de sus bienintencionadas apreciaciones. Empero, Henry debía admitir que a ratos lo entretenía escuchar su rumiante voz; incluso eso le permitía encontrar una manera de trabajar mejor, obligándolo a ensordecerse y poder concentrarse con plenitud en el punto de partida para sus concepciones.

Sin embargo, Henry hoy luce malhumorado. El malestar que le produce la resaca es continuo y el golpeteo constante en el lado izquierdo de su cabeza le recuerda el impacto que su mazo aplica sobre la amorfa masa de yeso y arcilla que está por cobrar vida entre sus dedos. Henry termina su desayuno y se traga de un solo viaje tres analgésicos con media taza de su acostumbrado café cargado; sospecha que pondrá a navegar su estómago en mar de leva, pero ahora le importa un bledo. Lo necesitaba. Por el momento, hay que recoger el periódico y la correspondencia del buzón privado, sacar las bolsas y demás de la cajuela del auto y, si le queda tiempo, llevar el auto a lavar más tarde, aunque es posible que no se anime a hacerlo.

Según Henry, los domingos siempre le han parecido los mejores días de la semana para consolidar una obra. Es ese tipo de días en que la inspiración te agarra por los hombros y te arroja al suelo a componer tu obra, a desarrollarla trazo por trazo; doblega tu voluntad de querer hacer algo distinto e invita a tu orgullo a apuntarle con un arma, de manera que no te queda más remedio que ceder a sus demandas y a vivir en carne propia los caprichos de la vena artística. Habiendo asimilado esto una vez más, Henry se dirige hacia la puerta, toma sus llaves y los lentes de sol Police del recibidor de la entrada y sale hacia el pasillo alfombrado cuya tibieza esculca entre los dedos de sus pies, haciéndolos reclamar una ducha helada y el final pronto de este verano rojo que intensifica la naturaleza orgánica de los olores y adormece otro poco las ya apesadumbradas conciencias.

Mientras va hacia la planta baja, Henry piensa sobre la conveniencia de mudarse a una ciudad de permanente frío. Advierte que la capital estaría bien, y hasta podría servirle para encontrar nuevos elementos de composición para darle forma a sus engendros, como los suele llamar su agente. La sonrisa se asoma por un rato a su semblante, mientras mete la factura del gas dentro del bolsillo de su pantalón de pijama y antepone con tiempo a su rostro el grueso fajo de hojas de su periódico, como quien teme el destello dominical que el nuevo día se dispone a posar sobre su torso desnudo y lampiño.

Aspersores a tope, niños jugando a riesgo entre la banqueta y la calle y el zumbido característico de los insectos que se resisten a abandonar la primavera, fastidian a Henry y a su latente mal humor, cuyo dolor ahora ha adquirido el sonido y el color que debe tener el infierno. Es por ello que arrastra de inmediato sus pies sobre el asfalto reverberante para sumergirlos entre el césped recién mojado del antejardín del edificio; un pequeño placer que apaga por el momento el suplicio veraniego del cual suele escapar año tras año, yendo de viaje a la finca que otrora perteneció a sus padres y que se había convertido en su cuartel de refugio, donde analizaba sus aciertos e infortunios, mientras refrigeraba mente y cuerpo para actuar con destreza durante otra temporada. La calma y la precisión habían sido los garantes de su éxito mediano como escultor, así como de su continuidad. A pesar de ello, este año no necesitó viajar; ya tenía la madera suficiente para encender la llama.

Henry, algo encartado entre su maletín de herramientas y un par de bolsas negras, cerró con dificultad la cajuela de su Taurus, para observar entonces por un instante jugar a los niños de enfrente con los patines que posiblemente les habían regalado la navidad pasada, disfrutando sus vacaciones, madrugando a percibir los tesoros banales que el verano y su fecunda policromía ofrecían por tan corto tiempo, antes de que el otoño llegase a hundirlos de un soplo bajo las olas de los meses de estudio. Se mofó de este absurdo, mientras giraba sobre sí mismo y al tiempo veía elevarse sus pies por encima de la altura del capó de su auto, al momento en que su cabeza retumbaba contra la tierra húmeda y las bolsas caían a su alrededor. El sol entonces, con odio inconsciente, se dejó posar sobre su rostro ahora semiprotegido, haciéndole proferir una sonora maldición que encontró pronta respuesta en las risas infantiles de quienes habían alcanzado a presenciar tan ridículo percance. Colérico, aunque prontamente resignado, Henry se colocó de nuevo sus gafas, recogió sus bolsas y su maletín con una mano, mientras que con la otra recogía la factura del gas, el llavero y ese ojo que yacía junto a la cerca de madera, en medio de aquel trío de enormes girasoles que una abeja merodeaba, despistada por el impacto.

Una vez dentro de su apartamento, el agua fría de la ducha, tan reconfortante e inclemente a la vez, recompuso el buen humor de Henry y lo reconcilió con sus cinco sentidos, orientándolo hacia su trabajo; hacia lo que mejor sabía hacer y disfrutaba tanto. Sus críticos habían sido implacables los primeros años, para luego ser sorprendidos por la capacidad inventiva de Henry Vieira, precursor del movimiento de la escultura local contemporánea, de realizadores romances y un par de estrepitosos matrimonios; toda una escandalosa estrella del firmamento de piezas intercambiables del que no se arrepentía de hacer parte.

Condenado verano, se repitió Henry, pensando que quizás ése fuese el precipitador oculto de su ocaso como artista durante los meses recientes. "Hacer siempre lo mismo. Hacerlo siempre distinto", había leído hace un par de semanas en el folleto de una exposición a la que inasistió. Pero eso era algo que sus críticos no llegarían a entender. Al menos hasta ahora. Incluso él no lo llegó a entender por completo hasta ayer, cuando llegó ebrio de licor y soledad a su taller a brindar con la noche y a hacer su pacto personal a sangre y vino con ella.

Empezar para terminar, suspiró con serenidad, dirigiéndose hacia el baño a orinar, seguido de soslayo por unos cuantos frascos asomados tras el espejo de la alacena que estaba encima del lavamanos y que conservaban por pares entre formol y cristal aquellas visiones que habían sido injustas y poco comprometidas con las expresiones directas de su alma.

Empeño más convicción, entendió Henry, mientras lavaba sus manos, que serían las dos herramientas que harían memorable su próxima entrega; tal vez la mejor de todas. Con su destreza en permanente estado de alerta, entendió también que sin reto, no existiría el mérito.

Confío en ti, chico guapo, interpeló Henry a su reflejo en el espejo, al tiempo que chasqueaba su lengua contra su paladar y guiñaba su ojo derecho, el que aún le quedaba, mientras se internaba definitivamente en la penumbra donde guardaba su colección de obsesiones.

Sama
Feb./09


Foto: Tindaro Aplastado (Mitoraj, 1998)

Continuar leyendo!

jueves, 11 de junio de 2009

Mis Gafas

La idea de este cuento la tuve en pasto en enero, cuando me botaron mis gafas:

Odio haber botado mis anteojos,
porque ahora, dolorosamente,
la veo en cada indefinida mujer a la distancia.

¿Que te parece, como lo interpretas?

Continuar leyendo!

jueves, 4 de junio de 2009

CAFÉ

Tras unas noche más corta de lo necesario, él intenta levantarse con el sueño aun doliéndole en sus ojos y el cuerpo gritándole la injusticia de dejar el lecho que estaba destinado únicamente para su reposo. Tomó su pasta para la gastritis sin haberse cepillado, cosa que nunca hacía por el asco que lo generaba, pero en ese momento su cerebro había decidido seguir durmiendo y su cuerpo se movía en espasmódicos y erráticos movimientos reflejos.

El inicio de la mañana continuó sin mayor novedad, simplemente entró al baño, su cepillo se esmeró de dejar limpio sus enormes dientes, el agua le dio un largo e higiénico abrazo, pulió su poco espesa barba, el gel hizo todo lo posible por doblegar su cabello, y al salir del baño ya estaba no solo presentable sino que además, y más importante, ya medianamente despierto.

En su habitación, y debido a la fotosesibilidad que el sueño suele traer de acompañante, aquel hombre decidió manejarse en su habitación por instinto, por las penumbras que la luz de su ventana intentaba infructuosamente de disipar, guiado por la certeza que da el vivir más de década y media en el mismo lugar. Así siguió su rutina, cubriendo su blanco y semi-obeso cuerpo con nuevas pieles producidas de hilo, capa tras capta, desde su más íntima prenda, hasta la larga y delgada corbata que oscilaba alegremente de su cuello, el único símbolo que no reflejaba la pesadumbre soñolienta de aquel ser.

Protegió sus pies con un negro cuero, que hacía perfecto juego con una negra correa que rodeando su cintura terminaba haciendo la noble labor de sostener en su lugar sus largos pantalones.

Y así, una vez vestido, consumiendo aquellos orgánicos materiales que le darían energía en la primera parte del día, y ahora a pocas instancias de estar completamente despierto, decidió que era el momento para enfrentarse al veloz y agresivo mundo. Así que salió de su refugio y emprendió su caminata que había cuadruplicado su distancia desde que el nuevo sistema de transporte masivo había alejado los ronroneantes vehículos que lo conducirían hacia el infinito… o hacia su trabajo, lo que llegara primero.

Y empezó a caminar, un paso, dos, diez, treinta y tres y medio.

[CAFÉ]

Esa palabra invadió su mente ¿quería café?, ¡No! No era eso, era algo más.

[CAFÉ]

Era algo en su campo de visión, así que miró su corbata que era azul con morado… no, no era eso.

[CAFÉ]

Volvió a chequear, tanto su camisa como su pantalón eran azules.

[CAFÉ]

Incluso revisó su correa que era de un perfecto y monótono negro.

[CAFÉ]

No era algo fijo, era intermitente como llegaba el estímulo. Así que miró hasta el suelo, en donde en ese momento avanzaba su pie derecho que tenía un zapato de un íntegro negro.

[CAFÉ]



[CAFÉ]



[CAFÉ]



[CAFÉ]

Algo tenía que ser. Se detuvo justo ante la segunda avenida principal que debía atravesar, una autopista. Ya se sentía completamente despierto, lo sabía porque al abandonar por completo el mundo de los sueños, dejaba de pensar en forma lírica y ahora si podía nombrar las cosas como “corbatas” y “zapatos”. Y ahí, parado, esperando a que cambiara el semáforo que le daría paso a continuar el último tramo de su camino, hizo el último chequeo:

Corbata azul y morada. Camisa azul clara. Pantalón Azul Oscuro. Correa Negra. Zapato derecho negro. Zapato izquierdo café.

[CAFÉ]

Ahora lo entendía. Lo meditó por un momento, pensando en el largo camino recorrido. Pero no, tenía reuniones importantes ese día, y era necesario devolverse a buscar una correa apropiada, alguna que tuviera tanto negro como café. En el camino de regreso recordó que no tenía correas de esas características, así que tendría que cambiarse uno de sus zapatos, el café para no tenerse que cambiar de correa. Pero ahora, despierto, con una sonrisa en sus labios, sabía que ese sería un interesante día, bastante ocupado, pero interesante.



Y ahora, teniendo en cuenta que este es un Aleph, quisiera que ustedes, nuestros lectores, nos contaran ¿de que forma particular ha empezado alguno de sus días?

Fotos: Mauro Z

Continuar leyendo!

martes, 19 de mayo de 2009

Instrucciones paradójicas para cometer suicidio y, tal vez sí, tal vez no, quedar vivo en el intento

Suicidio de amor / Love suicideHace poco, MauroZ se la ingenió para realizar una audición, como las que acostumbramos a hacer (ver ejemplo) en su casa. Y digo él, porque aunque le colaboramos por los lados, fue él quien la empujó todo el tiempo. En ella me presentó una grata sorpresa que aún hoy sigo recordando con agrado y satisfacción y todavía me encuentro mensajes en mi messenger de personas desconectadas felicitándome a mí por el texto y a él por el video.

De la audición (de la cual curiosamente no hemos hablado como en el blog como se hizo con las anteriores) no sólo quedó el video, la experiencia, la oportunidad para relajarse, un rebote de estómago el macho por consumir cerveza con la barriga llena de lombrices, en fin todo lo que queda de las audiciones. En ella me encontré con Marko. Marko es uno de esos amigos que no son amigos, sino más bien conocidos, pero que tienes una transferencia positiva altamente cargada. Es decir, es de esos tipos que no puedes llamar amigos, porque no los conoces bien, pero que definitivamente te caen bien. Marko es un amigo de MauroZ el cual veo sólo cuando organizamos alguna audición, porque es el momento común. Me gusta que él vaya, porque canta las canciones y la gente lo sigue.

Bueno, y usted, querido lector, dirá ¿por qué kxi habla tanto de Marko? ¿Se enamoró de él? ¿Hicieron un negocio? ¿Qué pasó? En realidad nada. Simplemente es mi vicio (que creo que a veces desespera la gente que se encuentra más cerca a mí) de contextualizar al oyente (en este caso lector) antes de contar la historia: Marko, al igual que MauroZ y que Macaco, no sólo es un nombre sonoro, sino que es cuentero; y mientras alguien en la audición mencionaba alguno de los textos que he escrito en el blog, una cosa llevó a la otra y Marko estaba hablando de aquel cuento que había escrito sobre unas instrucciones para suicidarse, y cómo los comentarios que aparecían en esa entrada de su blog eran miedosos. "Uy, yo tengo que leer eso" pensé, por obvias razones. Y bien, ahora que lo hice, quiero aprovechar este día para hacerle un pequeño homenaje (sin permiso, pero con gusto) al escritor de tan bonito cuento (desde mi punto de vista) y traerlo a mi día en el blog, junto con mi propia versión de unas instrucciones para suicidarse.

Con ustedes las instrucciones de Marko:

INSTRUCCIONES BÁSICAS PARA COMETER SUICIDIO Y NO QUEDAR VIVO EN EL INTENTO

Quizás pensaran ustedes que es una locura o una falta gravísima de seriedad que me encuentre escribiendo esto; pero después de mi tercer diazepan, todo se encuentra en más calma, veo las cosas con mucha más lucidez y hasta me siento en más libertad de razonar.

Siguiendo esta serie de breves; pero prácticos consejos, usted podrá conseguir con éxito dejar de existir definitivamente y no sufrir las consecuencias de un mal suicidio, es decir, invalidez, cirugías complicadas, vomitadas que literalmente raspan todo el tracto gastrointestinal ante un fallido intento de envenenamiento, interminables citas con psicólogos, psiquiatras y demás especialistas, vacaciones en un hospital de reposo mental (para nada recomendable para alguien que como usted o como o quiere suicidarse), sin contar las marcas, cicatrices y deformaciones que dejan la mayoría de las técnicas empleadas sin buen término, lo cual le delatara inmediatamente ante los demás como un potencial suicida y atraerá como por arte de magia, la mirada de lastima y compasión de algunos y la de desconcierto de otros por “haber intentado algo tan tonto e infame”, en fin, lo verán como un pobre tonto que fue incapaz de eliminarse a sí mismo. Así pues, entremos en materia.

Lo primero que usted debe hacer es recordar todas aquellas cosas que lo motivan a tomar esta decisión (de esta parte se desprende fundamentalmente el éxito de la misión), puesto que es este punto donde se sopesan las cargas y se analiza si vale la pena o no continuar en este nefasto baile de mascaradas que llamamos vida o despegamos a un incierto, no se sabe, con la única certeza real que lo que venga será mejor que esto.

Sea consciente (...)
Puede continuar leyendo el cuento en el blog de Marko. Con ustedes mi versión:

Instrucciones paradójicas para cometer suicidio y tal vez si, tal vez no, quedar vivo en el intento

Paso 1: No mire el pasado. Las motivaciones para terminar la vida no pueden encontrarse en aquello que ya no se puede cambiar. Esto puede hacernos titubear en el momento clave; cuando se tira del gatillo o se deja de luchar contra el sueño, o se lanza al precipicio. Mire el futuro, busque una luz, una posibilidad de cambio, una forma de salir de la inminente destrucción y dolor que el hombre genera. Una esperanza. Si usted no lo encontró, está listo. Lo que pasó antes, ya pasó. El problema es lo que pueda pasar después. Si usted no encuentra algo por lo cual valga la pena vivir como ver salir el sol por el oriente mañana o respirar una bocanada de aire cargado del rocío de la mañana, o darle un beso a un ser amado, o gritar un gol, o tocar el piso con los dedos calientes, o simplemente ver; pues le repito: Está listo, ¿qué espera?

Paso 2: Dado que lo importante es la efectividad y rapidez del acto, la recomendación es elegir el método que represente mayor facilidad y brevedad, tanto en su ejecución como en la consecución de los elementos necesarios para ella. Probablemente si usted tiene un carro, pero éste se parquea en un sitio público (como lo es casi todos los espacios de la ciudad) sea difícil suicidarse con el gas que produce sin que alguien lo note e intente detenerlo. Lo mismo, no es tan fácil (a veces) conseguir un revolver, o veneno. De la misma forma, no es fácil, en ocasiones acceder a lo más alto de un edificio o de un barranco del cual tirarse para muchas personas, mientras que casi todos tenemos un contador con acceso a cables de alta tensión en nuestras casas o la de un vecino. Lo importante es lograr coger el positivo y el negativo a la vez con los pies en la tierra. Todo esto cuando no haya nadie que pueda salvarte y bien hecho para que no pases una experiencia dolorosa, que no pase del intento. De todos modos, cualquiera sea el método, mientras se tenga fácil acceso a los elementos y el conocimiento para usarlos es válido. Por ejemplo, si yo me fuera a suicidar con un revolver sin haber levantado uno con mis manos nunca, tendría una probabilidad mayor de fallar que si salto del quinto trampolín de una piscina de clavados al fondo de la piscina vacía.

Paso 3: Con el método y la motivación para hacerlo, usted tendrá un nuevo objetivo en su vida: El de suicidarse. Tendrá una empresa a realizar. Una meta. Algo por lo cual vivir. Vivirá para aprender cómo suicidarse, conseguir todos los elementos, aprender a manejarlos, encontrar el momento adecuado y dar rápida y efectiva terminación a su vida.

Paso 4: La pregunta: ¿Si ahora tiene un objetivo para vivir, para qué se suicida?

PS: La foto de keoki con esta licencia

Continuar leyendo!

sábado, 2 de mayo de 2009

Instrucciones para ver la Hora (Cortometraje)

Hola a todos los lectores de este blog. A través de esta entrada tengo el placer de traerles dos noticias. La primera referente al blog. A partir de este momento abrimos oficialmente una novena categoría a nuestros artículos, el de Cortometrajes, que llamamos "Cortos pero Sabrosos". Ya llevamos dos semanas donde publicamos de a un corto que nos encontramos en la web y que nos parecieron realmente buenos, y esto ha tenido una excelente acogida, al punto que ya son varios los que tenemos en cola para irse publicando. Una vez más se nos demuestra que no se necesita mucho tiempo para realizar cosas realmente interesantes. La idea será publicar estos artículos en la madrugada del sábado, así podrán los sábados desayunarse un buen corto, o pasarlos en una noche para los más trasnochadores (a pesar que este artículo no pudo llegar en dicho horario, por cuestiones logísticas).

La segunda noticia, es que ayer fue el "estreno oficial" de mi primer cortometraje, llamado "Instrucciones para ver la Hora", inspirado en el tercer texto que kxi subió a este blog. Cuando digo "Estreno oficial" es que reuní una parrandada de gente en mi casa y se los proyecté. Fueron convocados con la excusa de una audición llamada "Narrante con Moto". Les dejo el corto y comentarios sobre este después del salto (aunque me dia la impresión que al verlo directamente en youtube, dandole en el botón de HQ si mejora la calidad.. aunque no se si solo son impresiones mías).



Bueno, ese es el corto. Les dejo algunos comentarios sobre él:


- Es mi primera producción audiovisual, sin tener ningún tipo de formación ni en guion, ni en cámara (ni nada del rodaje), ni en edición.
- El corto fue "rodado" en su totalidad con mi cámara fotográfica (Samsun S860).
- Los audios (a excepción de la música) fueron grabados con mi celular (Nokia N80).
- Los dos puntos anteriores fueron por decisión, quería realizar un corto experimental, donde parte de la experimentación fuera justamente realizarlo con este tipo de herramientas.
- Toda la producción, desde la creación de la idea hasta la edición final fueron realizadas durante el mes de abril de este año.
- De alguna forma es un tributo a kxi, el cual solo se enteró del corto mientras lo veía en el estreno el 1ro me mayo (y le debieron haber visto la cara de sorpresa).
- Durante el rodaje me tocó improvisar un sistema de iluminación con plafones, clavijas y extenciones, lo cual me dio excelentes resultados (aunque dejaba mi casa sin bombillos por ratos).
- Fueron 14 las personas que se involucraron directamente en este proyecto, (los de los créditos) aunque no tenían ni idea lo que estaban haciendo. Se los agradezco en el corazón (ya que no se los puedo agradecer con el bolsillo).
- El presupuesto del corto fueron al rededor de 50mil pesos, de los cuales el 70% constó de dos botellas de vino que nos fuimos tomando en los diferentes días de rodaje.

Se reciben todos los comentarios que deseen realizar, tanto del cortometraje, como de la idea de crear la nueva categoría en el blog.

Continuar leyendo!

jueves, 16 de abril de 2009

Manuscrito hallado en un bolsillo

Buen día lectores del Aleph. Hoy, dado mi ausencia de tiempo (y de ideas) les traigo algo un poco particular. Como muchos lo habrán notado, uno de los personajes que más a inspirado a este blog es el escritor Julio Cortazar. En esta oportunidad les dejo un cuento de él, completo, lo que significa que su extensión es un poco mayor a lo que los he acostumbrado.

Pero la verdad, es uno de esos textos que cuando le leí me cayó como un golpe en el rostro, contundente e interesante, una de las mejores cosas que le he leido a Cortazar. Y por supuesto tiene un final que amerita todo un despliegue en esta columna. Así que ahí quedan las preguntas:

- ¿Como creen que termina?
- ¿Que les parece el juego?
- ¿Han jugado algo de este estilo?
- ¿Jugarian algo así, con algo real en su vida, como en este caso?
- ¿Adan y Eva tenian Ombligo?

Espero que en sus comentarios podamos hacer un despliegue interesante de estos temas. Les dejo el texto:


MANUSCRITO HALLADO EN UN BOLSILLO

Ahora que lo escribo, para otros esto podría haber sido la ruleta o el hipódromo, pero no era dinero lo que buscaba, en algún momento había empezado a sentir, a decidir que un vidrio de ventanilla en el metro podía traerme la respuesta, el encuentro con una felicidad, precisamente aquí donde todo ocurre bajo el signo de la más implacable ruptura, dentro de un tiempo bajo tierra que un trayecto entre estaciones dibuja y limita así, inapelablemente abajo. Digo ruptura para comprender mejor (tendría que comprender tantas cosas desde que empecé a jugar el juego) esa esperanza de una convergencia que tal vez me fuera dada desde el reflejo en un vidrio de ventanilla. Rebasar la ruptura que la gente no parece advertir aunque vaya a saber lo que piensa esa gente agobiada que sube y baja de los vagones del metro, lo que busca además del transporte esa gente que sube antes o después para bajar después o antes, que sólo coincide en una zona de vagón donde todo está decidido por adelantado sin que nadie pueda saber si saldremos juntos, si yo bajaré primero o ese hombre flaco con un rollo de papeles, si la vieja de verde seguirá hasta el final, si esos niños bajarán ahora, está claro que bajarán porque recogen sus cuadernos y sus reglas, se acercan riendo y jugando a la puerta mientras allá en el ángulo hay una muchacha que se instala para durar, para quedarse todavía muchas estaciones en el asiento por fin libre, y esa otra muchacha es imprevisible, Ana era imprevisible, se mantenía muy derecha contra el respaldo en el asiento de la ventanilla, ya estaba ahí cuando subí en la estación Etienne Marcel y un negro abandonó el asiento de enfrente y a nadie pareció interesarle y yo pude resbalar con una vaga excusa entre las rodillas de los dos pasajeros sentados en los asientos exteriores y quedé frente a Ana y casi enseguida, porque había bajado al metro para jugar una vez más el juego, busqué el perfil de Margrit en el reflejo del vidrio de la ventanilla y pensé que era bonita, que me gustaba su pelo negro con una especie de ala breve que le peinaba en diagonal la frente.

No es verdad que el nombre de Margrit o de Ana viniera después o que sea ahora una manera de diferenciarlas en la escritura, cosas así se daban decididas instantáneamente por el juego, quiero decir que de ninguna manera el reflejo en el vidrio de la ventanilla podía llamarse Ana, así como tampoco podía llamarse Margrit la muchacha sentada frente a mí sin mirarme, con los ojos perdidos en el hastío de ese interregno en el que todo el mundo parece consultar una zona de visión que no es la circundante, salvo los niños que miran fijo y de lleno en las cosas hasta el día en que les enseñan a situarse también en los intersticios, a mirar sin ver con esa ignorancia civil de toda apariencia vecina, de todo contacto sensible, cada uno instalado en su burbuja, alineado entre paréntesis, cuidando la vigencia del mínimo aire libre entre rodillas y codos ajenos, refugiándose en France-Soir o en libros de bolsillo aunque casi siempre como Ana, unos ojos situándose en el hueco entre lo verdaderamente mirable, en esa distancia neutra y estúpida que iba de mi cara a la del hombre concentrado en el Figaro. Pero entonces Margrit, si algo podía yo prever era que en algún momento Ana se volvería distraída hacia la ventanilla y entonces Margrit vería mi reflejo, el cruce de miradas en las imágenes de ese vidrio donde la oscuridad del túnel pone su azogue atenuado, su felpa morada y moviente que da a las caras una vida en otros planos, les quita esa horrible máscara de tiza de las luces municipales del vagón y sobre todo, oh sí, no hubieras podido negarlo, Margrit, las hace mirar de verdad esa otra cara del cristal porque durante el tiempo instantáneo de la doble mirada no hay censura, mi reflejo en el vidrio no era el hombre sentado frente a Ana y que Ana no debía mirar de lleno en un vagón de metro, y además la que estaba mirando mi reflejo ya no era Ana sino Margrit en el momento en que Ana había desviado rápidamente los ojos del hombre sentado frente a ella porque no estaba bien que lo mirara, al volverse hacia el cristal de la ventanilla había visto mi reflejo que esperaba ese instante para levemente sonreír sin insolencia ni esperanza cuando la mirada de Margrit cayera como un pájaro en su mirada. Debió durar un segundo, acaso algo más porque sentí que Margrit había advertido esa sonrisa que Ana reprobaba aunque no fuera más que por el gesto de bajar la cara, de examinar vagamente el cierre de su bolso de cuero rojo; y era casi justo seguir sonriendo aunque ya Margrit no me mirara porque de alguna manera el gesto de Ana acusaba mi sonrisa, la seguía sabiendo y ya no era necesario que ella o Margrit me miraran, concentradas aplicadamente en la nimia tarea de comprobar el cierre del bolso rojo.

Como ya con Paula (con Ofelia) y con tantas otras que se habían concentrado en la tarea de verificar un cierre, un botón, el pliegue de una revista, una vez más fue el pozo donde la esperanza se enredaba con el temor en un calambre de arañas a muerte, donde el tiempo empezaba a latir como un segundo corazón en el pulso del juego; desde ese momento cada estación del metro era una trama diferente del futuro porque así lo había decidido el juego; la mirada de Margrit y mi sonrisa, el retroceso instantáneo de Ana a la contemplación del cierre de su bolso eran la apertura de una ceremonia que alguna vez había empezado a celebrar contra todo lo razonable, prefiriendo los peores desencuentros a las cadenas estúpidas de una causalidad cotidiana. Explicarlo no es difícil pero jugarlo tenía mucho de combate a ciegas, de temblorosa suspensión coloidal en la que todo derrotero alzaba un árbol de imprevisible recorrido. Un plano del metro de París define en su esqueleto mondrianesco, en sus ramas rojas, amarillas, azules y negras una vasta pero limitada superficie de subtendidos seudópodos: y ese árbol está vivo veinte horas de cada veinticuatro, una savia atormentada lo recorre con finalidades precisas, la que baja en Chatelet o sube en Vaugirard, la que en Odeón cambia para seguir a La Motte-Picquet, las doscientas, trescientas, vaya a saber cuántas posibilidades de combinación para que cada célula codificada y programada ingrese en un sector del árbol y aflore en otro, salga de las Galeries Lafayette para depositar un paquete de toallas o una lámpara en un tercer piso de la rue Gay-Lussac.

Mi regla del juego era maniáticamente simple, era bella, estúpida y tiránica, si me gustaba una mujer, si me gustaba una mujer sentada frente a mí, si me gustaba una mujer sentada frente a mí junto a la ventanilla, si su reflejo en la ventanilla cruzaba la mirada con mi reflejo en la ventanilla, si mi sonrisa en el reflejo de la ventanilla turbaba o complacía o repelía al reflejo de la mujer en la ventanilla, si Margrit me veía sonreír y entonces Ana bajaba la cabeza y empezaba a examinar aplicadamente el cierre de su bolso rojo, entonces había juego, daba exactamente lo mismo que la sonrisa fuera acatada o respondida o ignorada, el primer tiempo de la ceremonia no iba más allá de eso, una sonrisa registrada por quien la había merecido. Entonces empezaba el combate en el pozo, las arañas en el estómago, la espera con su péndulo de estación en estación. Me acuerdo de cómo me acordé ese día: ahora eran Margrit y Ana, pero una semana atrás habían sido Paula y Ofelia, la chica rubia había bajado en una de las peores estaciones, Montparnasse-Bienvenue que abre su hidra maloliente a las máximas posibilidades de fracaso. Mi combinación era con la línea de la Porte de Vanves y casi enseguida, en el primer pasillo, comprendí que Paula (que Ofelia) tomaría el corredor que llevaba a la combinación con la Mairie d'Issy. Imposible hacer nada, sólo mirarla por última vez en el cruce de los pasillos, verla alejarse, descender una escalera. La regla del juego era ésa, una sonrisa en el cristal de la ventanilla y el derecho de seguir a una mujer y esperar desesperadamente que su combinación coincidiera con la decidida por mí antes de cada viaje; y entonces -siempre, hasta ahora- verla tomar otro pasillo y no poder seguirla, obligado a volver al mundo de arriba y entrar en un café y seguir viviendo hasta que poco a poco, horas o días o semanas, la sed de nuevo reclamando la posibilidad de que todo coincidiera alguna vez, mujer y cristal de ventanilla, sonrisa aceptada o repelida, combinación de trenes y entonces por fin sí, entonces el derecho de acercarme y decir la primera palabra, espesa de estancado tiempo, de inacabable merodeo en el fondo del pozo entre las arañas del calambre. Ahora entrábamos en la estación Saint-Sulpice, alguien a mi lado se enderezaba y se iba, también Ana se quedaba sola frente a mí, había dejado de mirar el bolso y una o dos veces sus ojos me barrieron distraídamente antes de perderse en el anuncio del balneario termal que se repetía en los cuatro ángulos del vagón. Margrit no había vuelto a mirarme en la ventanilla pero eso probaba el contacto, su latido sigiloso; Ana era acaso tímida o simplemente le parecía absurdo aceptar el reflejo de esa cara que volvería a sonreír para Margrit; y además llegar a Saint-Sulpice era importante porque si todavía faltaban ocho estaciones hasta el fin del recorrido en la Porte d'Orléans, sólo tres tenían combinaciones con otras líneas, y sólo si Ana bajaba en una de esas tres me quedaría la posibilidad de coincidir; cuando el tren empezaba a frenar en Saint-Placide miré y miré a Margrit buscándole los ojos que Ana seguía apoyando blandamente en las cosas del vagón como admitiendo que Margrit no me miraría más, que era inútil esperar que volviera a mirar el reflejo que la esperaba para sonreírle.

No bajó en Saint-Placide, lo supe antes de que el tren empezara a frenar, hay ese apresto del viajero, sobre todo de las mujeres que nerviosamente verifican paquetes, se ciñen el abrigo o miran de lado al levantarse, evitando rodillas en ese instante en que la pérdida de velocidad traba y atonta los cuerpos. Ana repasaba vagamente los anuncios de la estación, la cara de Margrit se fue borrando bajo las luces del andén y no pude saber si había vuelto a mirarme; tampoco mi reflejo hubiera sido visible en esa marea de neón y anuncios fotográficos, de cuerpos entrando y saliendo. Si Ana bajaba en Montparnasse-Bienvenue mis posibilidades era mínimas; cómo no acordarme de Paula (de Ofelia) allí donde una cuádruple combinación posible adelgazaba toda previsión; y sin embargo el día de Paula (de Ofelia) había estado absurdamente seguro de que coincidiríamos, hasta último momento había marchado a tres metros de esa mujer lenta y rubia, vestida como con hojas secas, y su bifurcación a la derecha me había envuelto la cara como un latigazo. Por eso ahora Margrit no, por eso el miedo, de nuevo podía ocurrir abominablemente en Montparnasse-Bienvenue; el recuerdo de Paula (de Ofelia), las arañas en el pozo contra la menuda confianza en que Ana (en que Margrit). Pero quién puede contra esa ingenuidad que nos va dejando vivir, casi inmediatamente me dije que tal vez Ana (que tal vez Margrit) no bajaría en Montparnasse-Bienvenue sino en una de las otras estaciones posibles, que acaso no bajaría en las intermedias donde no me estaba dado seguirla; que Ana (que Margrit) no bajaría en Montparnasse-Bienvenue (no bajó), que no bajaría en Vavin, y no bajó, que acaso bajaría en Raspail que era la primera de las dos últimas posibles; y cuando no bajó y supe que sólo quedaba una estación en la que podría seguirla contra las tres finales en que ya todo daba lo mismo, busqué de nuevo los ojos de Margrit en el vidrio de la ventanilla, la llamé desde un silencio y una inmovilidad que hubieran debido llegarle como un reclamo, como un oleaje, le sonreí con la sonrisa que Ana ya no podía ignorar, que Margrit tenía que admitir aunque no mirara mi reflejo azotado por las semiluces del túnel desembocando en Denfert-Rochereau. Tal vez el primer golpe de frenos había hecho temblar el bolso rojo en los muslos de Ana, tal vez sólo el hastío le movía la mano hasta el mechón negro cruzándole la frente; en esos tres, cuatro segundos en que el tren se inmovilizaba en el andén, las arañas clavaron sus uñas en la piel del pozo para una vez más vencerme desde adentro; cuando Ana se enderezó con una sola y limpia flexión de su cuerpo, cuando la vi de espaldas entre dos pasajeros, creo que busqué todavía absurdamente el rostro de Margrit en el vidrio enceguecido de luces y movimientos. Salí como sin saberlo, sombra pasiva de ese cuerpo que bajaba al andén, hasta despertar a lo que iba a venir, a la doble elección final cumpliéndose irrevocable.

Pienso que está claro, Ana (Margrit) tomaría un camino cotidiano o circunstancial, mientras antes de subir a ese tren yo había decidido que si alguien entraba en el juego y bajaba en Denfert-Rochereau, mi combinación sería la línea Nation-Etoile, de la misma manera que si Ana (que si Margrit) hubiera bajado en Châtelet sólo hubiera podido seguirla en caso de que tomara la combinación Vincennes-Neuilly. En el último tiempo de la ceremonia el juego estaba perdido si Ana (si Margrit) tomaba la combinación de la Ligne de Sceaux o salía directamente a la calle; inmediatamente, ya mismo porque en esa estación no había los interminables pasillos de otras veces y las escaleras llevaban rápidamente a destino, a eso que en los medios de transporte también se llamaba destino. La estaba viendo moverse entre la gente, su bolso rojo como un péndulo de juguete, alzando la cabeza en busca de los carteles indicadores, vacilando un instante hasta orientarse hacia la izquierda; pero la izquierda era la salida que llevaba a la calle.

No sé cómo decirlo, las arañas mordían demasiado, no fui deshonesto en el primer minuto, simplemente la seguí para después quizá aceptar, dejarla irse por cualquiera de sus rumbos allá arriba; a mitad de la escalera comprendí que no, que acaso la única manera de matarlas era negar por una vez la ley, el código. El calambre que me había crispado en ese segundo en que Ana (en que Margrit) empezaba a subir la escalera vedada, cedía de golpe a una lasitud soñolienta, a un gólem de lentos peldaños; me negué a pensar, bastaba saber que la seguía viendo, que el bolso rojo subía hacia la calle, que a cada paso el pelo negro le temblaba en los hombros. Ya era de noche y el aire estaba helado, con algunos copos de nieve entre ráfagas y llovizna; sé que Ana (que Margrit) no tuvo miedo cuando me puse a su lado y le dije: "No puede ser que nos separemos así, antes de habernos encontrado".

En el café, más tarde, ya solamente Ana mientras el reflejo de Margrit cedía a una realidad de cinzano y de palabras, me dijo que no comprendía nada, que se llamaba Marie-Claude, que mi sonrisa en el reflejo le había hecho daño, que por un momento había pensado en levantarse y cambiar de asiento, que no me había visto seguirla y que en la calle no había tenido miedo, contradictoriamente, mirándome en los ojos, bebiendo su cinzano, sonriendo sin avergonzarse de sonreír, de haber aceptado casi enseguida mi acoso en plena calle. En ese momento de una felicidad como de oleaje boca arriba de abandono a un deslizarse lleno de álamos, no podía decirle lo que ella hubiera entendido como locura o manía y que lo era pero de otro modo, desde otras orillas de la vida; le hablé de su mechón de pelo, de su bolso rojo, de su manera de mirar el anuncio de las termas, de que no le había sonreído por donjuanismo ni aburrimiento sino para darle una flor que no tenía, el signo de que me gustaba, de que me hacía bien, de que viajar frente a ella, de que otro cigarrillo y otro cinzano. En ningún momento fuimos enfáticos, hablamos como desde un ya conocido y aceptado, mirándonos sin lastimarnos, yo creo que Marie-Claude me dejaba venir y estar en su presente como quizá Margrit hubiera respondido a mi sonrisa en el vidrio de no mediar tanto molde previo, tanto no tienes que contestar si te hablan en la calle o te ofrecen caramelos y quieren llevarte al cine, hasta que Marie-Claude, ya liberada de mi sonrisa a Margrit, Marie-Claude en la calle y el café había pensado que era una buena sonrisa, que el desconocido de ahí abajo no le había sonreído a Margrit para tantear otro terreno, y mi absurda manera de abordarla había sido la sola comprensible, la sola razón para decir que sí, que podíamos beber una copa y charlar en un café.

No me acuerdo de lo que pude contarle de mí, tal vez todo salvo el juego pero entonces tan poco, en algún momento nos reímos, alguien hizo la primera broma, descubrimos que nos gustaban los mismos cigarrillos y Catherine Deneuve, me dejó acompañarla hasta el portal de su casa, me tendió la mano con llaneza y consintió en el mismo café a la misma hora del martes. Tomé un taxi para volver a mi barrio, por primera vez en mí mismo como en un increíble país extranjero, repitiéndome que sí, que Marie-Claude, que Denfert-Rochereau, apretando los párpados para guardar mejor su pelo negro, esa manera de ladear la cabeza antes de hablar, de sonreír. Fuimos puntuales y nos contamos películas, trabajo, verificamos diferencias ideológicas parciales, ella seguía aceptándome como si maravillosamente le bastara ese presente sin razones, sin interrogación; ni siquiera parecía darse cuenta de que cualquier imbécil la hubiese creído fácil o tonta; acatando incluso que yo no buscara compartir la misma banqueta en el café, que en el tramo de la rue Froidevaux no le pasara el brazo por el hombro en el primer gesto de una intimidad, que sabiéndola casi sola -una hermana menor, muchas veces ausente del departamento en el cuarto piso- no le pidiera subir. Si algo no podía sospechar eran las arañas, nos habíamos encontrado tres o cuatro veces sin que mordieran, inmóviles en el pozo y esperando hasta el día en que lo supe como si no lo hubiera estado sabiendo todo el tiempo, pero los martes, llegar al café, imaginar que Marie-Claude ya estaría allí o verla entrar con sus pasos ágiles, su morena recurrencia que había luchado inocentemente contra las arañas otra vez despiertas, contra la transgresión del juego que sólo ella había podido defender sin más que darme una breve, tibia mano, sin más que ese mechón de pelo que se paseaba por su frente. En algún momento debió darse cuenta, se quedó mirándome callada, esperando; imposible ya que no me delatara el esfuerzo para hacer durar la tregua, para no admitir que volvían poco a poco a pesar de Marie-Claude, contra Marie-Claude que no podía comprender, que se quedaba mirándome callada, esperando; beber y fumar y hablarle, defendiendo hasta lo último el dulce interregno sin arañas, saber de su vida sencilla y a horario y hermana estudiante y alergias, desear tanto ese mechón negro que le peinaba la frente, desearla como un término, como de veras la última estación del último metro de la vida, y entonces el pozo, la distancia de mi silla a esa banqueta en la que nos hubiéramos besado, en la que mi boca hubiera bebido el primer perfume de Marie-Claude antes de llevármela abrazada hasta su casa, subir esa escalera, desnudarnos por fin de tanta ropa y tanta espera.

Entonces se lo dije, me acuerdo del paredón del cementerio y de que Marie-Claude se apoyó en él y me dejó hablar con la cara perdida en el musgo caliente de su abrigo, vaya a saber si mi voz le llegó con todas sus palabras, si fue posible que comprendiera; se lo dije todo, cada detalle del juego, las improbabilidades confirmadas desde tantas Paulas (desde tantas Ofelias) perdidas al término de un corredor, las arañas en cada final. Lloraba, la sentía temblar contra mí aunque siguiera abrigándome, sosteniéndome con todo su cuerpo apoyado en la pared de los muertos; no me preguntó nada, no quiso saber por qué ni desde cuándo, no se le ocurrió luchar contra una máquina montada por toda una vida a contrapelo de sí misma, de la ciudad y sus consignas, tan sólo ese llanto ahí como un animalito lastimado, resistiendo sin fuerza al triunfo del juego, a la danza exasperada de las arañas en el pozo.

En el portal de su casa le dije que no todo estaba perdido, que de los dos dependía intentar un encuentro legítimo; ahora ella conocía las reglas del juego, quizá nos fueran favorables puesto que no haríamos otra cosa que buscarnos. Me dijo que podría pedir quince días de licencia, viajar llevando un libro para que el tiempo fuera menos húmedo y hostil en el mundo de abajo, pasar de una combinación a otra, esperarme leyendo, mirando los anuncios. No quisimos pensar en la improbabilidad, en que acaso nos encontraríamos en un tren pero que no bastaba, que esta vez no se podría faltar a lo preestablecido; le pedí que no pensara, que dejara correr el metro, que no llorara nunca en esas dos semanas mientras yo la buscaba; sin palabras quedó entendido que si el plazo se cerraba sin volver a vernos o sólo viéndonos hasta que dos pasillos diferentes nos apartaran, ya no tendría sentido retornar al café, al portal de su casa. Al pie de esa escalera de barrio que una luz naranja tendía dulcemente hacia lo alto, hacia la imagen de Marie-Claude en su departamento, entre sus muebles, desnuda y dormida, la besé en el pelo, le acaricié las manos; ella no buscó mi boca, se fue apartando y la vi de espaldas, subiendo otra de las tantas escaleras que se las llevaban sin que pudiera seguirlas; volví a pie a mi casa, sin arañas, vacío y lavado para la nueva espera; ahora no podían hacerme nada, el juego iba a recomenzar como tantas otras veces pero con solamente Marie-Claude, el lunes bajando a la estación Couronnes por la mañana, saliendo en Max Dormoy en plena noche, el martes entrando en Crimée, el miércoles en Philippe Auguste, la precisa regla del juego, quince estaciones en las que cuatro tenían combinaciones, y entonces en la primera de las cuatro sabiendo que me tocaría seguir a la línea Sèvres-Montreuil como en la segunda tendría que tomar la combinación Clichy-Porte Dauphine, cada itinerario elegido sin razón especial porque no podía haber ninguna razón, Marie-Claude habría subido quizá cerca de su casa, en Denfert-Rochereau o en Corvisart, estaría cambiando en Pasteur para seguir hacia Falguière, el árbol mondrianesco con todas sus ramas secas, el azar de las tentaciones rojas, azules, blancas, punteadas; el jueves, el viernes, el sábado. Desde cualquier andén ver entrar los trenes, los siete u ocho vagones, consintiéndome mirar mientras pasaban cada vez más lentos, correrme hasta el final y subir a un vagón sin Marie-Claude, bajar en la estación siguiente y esperar otro tren, seguir hasta la primera estación para buscar otra línea, ver llegar los vagones sin Marie-Claude, dejar pasar un tren o dos, subir en el tercero, seguir hasta la terminal, regresar a una estación desde donde podía pasar a otra línea, decidir que sólo tomaría el cuarto tren, abandonar la búsqueda y subir a comer, regresar casi enseguida con un cigarrillo amargo y sentarme en un banco hasta el segundo, hasta el quinto tren. El lunes, el martes, el miércoles, el jueves, sin arañas porque todavía esperaba, porque todavía espero en este banco de la estación Chemin Vert, con esta libreta en la que una mano escribe para inventarse un tiempo que no sea solamente esa interminable ráfaga que me lanza hacia el sábado en que acaso todo habrá concluido, en que volveré solo y las sentiré despertarse y morder, sus pinzas rabiosas exigiéndome el nuevo juego, otras Marie-Claudes, otras Paulas, la reiteración después de cada fracaso, el recomienzo canceroso. Pero es jueves, es la estación Chemin Vert, afuera cae la noche, todavía cabe imaginar cualquier cosa, incluso puede no parecer demasiado increíble que en el segundo tren, que en el cuarto vagón, que Marie-Claude en un asiento contra la ventanilla, que haya visto y se enderece con un grito que nadie salvo yo puede escuchar así en plena cara, en plena carrera para saltar al vagón repleto, empujando a pasajeros indignados, murmurando excusas que nadie espera ni acepta, quedándome de pie contra el doble asiento ocupado por piernas y paraguas y paquetes, por Marie-Claude con su abrigo gris contra la ventanilla, el mechón negro que el brusco arranque del tren agita apenas como sus manos tiemblan sobre los muslos en una llamada que no tiene nombre, que es solamente eso que ahora va a suceder. No hay necesidad de hablarse, nada se podría decir sobre ese muro impasible y desconfiado de caras y paraguas entre Marie-Claude y yo; quedan tres estaciones que combinan con otras líneas, Marie-Claude deberá elegir una de ellas, recorrer el andén, seguir uno de los pasillos o buscar la escalera de salida, ajena a mi elección que esta vez no transgrediré. El tren entra en la estación Bastille y Marie-Claude sigue ahí, la gente baja y sube, alguien deja libre el asiento a su lado pero no me acerco, no puedo sentarme ahí, no puedo temblar junto a ella como ella estará temblando. Ahora vienen Ledru-Rollin y Froidherbe-Chaligny, en esas estaciones sin combinación Marie-Claude sabe que no puedo seguirla y no se mueve, el juego tiene que jugarse en Reuilly-Diderot o en Daumesnil; mientras el tren entra en Reuilly-Diderot aparto los ojos, no quiero que sepa, no quiero que pueda comprender que no es allí. Cuando el tren arranca veo que no se ha movido, que nos queda una última esperanza, en Daumesnil hay tan sólo una combinación y la salida a la calle, rojo o negro, sí o no. Entonces nos miramos, Marie-Claude ha alzado la cara para mirarme de lleno, aferrado al barrote del asiento soy eso que ella mira, algo tan pálido como lo que estoy mirando, la cara sin sangre de Marie-Claude que aprieta el bolso rojo, que va a hacer el primer gesto para levantarse mientras el tren entra en la estación Daumesnil.

Continuar leyendo!