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martes, 1 de febrero de 2011

¿Cómo hacer un mes de tributo?

Para hacer un mes de tributo se necesitan 2 cosas: Escoger un mes, y tener a quien hacer el tributo.

Un mes solía ser la cantidad de días en que se cumplía un ciclo lunar, pero dadas varias secuencias históricas, terminaron siendo ciclos de entre 30 y 31 días, exceptuando febrero que es un resumen de días sobrantes.

El mes determina además cómo se va a distribuir este tributo; puede usted escoger un mes largo, como diciembre que tiene 31 días, aunque con esa cantidad de distracciones navideñas seguramente nadie le preste atención. Por nuestra salud y conociendo nuestro empuje inicial para hacer las cosas, determinamos que febrero sería el mejor mes, pues es el más corto.

Ahora, se ha de tener a quien o que hacer tributo, para lo cual nos escogimos a nosotros mismos por allá en 2008. Es una decisión muy sabia aunque parezca poco modesta, principalmente porque las personas a las que conocemos (y por lo tanto podemos darle exactamente lo que más le gustaría recibir) somos nosotros mismos. Excepto que para que no suene tan ególatra, nos "tributamos" nosotros mismos, pero mezclados.

Teniendo el tiempo y el objetivo, viene lo importante... el cómo.

Nosotros en general distribuímos cada columna de este manual entre los involucrados, tratando de tocar todos los temas por igual, temas que normalmente no tocamos, bien por respeto al conocimiento de nuestro colega o por pura ignorancia (falta de estilo, que llaman).

Es así que durante este mes, cada uno toma una columna que muy pocas veces ha hecho, aborda un tema que o bien no conoce o que no frecuenta, y haciendo su mejor esfuerzo, hace un tributo a quien regularmente lo hace.

En resumen, nosotros no sabemos cómo se hace.

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miércoles, 10 de febrero de 2010

Nine (2009)

Hace un rato terminé de verme 8 ½ (1963).Una buena opción para un cinéfilo; todo un deber para un admirador de Fellini. A pesar de todas las motivaciones que puedan haber existido para vérsela antes, ya sabemos cómo nuestro día a día en el cine nos va prolongando la lista de pendientes. Qué agradable fue entonces poder encontrar una película que no se limitó sólo a seguir la tendencia de reencauchar un viejo éxito de taquilla, ni de reutilizar los sketches mínimos para robar sonrisas a los nostálgicos. Nine consigue hacer un homenaje modesto al cinema italiano de los años sesenta, puliendo el brillo de sus ya coloridos escenarios, (des)vistiendo glamorosamente la voluptuosidad de sus mujeres, remasterizando las notas peninsulares de su música; y despertando la curiosidad, de quien queda satisfecho por un buen trabajo artístico, por redescubrir ese clásico que motivó a Rob Marshall a llevar a la gran pantalla este musical.

El argumento de Nine no tiene mayor diferencia con el de su antecesora. Es más, se podría decir que en esta versión este aspecto que suele ser fundamental, no tiene tanta relevancia; pareciera que las relaciones interpersonales de Guido, el prota, con las mujeres que han estado presentes en su vida, sirvieran al único propósito de caracterizar a cada una, así como dar significado a esas fantasías en las que este director en decadencia se refugia, tratando de encontrar a esa musa inspiradora que necesita para concebir su obra cumbre, encubriendo una realidad que agobia a quienes se han bebido el éxito temprano, sin medir las consecuencias.

Ahora, el elenco es todo un harén de ensueño: solamente hizo falta Monica Bellucci para salir de la sala desquiciado por tanta belleza. Desde las legendarias Sofia Loren y Judi Dench hasta la cada vez más parecida a la mamá, Kate Hudson, se destacan y a veces sorprenden por su excelente manejo vocal y coreográfico, enriquecidos por los ámbitos que van de lo tradicional al Pop Art. Además, el jeque de esta tienda es nada menos que Daniel Day – Lewis, amigo de la casa y nominado nuevamente al premio Oscar como mejor actor principal. Musicalmente, son también varios los géneros interpretados y de buena manera, mereciéndose también otra de sus nominaciones este año.

Recomendada para quienes han disfrutado obras como Moulin Rouge, Chicago o Mamma Mia. Una oportunidad para empezar ponerse al día con toda esa cartelera selecta que se nos viene encima para estas fechas.

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sábado, 13 de junio de 2009

Con mirada de artista

A principios de este año, mientras buscábamos dar valor adicional a la callada quietud de los días ociosos, un amigo y yo estuvimos conversando sobre las interpretaciones surgidas durante nuestra visita al pasado Salón Nacional de Artistas. Fue entonces cuando, proponiéndole la idea de practicar un sencillo ejercicio de creatividad literaria que había aprendido en la universidad, surgieron unas cuantas producciones interesantes. Para su degustación y crítica, hoy les comparto una de ellas:

Con mirada de artista

Como asomar la cabeza hacia el cielo a través de una nube de alfileres fue su despertar dicha mañana, semejante a otras numerosas mañanas de domingo que habían martirizado gustosas su cerebro, reprochándole por haber empinado de nuevo el codo más de la cuenta. El calor de un incidente rayo de sol sobre su brazo así como el roce de la ondulante cortina sobre sus dedos extendidos pusieron en marcha su reloj consciente del nuevo día. Mientras Henry se desperezaba, la humedad adherente de su espalda contra su sábana confirmaba la llegada del verano; echando su cabeza hacia atrás, percibió la ausencia entre las partículas de polvo flotantes en el cuarto de ese olor femenino penetrante legado por una noche de sexo fortuito y convencional, lo cual sacudía en parte la penumbra sobre los hechos recientes. Al parecer será uno de esos desayunos con menos huevos en la sartén y más café en mi taza, pensó. Sonriendo con vaguedad ante esta idea, se incorporó de su cama con dificultad.

Henry arrastró descalzo sus pies entre el caos que yacía sobre el suelo maldiciendo la necesidad de tener que llamar a la señora Delgado antes del mediodía para que no se comprometiera con la limpieza de un apartamento diferente al suyo. Aquel mar entretejido de bocetos, botellas vacías, video casetes, periódicos y yeso sería insoportable durante la semana siguiente; considerando la creciente actitud neurótica de su agente, era indispensable la presencia del aseo y el orden en su estudio para lograr engendrar algo relativamente bello, al menos para cerrarle la boca a esa frígida ojirasgada por un rato, mientras durase la bienal.

Solía prometerse a si mismo conseguirse otra persona menos fastidiosa para hacerle la limpieza, recordando al instante que, siendo ésta hermana de su casera, era una ventaja menor, dado el acuerdo implícito que le permitía atrasarse con el pago de la renta por unos cuantos días. Lo que no lograba ser cubierto por dicho costo era la forma como ella se detenía a posar su mirada con extrañeza durante minutos incontables sobre sus esculturas para luego preguntarle con indiscreción, como quien parece desentenderse del asunto, sobre su creencia en dios, si era conservador o apartidista, si había querido estudiar algo más provechoso, si había pensado en volver a casarse pronto, entre otras tantas particularidades absurdas que adoctrinaban el mundo reducido en el que pastaban ella y su rebaño de familiares y amigas, que le rodeaban y ejemplificaban cada una de sus bienintencionadas apreciaciones. Empero, Henry debía admitir que a ratos lo entretenía escuchar su rumiante voz; incluso eso le permitía encontrar una manera de trabajar mejor, obligándolo a ensordecerse y poder concentrarse con plenitud en el punto de partida para sus concepciones.

Sin embargo, Henry hoy luce malhumorado. El malestar que le produce la resaca es continuo y el golpeteo constante en el lado izquierdo de su cabeza le recuerda el impacto que su mazo aplica sobre la amorfa masa de yeso y arcilla que está por cobrar vida entre sus dedos. Henry termina su desayuno y se traga de un solo viaje tres analgésicos con media taza de su acostumbrado café cargado; sospecha que pondrá a navegar su estómago en mar de leva, pero ahora le importa un bledo. Lo necesitaba. Por el momento, hay que recoger el periódico y la correspondencia del buzón privado, sacar las bolsas y demás de la cajuela del auto y, si le queda tiempo, llevar el auto a lavar más tarde, aunque es posible que no se anime a hacerlo.

Según Henry, los domingos siempre le han parecido los mejores días de la semana para consolidar una obra. Es ese tipo de días en que la inspiración te agarra por los hombros y te arroja al suelo a componer tu obra, a desarrollarla trazo por trazo; doblega tu voluntad de querer hacer algo distinto e invita a tu orgullo a apuntarle con un arma, de manera que no te queda más remedio que ceder a sus demandas y a vivir en carne propia los caprichos de la vena artística. Habiendo asimilado esto una vez más, Henry se dirige hacia la puerta, toma sus llaves y los lentes de sol Police del recibidor de la entrada y sale hacia el pasillo alfombrado cuya tibieza esculca entre los dedos de sus pies, haciéndolos reclamar una ducha helada y el final pronto de este verano rojo que intensifica la naturaleza orgánica de los olores y adormece otro poco las ya apesadumbradas conciencias.

Mientras va hacia la planta baja, Henry piensa sobre la conveniencia de mudarse a una ciudad de permanente frío. Advierte que la capital estaría bien, y hasta podría servirle para encontrar nuevos elementos de composición para darle forma a sus engendros, como los suele llamar su agente. La sonrisa se asoma por un rato a su semblante, mientras mete la factura del gas dentro del bolsillo de su pantalón de pijama y antepone con tiempo a su rostro el grueso fajo de hojas de su periódico, como quien teme el destello dominical que el nuevo día se dispone a posar sobre su torso desnudo y lampiño.

Aspersores a tope, niños jugando a riesgo entre la banqueta y la calle y el zumbido característico de los insectos que se resisten a abandonar la primavera, fastidian a Henry y a su latente mal humor, cuyo dolor ahora ha adquirido el sonido y el color que debe tener el infierno. Es por ello que arrastra de inmediato sus pies sobre el asfalto reverberante para sumergirlos entre el césped recién mojado del antejardín del edificio; un pequeño placer que apaga por el momento el suplicio veraniego del cual suele escapar año tras año, yendo de viaje a la finca que otrora perteneció a sus padres y que se había convertido en su cuartel de refugio, donde analizaba sus aciertos e infortunios, mientras refrigeraba mente y cuerpo para actuar con destreza durante otra temporada. La calma y la precisión habían sido los garantes de su éxito mediano como escultor, así como de su continuidad. A pesar de ello, este año no necesitó viajar; ya tenía la madera suficiente para encender la llama.

Henry, algo encartado entre su maletín de herramientas y un par de bolsas negras, cerró con dificultad la cajuela de su Taurus, para observar entonces por un instante jugar a los niños de enfrente con los patines que posiblemente les habían regalado la navidad pasada, disfrutando sus vacaciones, madrugando a percibir los tesoros banales que el verano y su fecunda policromía ofrecían por tan corto tiempo, antes de que el otoño llegase a hundirlos de un soplo bajo las olas de los meses de estudio. Se mofó de este absurdo, mientras giraba sobre sí mismo y al tiempo veía elevarse sus pies por encima de la altura del capó de su auto, al momento en que su cabeza retumbaba contra la tierra húmeda y las bolsas caían a su alrededor. El sol entonces, con odio inconsciente, se dejó posar sobre su rostro ahora semiprotegido, haciéndole proferir una sonora maldición que encontró pronta respuesta en las risas infantiles de quienes habían alcanzado a presenciar tan ridículo percance. Colérico, aunque prontamente resignado, Henry se colocó de nuevo sus gafas, recogió sus bolsas y su maletín con una mano, mientras que con la otra recogía la factura del gas, el llavero y ese ojo que yacía junto a la cerca de madera, en medio de aquel trío de enormes girasoles que una abeja merodeaba, despistada por el impacto.

Una vez dentro de su apartamento, el agua fría de la ducha, tan reconfortante e inclemente a la vez, recompuso el buen humor de Henry y lo reconcilió con sus cinco sentidos, orientándolo hacia su trabajo; hacia lo que mejor sabía hacer y disfrutaba tanto. Sus críticos habían sido implacables los primeros años, para luego ser sorprendidos por la capacidad inventiva de Henry Vieira, precursor del movimiento de la escultura local contemporánea, de realizadores romances y un par de estrepitosos matrimonios; toda una escandalosa estrella del firmamento de piezas intercambiables del que no se arrepentía de hacer parte.

Condenado verano, se repitió Henry, pensando que quizás ése fuese el precipitador oculto de su ocaso como artista durante los meses recientes. "Hacer siempre lo mismo. Hacerlo siempre distinto", había leído hace un par de semanas en el folleto de una exposición a la que inasistió. Pero eso era algo que sus críticos no llegarían a entender. Al menos hasta ahora. Incluso él no lo llegó a entender por completo hasta ayer, cuando llegó ebrio de licor y soledad a su taller a brindar con la noche y a hacer su pacto personal a sangre y vino con ella.

Empezar para terminar, suspiró con serenidad, dirigiéndose hacia el baño a orinar, seguido de soslayo por unos cuantos frascos asomados tras el espejo de la alacena que estaba encima del lavamanos y que conservaban por pares entre formol y cristal aquellas visiones que habían sido injustas y poco comprometidas con las expresiones directas de su alma.

Empeño más convicción, entendió Henry, mientras lavaba sus manos, que serían las dos herramientas que harían memorable su próxima entrega; tal vez la mejor de todas. Con su destreza en permanente estado de alerta, entendió también que sin reto, no existiría el mérito.

Confío en ti, chico guapo, interpeló Henry a su reflejo en el espejo, al tiempo que chasqueaba su lengua contra su paladar y guiñaba su ojo derecho, el que aún le quedaba, mientras se internaba definitivamente en la penumbra donde guardaba su colección de obsesiones.

Sama
Feb./09


Foto: Tindaro Aplastado (Mitoraj, 1998)

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miércoles, 6 de mayo de 2009

Los Viajes Del Viento (2008)

Esta obra contemporánea de arte es algo complicada de reseñar como película; quizás también esté en ello la dificultad de recomendarla para cualquier público, ya que para algunos puede resultar lenta, aburridora o por momentos incomprensible. Sus elementos narrativos y de composición son poco frecuentes en el cine colombiano y su historia se podría decir que, tal y como me indicó la persona con quien me la vi, es una visión personal del director de la vida de un artista. Esta particularidad, sumada al desborde visual y auditivo tan hiperrealista que llega a marear, hacen que sea difícil pasar por alto esta película de reciente estreno en nuestra cartelera nacional.

El argumento es bastante sencillo: Ignacio, un juglar de la costa atlántica colombiana decide un buen día dar por terminada su profesión, que tantas alegrías y penas le ha dado, emprendiendo entonces un largo viaje en burro en búsqueda de su maestro Guerra, para entregarle de regreso su acordeón, sobre el cual se dice que pesa una maldición hecha por El Diablo. Fermín, un impetuoso adolescente hijo de un juglar que nunca conoció, decide dejar a su madre para acompañarlo en su viaje, con el fin de convertirse también en un narrador oral, sin saber que al final aprenderá también a convertirse en un verdadero hombre.

De principio a fin, la dirección general y la de fotografía son increíbles, la riqueza cultural y lingüística está presente en cada tramo de este recorrido aparentemente interminable, y los diálogos son tan sucintos que se podría decir que vienen a ser el complemento de la música, el soplar del viento y los silencios, los cuales son los que verdaderamente transmiten la carga emocional del filme.

Qué buen director es Ciro Guerra. Qué agradable y sorprendente es saber que las dos únicas obras que componen su filmografía sean tan humanas y completas para que puedan ser mostradas en el exterior y den una noción de lo que somos en realidad. Sólo nos queda esperar por ahora que este 24 de mayo, durante el Sexagésimo Segundo Festival Internacional de Cine de Cannes, Los Viajes Del Viento logre consolidarse como una de las mejores producciones cinematográficas latinoamericanas de estos últimos años.


Esperamos sus comentarios, tanto en esta reseña como en la del lunes. No olviden que participan por una de las dos entradas a cine que obsequia Royal Films.

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jueves, 19 de febrero de 2009

Expiación

Leer desde grandes alturas y de manera utilitaria, es una opción válida y frecuente de contemplar nuestra realidad y de construir criterio y aptitud. Leer con pasión e interés, volando a ras de suelo es aquella otra opción que conlleva simultáneamente a sentir, interpretar, entender, ignorar, confirmar, comparar, recordar e inspirarse con lo que está escrito.

El capítulo número 34 de Rayuela (Cortázar, 1963), desencadenó como si fueran sonidos de una orquesta cada una de las anteriores acciones en quien escribió este texto que hoy les comparto para que tengan una aerodinámica experiencia literaria que no los agobie, pero sí que altere su percepción y les despierte sensaciones que hoy, jueves del Aleph, nos encantaría conocer:

Expiación

Son cuentas, gráficas, sendos puñados de datos y datos que viajan por la red y llegan directo a posarse sobre aquella rama ante su vista, sonrosada por la nieve y la sangre, o tal vez por la vergüenza de no haber corregido a tiempo el informe, y el jefe que no para de llamarme una y otra vez, sabiendo que ella no va a volver, que ahora él es alimento de lobos y que sus restos ahora hacen parte de la interminable lista de funcionarios que sueñan despiertos, en un letargo de esperanza inerme, entumecida como la punta de mis dedos acariciando el blanco manto sobre el cual pienso debe ser aumentado, pues comprenda, jefe, que quizás no ha valorado mi dedicación y amor contenido que ahora fluye en un caudal minúsculo desde mi herida, marcando mi entrada a su oficina, González! Mi tiempo es valioso y usted no ha valorado lo que por años le hemos arrebatado, aquel puñal plateado, precioso como sus manos bañadas por la luz de luna que nos contempló con lástima, al verme compungido y absorto en mi reloj, de paso cansado e inexorable, hacia mi cita con el hades, oscuro, amplio y sincero como la sonrisa que ahora me invade y resuena por todo el pasillo, ante la mirada incrédula de mis compañeros, quienes se acercan serpenteando rocas, troncos y raíces, bufando un sepulcral hálito de hielo y ceniza, que me impulsa a correr hacia el baño, y esputar por espasmos toda la cólera precipitándose hacia mí, con una voz tan lúgubre como cierta, profiriendo un mantra que empezaba a desprender de mi conciencia lo ocurrido, mientras observaba como mi rostro desmadejado adquiría nuevas formas de un color negro y pesado como la brea, consumiendo mis restos y enviándolos hacia el fondo de mi mente, donde yacía ese otro ser, ignorado por estar persiguiendo un ideal ajeno y banal que adquiere el alcance y ligereza de una peste, arrastrando vertiginosamente el eco de mi rencor hacia su puerta, tan cerrada y desafiante como mis puños, despotricándola en infinitas astillas que a un sordo estallido, proclaman con dianas mi gran mediodía, erigiéndose sobre la tundra que me vió impávido, incapaz siquiera de balbucear un apellido, que ahora no es mío, sino de quienes me aguardan, incautos y desnudos, junto a la chimenea, como despojos sórdidos de un deseo consumado, jefe, suelte ese teléfono, acallaré con gusto y de una vez con el orgullo que lo corroe, que no te permitió comprender cuánto anhelé que tus llamas incendiaran este gélido corazón que ahora estruja con fuerza su enjuto cuello, mientras con la otra aprisiono sus miembros, frágiles y serenos sueños, donde ahora la culpa y la locura morarán intensamente hasta el ocaso de tus días, sin color, sin vida, ahora que, desconsolado, acepto mi derrota ante la cobarde misericordia, que me ha condenado a descender triunfante, como un orgasmo venenoso y mortal, al infinito abismo de mi mente, de donde químicos y descargas tendrán fútil efecto al intentar sacarme a flote, y me reiré eternamente. Y dormiremos tranquilos.

Sama
Nov./06

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