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miércoles, 5 de enero de 2011

Black Swan (2010)

Lo intenté, pero fue imposible seguir esperando.

En cuanto se anunció que esta película vería la luz en los festivales de Toronto y Venecia hace unos meses, estuve pendiente de su anuncio en la cartelera nacional, comprendiendo entonces que esto sólo ocurriría hasta que fuese distribuida dentro de Estados Unidos, lo cual tuvo lugar hace apenas un mes. Fue ahí cuando, al darme cuenta de que la distribuía Fox Searchlight, llegué a la conclusión de que no la veríamos en nuestras salas mientras no hubiesen pasado los premios Oscar y se hubiese ganado alguno lo cual, después de lo visto, es casi una certeza, con cuatro nominaciones a los Globos de Oro ya encima.

Catalogada por la crítica como un "retorcido thriller psico-sexual", Black Swan (2010) es el resultado final de un proyecto que Darren Aronofsky tenía conversado desde hace casi diez años con Natalie Portman, en el cual se muestra como Nina Sayers, una bailarina de la Compañía de Ballet de Nueva York, emprende una agotadora y competitiva carrera durante años para destacarse y convertirse en prima ballerina de una de las obras de temporada. Con motivo del retiro de Beth, quien ostentaba este rol ambicionado, el director de la compañía decide dar la oportunidad a Nina para reemplazarla, con ocasión del estreno de su nueva adaptación de El Lago De Los Cisnes. A pesar de esto, Nina debe enfrentar la amenaza que representa la llegada de Lily, una bailarina que, a pesar de su inexperiencia, posee el encanto y la seducción que Nina no ha logrado obtener con sus años de práctica y que no le han permitido cumplir su mayor anhelo: ser perfecta.

La trama de Black Swan no es compleja y es predecible desde un comienzo, sin embargo no es esto lo que le interesa a su público. Se entiende, como en Requiem For A Dream (2000), que todo esto no va a terminar bien; el placer está en que el director nos cuente a través del lenguaje visual, la forma como se llega a este término: la transformación de Nina en el Cisne Negro.

Desde que vi el tráiler hasta el final de la película, fue inevitable recordar escenas de Perfect Blue (1997), donde la realidad y la ficción son una sola y donde la culpa está derramada, intencionalmente o no, sobre cada protagonista. Todos ellos actúan de forma destacada, aunque ninguno como Natalie Portman, quien, según ella misma, creyó que moriría durante la filmación debido a la dieta exigente y el entrenamiento extenuante que le demandaba su personaje. Otros méritos para resaltar de la película son su composición musical (la escena en el club nocturno entre Nina y Lily, con los Chemical Brothers de fondo, es hermosa), su edición y sobre todo, la calidad en la interpretación de las piezas de baile.

Pueden entonces esperar a que llegue a cine, después de que la premien en los premios Oscar. Por mi parte, no pude. Y no me arrepiento.

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jueves, 13 de mayo de 2010

"Mamá, un camionero me acarició"

“Una caricia viaja a través de la ciudad hasta encontrarte…”

Hoy en el Jueves del Aleph (un Jueves del Aleph que ha sido tristemente abandonado en un blog que está corriendo con la misma suerte) no traigo una fábula para interpretar, tampoco una canción, ni siquiera una frase. Esta vez esta columna se vuelve a lo más básico y solo trae una palabra. Y es básico por el hecho de ser solo una palabra, y también es básico por la palabra en si: Hoy queremos descubrir que tantas cosas puede definir la palabra “Caricia”.

Pero a diferencia de los Aleph pasados, este Aleph no es para todos, es exclusivo, así que por favor absténganse de opinar aquellas personas que nunca han sido acariciadas y que nunca han acariciado a nadie (o a nada).

Ahora si, empecemos con la labor de hoy, que desafortunadamente no consiste en acariciar sino en Definir “Caricia”. Cuando veo la palabra caricia, cuando la digo, cuando la oigo, cuando la huelo, la primera imagen que viene a mi mente es mi mano completamente extendida, o tal vez un poco recogida (pero de manera casi imperceptible) que se posa muy lentamente, muy suavemente, sobre la piel de una espalda que se estremece ante el sutil contacto de la yema de mis dedos, los cuales muy suavemente empiezan un recorrido que sin prisa y sin pausa abarcará toda una mágica extensión.

Posiblemente esto sea lo que se pasa por la cabeza de muchos al contacto con esta palabra, pero como este es un blog serio, me pareció pertinente iniciar con lo que la RAE define como Caricia:

“Demostración cariñosa que consiste en rozar suavemente con la mano el cuerpo de una persona, de un animal, etc.”

Al parecer el que escribió la RAE y yo no estamos tan en desacuerdo. Claro, hay que tener en cuenta que la RAE tiene una segunda definición para esta palabra:

Halago, agasajo, demostración amorosa

La verdad no se que pensar sobre esta definición, ya que aunque tienen profundos elementos en común, la caricia siempre la he tenido asociada al tacto, al contacto, al acto de tocar y sentir físicamente la presión que ejerce alguna parte de un cuerpo (digamos, un abdomen) sobre la presión en alguna parte de mi cuerpo (digamos, la palma de mi mano). Pero según esta definición, cuando una chica va por la calle y algún técnico conductista (algo asi como un chofer de camión) le grita “Si tus nalgas fueran sartén ahí estrellaría mis huevos”, entonces esa chica podría llegar orgullosa a su casa a contarle a su madre que un camionero la acarició, y que aunque fue un poco guarro la hizo sonreír.

Para descubrir un poco más del asunto, fui a la siempre bien ponderada Wikipedia, y me encontré algo realmente interesante:

“Las caricias son en Análisis Transaccional cualquier tipo de manifestación de una persona, ya sea verbal o no verbal, que implique el darse cuenta de la existencia de otra. Son formas de reconocimiento de los demás y son vitales para sobrevivir y vivir, tanto físicamente como psicológicamente, so pena de que, si son insuficientes en cantidad o calidad, se padezcan serios trastornos.”

Que puedo decir más que el Análisis Transaccional siempre me ha parecido interesante, un poco ingenuo, pero interesante. Desde ese punto de vista, cuando ese compañero de colegio que se tomó su tiempo en desbaratar su único kilométrico, rasgar un pedazo de hoja de uno de sus cuadernos y volverlo una pequeña bola, decidió escogerte tu nuca como blanco de su proyectil, en realidad ese compañero te regaló en ese momento una caricia.

No se, no me convenció del todo, así que seguí buscando hasta que encontré la que para mi fue la mejor definición de toda la red, y lo encontré justamente en la Primera Enciclopedia del Beso:

“Caricia = Beso Manual”

En realidad no creo poder definirlo mejor. Pero aun así me siento obligado de dejar lo que entiendo por caricia, después de este profundo análisis:

“Método efectivo para vestir de Alma un Cuerpo”

Ahora, cuando te cruzas con la palabra “caricia”, ¿que pasa por tu mente?

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martes, 22 de septiembre de 2009

Pharmakon: bálsamo y veneno

I'm taking a ride with my best friend
I know he never lets me down again


Aunque apenas son las 6:30 p.m., varios concordamos en que pareciera ser más tarde.

Luego de ganarle a cabezazos una batalla al sueño, atrincherado entre muchas tazas de café y un acta de reunión gerencial, alisto mis cosas y me preparo para salir de la oficina hacia mi casa sin miramientos, sin más objeto que entregarme a esa práctica necesaria a la que solemos hacerle el quite, ya sea por mero hobby o por un sentido desvelado de la responsabilidad.

Mientras me despido de un par de presencias en mi Messenger, una llamada perdida silenciada por la ocasión me recuerda que estamos de Festival de Arte y que, por no dejar, vale la pena tomar la revista cultural y consultar la programación, para ver qué me voy a perder hoy. Grave error para el cuerpo; gran acierto para el espíritu, admitiría al día siguiente, aún somnoliento. Un año después de enterarme de su existencia y de severo antojo, Pharmakon, la pieza teatral de Sandro Romero, estaba en Cali, a mi alcance.

He knows where he's taking me
Taking me where I want to be
I'm taking a ride with my best friend


Minutos antes de llegar a la estación de La Ermita, medito seriamente sobre la decisión tomada: he concertado encontrarnos en la Casa Proartes, pues no sólo el plan es gratuito, sino que no todos los días tienes a Juan Manuel Roca recitando en la ciudad. Sin embargo, cocaína mata tinto, y luego de hacer la parada, me apresuro a la taquilla del Isaacs a hacerme al par de tiquetes que me dejan apenas con el saldo suficiente en mi móvil para cambiarle el plan a mi acompañante a quien, por suerte, mi persuasión la había alcanzado más pronto que mis palabras y ahora se dirigía hacia acá.

We're flying high
We're watching the world pass us by


Ahora que las luces se van apagando, desde el palco observo unos pies en pantuflas bajo la cortina del montaje y una silueta temblorosa que evidencian el comienzo de una apología a toda una vida agitada en una coctelera llena de drogas y alcohol, de amores, pasiones y genialidades, de familia, amigos y tradición. Es la instantánea de un hombre que destruye su templo para construir una escuela, para quienes lo rodean, lo admiran y admiten con resignación ese viaje sin retorno hacia una inmortalidad dolorosa mediante su obra.

Never want to come down
Never want to put my feet back down on the ground


Alejandra no se transforma en Mayolo. En un acto de nigromancia en sí misma, Alejandra le permite a Mayolo abrirse paso entre su carne, romper sus huesos y estirar su piel hasta mostrarse crudo, visceral, como una criatura que quedó pendiente por mostrar en alguna obra póstuma, frente a una terminal Videodrome, donde se puede contemplar al mutante hacer comunión con sus logros y sus temores, que vienen siendo casi la misma vaina. Con el devenir de los actos, va quedando en el ambiente ese miedo a admitir que toda reacción corporal de la artista es más que natural o aprendida; es el certificado de asistencia a un encuentro compartido con los excesos, del que ella y pocos saben regresar indemnes para darnos testimonio.

Never let me down
Never let me down


Una hora y un grutazo después, de regreso a casa, retumban todavía en mi cabeza mis propios aplausos y ovaciones, de aquel momento final en que Alejandra levanta sus brazos y sus ojos hacia el cielo, agradecida con el verdadero protagonista de permitirle atracar de nuevo en el puerto de la cordura. Una experiencia que te coge por sorpresa un lunes por la noche y te manda a la cama satisfecho, con unas horas menos de sueño para descansar, pero con una experiencia teatral más que vale la pena compartir con ustedes.

See the stars, they're shining bright
Everything's alright tonight...

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miércoles, 29 de julio de 2009

The Fine Art Of Love (2005)

En la alborada del siglo pasado se sitúa la historia de esta película sobre un grupo de niñas que, ante un aparente abandono a temprana edad, han sido internadas en un orfanato con el fin de ser convertidas en mujeres de sociedad, de acuerdo con los cánones morales contradictorios que regían a Alemania y otros países europeos, en la antesala hacia la Primera Guerra Mundial.

La secuencia introductoria en la que se muestra un primer plano de los pies de una bailarina de ballet, la cual ejecuta perfectamente su acto sin permitirse inmutarse por la sangre que empieza a brotar de sus dedos y a manchar sus zapatillas y el escenario, desmiente al paradójico título y nos promete tarde o temprano escenas del mismo impacto, con una teatralidad que por momentos raya en lo absurdo; como si las tablas de la tarima se extendieran más allá del recinto.

El argumento es sencillo, venido a complicar por los sentimientos encontrados de institutrices y alumnas que; motivadas por vencer la represión y buscando una realidad del mundo que trasciende las rejas del claustro; van desdibujando todo ese montaje y se entregan a experimentar a través de su sexualidad, su amor, su orgullo y su rencor. Se destaca la vehemencia de personajes como el de Irene (la amante de la prima ballerina) o el de Lady Helena; extraña un poco ver a la siempre bella Jacqueline Bisset, tan poco exigida dentro de su papel como directora del internado, con una introversión que impide al espectador entender suficientemente sus acciones.

De entrada, The Fine Art Of Love resulta fácil de comparar con Innocence (2004), cuyo concepto es exactamente el mismo, pero esta última con una visión esperanzadora ante la vida impositiva dentro de un internado de este tipo. En lo referente a lo técnico, se evidencian una buena fotografía e iluminación, contrastando con una malograda edición entre episodios que por momentos nos hacen a un lado del camino y nos recuerdan que es tan sólo una película.

Es posible que para quienes les interese verla aún puedan ir a las salas de cine de Royal Films en su ciudad, para darle un poco de carne al morbo y apostar unas monedas por el bien, pero quedan advertidos: la desazón hará presencia en el camino de cualquiera de sus protagonistas, en cualquier momento.

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sábado, 13 de junio de 2009

Con mirada de artista

A principios de este año, mientras buscábamos dar valor adicional a la callada quietud de los días ociosos, un amigo y yo estuvimos conversando sobre las interpretaciones surgidas durante nuestra visita al pasado Salón Nacional de Artistas. Fue entonces cuando, proponiéndole la idea de practicar un sencillo ejercicio de creatividad literaria que había aprendido en la universidad, surgieron unas cuantas producciones interesantes. Para su degustación y crítica, hoy les comparto una de ellas:

Con mirada de artista

Como asomar la cabeza hacia el cielo a través de una nube de alfileres fue su despertar dicha mañana, semejante a otras numerosas mañanas de domingo que habían martirizado gustosas su cerebro, reprochándole por haber empinado de nuevo el codo más de la cuenta. El calor de un incidente rayo de sol sobre su brazo así como el roce de la ondulante cortina sobre sus dedos extendidos pusieron en marcha su reloj consciente del nuevo día. Mientras Henry se desperezaba, la humedad adherente de su espalda contra su sábana confirmaba la llegada del verano; echando su cabeza hacia atrás, percibió la ausencia entre las partículas de polvo flotantes en el cuarto de ese olor femenino penetrante legado por una noche de sexo fortuito y convencional, lo cual sacudía en parte la penumbra sobre los hechos recientes. Al parecer será uno de esos desayunos con menos huevos en la sartén y más café en mi taza, pensó. Sonriendo con vaguedad ante esta idea, se incorporó de su cama con dificultad.

Henry arrastró descalzo sus pies entre el caos que yacía sobre el suelo maldiciendo la necesidad de tener que llamar a la señora Delgado antes del mediodía para que no se comprometiera con la limpieza de un apartamento diferente al suyo. Aquel mar entretejido de bocetos, botellas vacías, video casetes, periódicos y yeso sería insoportable durante la semana siguiente; considerando la creciente actitud neurótica de su agente, era indispensable la presencia del aseo y el orden en su estudio para lograr engendrar algo relativamente bello, al menos para cerrarle la boca a esa frígida ojirasgada por un rato, mientras durase la bienal.

Solía prometerse a si mismo conseguirse otra persona menos fastidiosa para hacerle la limpieza, recordando al instante que, siendo ésta hermana de su casera, era una ventaja menor, dado el acuerdo implícito que le permitía atrasarse con el pago de la renta por unos cuantos días. Lo que no lograba ser cubierto por dicho costo era la forma como ella se detenía a posar su mirada con extrañeza durante minutos incontables sobre sus esculturas para luego preguntarle con indiscreción, como quien parece desentenderse del asunto, sobre su creencia en dios, si era conservador o apartidista, si había querido estudiar algo más provechoso, si había pensado en volver a casarse pronto, entre otras tantas particularidades absurdas que adoctrinaban el mundo reducido en el que pastaban ella y su rebaño de familiares y amigas, que le rodeaban y ejemplificaban cada una de sus bienintencionadas apreciaciones. Empero, Henry debía admitir que a ratos lo entretenía escuchar su rumiante voz; incluso eso le permitía encontrar una manera de trabajar mejor, obligándolo a ensordecerse y poder concentrarse con plenitud en el punto de partida para sus concepciones.

Sin embargo, Henry hoy luce malhumorado. El malestar que le produce la resaca es continuo y el golpeteo constante en el lado izquierdo de su cabeza le recuerda el impacto que su mazo aplica sobre la amorfa masa de yeso y arcilla que está por cobrar vida entre sus dedos. Henry termina su desayuno y se traga de un solo viaje tres analgésicos con media taza de su acostumbrado café cargado; sospecha que pondrá a navegar su estómago en mar de leva, pero ahora le importa un bledo. Lo necesitaba. Por el momento, hay que recoger el periódico y la correspondencia del buzón privado, sacar las bolsas y demás de la cajuela del auto y, si le queda tiempo, llevar el auto a lavar más tarde, aunque es posible que no se anime a hacerlo.

Según Henry, los domingos siempre le han parecido los mejores días de la semana para consolidar una obra. Es ese tipo de días en que la inspiración te agarra por los hombros y te arroja al suelo a componer tu obra, a desarrollarla trazo por trazo; doblega tu voluntad de querer hacer algo distinto e invita a tu orgullo a apuntarle con un arma, de manera que no te queda más remedio que ceder a sus demandas y a vivir en carne propia los caprichos de la vena artística. Habiendo asimilado esto una vez más, Henry se dirige hacia la puerta, toma sus llaves y los lentes de sol Police del recibidor de la entrada y sale hacia el pasillo alfombrado cuya tibieza esculca entre los dedos de sus pies, haciéndolos reclamar una ducha helada y el final pronto de este verano rojo que intensifica la naturaleza orgánica de los olores y adormece otro poco las ya apesadumbradas conciencias.

Mientras va hacia la planta baja, Henry piensa sobre la conveniencia de mudarse a una ciudad de permanente frío. Advierte que la capital estaría bien, y hasta podría servirle para encontrar nuevos elementos de composición para darle forma a sus engendros, como los suele llamar su agente. La sonrisa se asoma por un rato a su semblante, mientras mete la factura del gas dentro del bolsillo de su pantalón de pijama y antepone con tiempo a su rostro el grueso fajo de hojas de su periódico, como quien teme el destello dominical que el nuevo día se dispone a posar sobre su torso desnudo y lampiño.

Aspersores a tope, niños jugando a riesgo entre la banqueta y la calle y el zumbido característico de los insectos que se resisten a abandonar la primavera, fastidian a Henry y a su latente mal humor, cuyo dolor ahora ha adquirido el sonido y el color que debe tener el infierno. Es por ello que arrastra de inmediato sus pies sobre el asfalto reverberante para sumergirlos entre el césped recién mojado del antejardín del edificio; un pequeño placer que apaga por el momento el suplicio veraniego del cual suele escapar año tras año, yendo de viaje a la finca que otrora perteneció a sus padres y que se había convertido en su cuartel de refugio, donde analizaba sus aciertos e infortunios, mientras refrigeraba mente y cuerpo para actuar con destreza durante otra temporada. La calma y la precisión habían sido los garantes de su éxito mediano como escultor, así como de su continuidad. A pesar de ello, este año no necesitó viajar; ya tenía la madera suficiente para encender la llama.

Henry, algo encartado entre su maletín de herramientas y un par de bolsas negras, cerró con dificultad la cajuela de su Taurus, para observar entonces por un instante jugar a los niños de enfrente con los patines que posiblemente les habían regalado la navidad pasada, disfrutando sus vacaciones, madrugando a percibir los tesoros banales que el verano y su fecunda policromía ofrecían por tan corto tiempo, antes de que el otoño llegase a hundirlos de un soplo bajo las olas de los meses de estudio. Se mofó de este absurdo, mientras giraba sobre sí mismo y al tiempo veía elevarse sus pies por encima de la altura del capó de su auto, al momento en que su cabeza retumbaba contra la tierra húmeda y las bolsas caían a su alrededor. El sol entonces, con odio inconsciente, se dejó posar sobre su rostro ahora semiprotegido, haciéndole proferir una sonora maldición que encontró pronta respuesta en las risas infantiles de quienes habían alcanzado a presenciar tan ridículo percance. Colérico, aunque prontamente resignado, Henry se colocó de nuevo sus gafas, recogió sus bolsas y su maletín con una mano, mientras que con la otra recogía la factura del gas, el llavero y ese ojo que yacía junto a la cerca de madera, en medio de aquel trío de enormes girasoles que una abeja merodeaba, despistada por el impacto.

Una vez dentro de su apartamento, el agua fría de la ducha, tan reconfortante e inclemente a la vez, recompuso el buen humor de Henry y lo reconcilió con sus cinco sentidos, orientándolo hacia su trabajo; hacia lo que mejor sabía hacer y disfrutaba tanto. Sus críticos habían sido implacables los primeros años, para luego ser sorprendidos por la capacidad inventiva de Henry Vieira, precursor del movimiento de la escultura local contemporánea, de realizadores romances y un par de estrepitosos matrimonios; toda una escandalosa estrella del firmamento de piezas intercambiables del que no se arrepentía de hacer parte.

Condenado verano, se repitió Henry, pensando que quizás ése fuese el precipitador oculto de su ocaso como artista durante los meses recientes. "Hacer siempre lo mismo. Hacerlo siempre distinto", había leído hace un par de semanas en el folleto de una exposición a la que inasistió. Pero eso era algo que sus críticos no llegarían a entender. Al menos hasta ahora. Incluso él no lo llegó a entender por completo hasta ayer, cuando llegó ebrio de licor y soledad a su taller a brindar con la noche y a hacer su pacto personal a sangre y vino con ella.

Empezar para terminar, suspiró con serenidad, dirigiéndose hacia el baño a orinar, seguido de soslayo por unos cuantos frascos asomados tras el espejo de la alacena que estaba encima del lavamanos y que conservaban por pares entre formol y cristal aquellas visiones que habían sido injustas y poco comprometidas con las expresiones directas de su alma.

Empeño más convicción, entendió Henry, mientras lavaba sus manos, que serían las dos herramientas que harían memorable su próxima entrega; tal vez la mejor de todas. Con su destreza en permanente estado de alerta, entendió también que sin reto, no existiría el mérito.

Confío en ti, chico guapo, interpeló Henry a su reflejo en el espejo, al tiempo que chasqueaba su lengua contra su paladar y guiñaba su ojo derecho, el que aún le quedaba, mientras se internaba definitivamente en la penumbra donde guardaba su colección de obsesiones.

Sama
Feb./09


Foto: Tindaro Aplastado (Mitoraj, 1998)

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jueves, 20 de marzo de 2008

Cuerpo Marchito


"Tras el último suspiro agitado los dos quedaron suspendidos en una húmeda mirada. De la boca de ella sale casi un susurro "si me dejas, moriré". Él la observó con mirada tierna para expresarle sin palabras que nunca la dejaría y empezó a separar su cuerpo, ella no lo impidió pero de sus tristes ojos salió una última lágrima que quedaría en el rostro de lo que pocos segundos después sería un cuerpo marchito y sin vida."


Este es un cortísimo cuento a dos manos, y que hoy les quise traer para su disfrute. Voy a abstenerme de realizar mis interpretaciones, pero abro la convocatoria para que cada quien a través de sus comentarios, lo interpreten y multiescenifiquen... teniendo en cuenta lo que se escriba ya les escribiré yo mi percepción del asunto.

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