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sábado, 12 de febrero de 2011

Emma & The Barista (2005)

Siguiendo con la selección de "cortos que casi no encuentro", hoy les quiero compartir Emma & The Barista (2005), un corto australiano dirigido por Greg Gozdz, en el cual se muestra cómo a Emma la vida le ofrece detalles pequeños para permear la monotonía de sus días, pero también cómo sólo puede llegar a romperla a partir de su propia voluntad. Una taza caliente de doce minutos de duración en el que te mezclan ilusión y realidad, con un poco de café y creatividad, ambientado por algunas imágenes urbanas de Melbourne.

Aprovecho esta ocasión para saludar especialmente a una buena amiga que está estudiando en Auckland, a quien siempre tengo presente y le deseo los mejores éxitos. Un abrazo caluroso, y mucha luz y color para sus días.

Ahora puedes probar un sorbo, haciendo clic sobre la imagen. No lo dejes enfriar:

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sábado, 13 de junio de 2009

Con mirada de artista

A principios de este año, mientras buscábamos dar valor adicional a la callada quietud de los días ociosos, un amigo y yo estuvimos conversando sobre las interpretaciones surgidas durante nuestra visita al pasado Salón Nacional de Artistas. Fue entonces cuando, proponiéndole la idea de practicar un sencillo ejercicio de creatividad literaria que había aprendido en la universidad, surgieron unas cuantas producciones interesantes. Para su degustación y crítica, hoy les comparto una de ellas:

Con mirada de artista

Como asomar la cabeza hacia el cielo a través de una nube de alfileres fue su despertar dicha mañana, semejante a otras numerosas mañanas de domingo que habían martirizado gustosas su cerebro, reprochándole por haber empinado de nuevo el codo más de la cuenta. El calor de un incidente rayo de sol sobre su brazo así como el roce de la ondulante cortina sobre sus dedos extendidos pusieron en marcha su reloj consciente del nuevo día. Mientras Henry se desperezaba, la humedad adherente de su espalda contra su sábana confirmaba la llegada del verano; echando su cabeza hacia atrás, percibió la ausencia entre las partículas de polvo flotantes en el cuarto de ese olor femenino penetrante legado por una noche de sexo fortuito y convencional, lo cual sacudía en parte la penumbra sobre los hechos recientes. Al parecer será uno de esos desayunos con menos huevos en la sartén y más café en mi taza, pensó. Sonriendo con vaguedad ante esta idea, se incorporó de su cama con dificultad.

Henry arrastró descalzo sus pies entre el caos que yacía sobre el suelo maldiciendo la necesidad de tener que llamar a la señora Delgado antes del mediodía para que no se comprometiera con la limpieza de un apartamento diferente al suyo. Aquel mar entretejido de bocetos, botellas vacías, video casetes, periódicos y yeso sería insoportable durante la semana siguiente; considerando la creciente actitud neurótica de su agente, era indispensable la presencia del aseo y el orden en su estudio para lograr engendrar algo relativamente bello, al menos para cerrarle la boca a esa frígida ojirasgada por un rato, mientras durase la bienal.

Solía prometerse a si mismo conseguirse otra persona menos fastidiosa para hacerle la limpieza, recordando al instante que, siendo ésta hermana de su casera, era una ventaja menor, dado el acuerdo implícito que le permitía atrasarse con el pago de la renta por unos cuantos días. Lo que no lograba ser cubierto por dicho costo era la forma como ella se detenía a posar su mirada con extrañeza durante minutos incontables sobre sus esculturas para luego preguntarle con indiscreción, como quien parece desentenderse del asunto, sobre su creencia en dios, si era conservador o apartidista, si había querido estudiar algo más provechoso, si había pensado en volver a casarse pronto, entre otras tantas particularidades absurdas que adoctrinaban el mundo reducido en el que pastaban ella y su rebaño de familiares y amigas, que le rodeaban y ejemplificaban cada una de sus bienintencionadas apreciaciones. Empero, Henry debía admitir que a ratos lo entretenía escuchar su rumiante voz; incluso eso le permitía encontrar una manera de trabajar mejor, obligándolo a ensordecerse y poder concentrarse con plenitud en el punto de partida para sus concepciones.

Sin embargo, Henry hoy luce malhumorado. El malestar que le produce la resaca es continuo y el golpeteo constante en el lado izquierdo de su cabeza le recuerda el impacto que su mazo aplica sobre la amorfa masa de yeso y arcilla que está por cobrar vida entre sus dedos. Henry termina su desayuno y se traga de un solo viaje tres analgésicos con media taza de su acostumbrado café cargado; sospecha que pondrá a navegar su estómago en mar de leva, pero ahora le importa un bledo. Lo necesitaba. Por el momento, hay que recoger el periódico y la correspondencia del buzón privado, sacar las bolsas y demás de la cajuela del auto y, si le queda tiempo, llevar el auto a lavar más tarde, aunque es posible que no se anime a hacerlo.

Según Henry, los domingos siempre le han parecido los mejores días de la semana para consolidar una obra. Es ese tipo de días en que la inspiración te agarra por los hombros y te arroja al suelo a componer tu obra, a desarrollarla trazo por trazo; doblega tu voluntad de querer hacer algo distinto e invita a tu orgullo a apuntarle con un arma, de manera que no te queda más remedio que ceder a sus demandas y a vivir en carne propia los caprichos de la vena artística. Habiendo asimilado esto una vez más, Henry se dirige hacia la puerta, toma sus llaves y los lentes de sol Police del recibidor de la entrada y sale hacia el pasillo alfombrado cuya tibieza esculca entre los dedos de sus pies, haciéndolos reclamar una ducha helada y el final pronto de este verano rojo que intensifica la naturaleza orgánica de los olores y adormece otro poco las ya apesadumbradas conciencias.

Mientras va hacia la planta baja, Henry piensa sobre la conveniencia de mudarse a una ciudad de permanente frío. Advierte que la capital estaría bien, y hasta podría servirle para encontrar nuevos elementos de composición para darle forma a sus engendros, como los suele llamar su agente. La sonrisa se asoma por un rato a su semblante, mientras mete la factura del gas dentro del bolsillo de su pantalón de pijama y antepone con tiempo a su rostro el grueso fajo de hojas de su periódico, como quien teme el destello dominical que el nuevo día se dispone a posar sobre su torso desnudo y lampiño.

Aspersores a tope, niños jugando a riesgo entre la banqueta y la calle y el zumbido característico de los insectos que se resisten a abandonar la primavera, fastidian a Henry y a su latente mal humor, cuyo dolor ahora ha adquirido el sonido y el color que debe tener el infierno. Es por ello que arrastra de inmediato sus pies sobre el asfalto reverberante para sumergirlos entre el césped recién mojado del antejardín del edificio; un pequeño placer que apaga por el momento el suplicio veraniego del cual suele escapar año tras año, yendo de viaje a la finca que otrora perteneció a sus padres y que se había convertido en su cuartel de refugio, donde analizaba sus aciertos e infortunios, mientras refrigeraba mente y cuerpo para actuar con destreza durante otra temporada. La calma y la precisión habían sido los garantes de su éxito mediano como escultor, así como de su continuidad. A pesar de ello, este año no necesitó viajar; ya tenía la madera suficiente para encender la llama.

Henry, algo encartado entre su maletín de herramientas y un par de bolsas negras, cerró con dificultad la cajuela de su Taurus, para observar entonces por un instante jugar a los niños de enfrente con los patines que posiblemente les habían regalado la navidad pasada, disfrutando sus vacaciones, madrugando a percibir los tesoros banales que el verano y su fecunda policromía ofrecían por tan corto tiempo, antes de que el otoño llegase a hundirlos de un soplo bajo las olas de los meses de estudio. Se mofó de este absurdo, mientras giraba sobre sí mismo y al tiempo veía elevarse sus pies por encima de la altura del capó de su auto, al momento en que su cabeza retumbaba contra la tierra húmeda y las bolsas caían a su alrededor. El sol entonces, con odio inconsciente, se dejó posar sobre su rostro ahora semiprotegido, haciéndole proferir una sonora maldición que encontró pronta respuesta en las risas infantiles de quienes habían alcanzado a presenciar tan ridículo percance. Colérico, aunque prontamente resignado, Henry se colocó de nuevo sus gafas, recogió sus bolsas y su maletín con una mano, mientras que con la otra recogía la factura del gas, el llavero y ese ojo que yacía junto a la cerca de madera, en medio de aquel trío de enormes girasoles que una abeja merodeaba, despistada por el impacto.

Una vez dentro de su apartamento, el agua fría de la ducha, tan reconfortante e inclemente a la vez, recompuso el buen humor de Henry y lo reconcilió con sus cinco sentidos, orientándolo hacia su trabajo; hacia lo que mejor sabía hacer y disfrutaba tanto. Sus críticos habían sido implacables los primeros años, para luego ser sorprendidos por la capacidad inventiva de Henry Vieira, precursor del movimiento de la escultura local contemporánea, de realizadores romances y un par de estrepitosos matrimonios; toda una escandalosa estrella del firmamento de piezas intercambiables del que no se arrepentía de hacer parte.

Condenado verano, se repitió Henry, pensando que quizás ése fuese el precipitador oculto de su ocaso como artista durante los meses recientes. "Hacer siempre lo mismo. Hacerlo siempre distinto", había leído hace un par de semanas en el folleto de una exposición a la que inasistió. Pero eso era algo que sus críticos no llegarían a entender. Al menos hasta ahora. Incluso él no lo llegó a entender por completo hasta ayer, cuando llegó ebrio de licor y soledad a su taller a brindar con la noche y a hacer su pacto personal a sangre y vino con ella.

Empezar para terminar, suspiró con serenidad, dirigiéndose hacia el baño a orinar, seguido de soslayo por unos cuantos frascos asomados tras el espejo de la alacena que estaba encima del lavamanos y que conservaban por pares entre formol y cristal aquellas visiones que habían sido injustas y poco comprometidas con las expresiones directas de su alma.

Empeño más convicción, entendió Henry, mientras lavaba sus manos, que serían las dos herramientas que harían memorable su próxima entrega; tal vez la mejor de todas. Con su destreza en permanente estado de alerta, entendió también que sin reto, no existiría el mérito.

Confío en ti, chico guapo, interpeló Henry a su reflejo en el espejo, al tiempo que chasqueaba su lengua contra su paladar y guiñaba su ojo derecho, el que aún le quedaba, mientras se internaba definitivamente en la penumbra donde guardaba su colección de obsesiones.

Sama
Feb./09


Foto: Tindaro Aplastado (Mitoraj, 1998)

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sábado, 7 de marzo de 2009

¿Cómo sacar a un hipopótamo de un pantano?

De antemano es conveniente ponerlos al tanto (algunos lo sabrán ya; otros lo habrán intuido) del hecho de que tres de quienes somos administradores de este manual, somos también malpensantes oficiales (ya sea porque estemos suscritos actualmente a la revista, o porque alguna vez lo estuvimos y aún le sigamos el rastro). Desde luego, no por eso Macaco y Omaroti dejan de pensar mal para escribir bien; es todo un arte y casi en todos los casos, un placer.

Bueno, el cuento es que hoy quiero compartirles una especie de 'Aleph instructivo' en el cual ustedes determinarán, desde su propio punto de vista, cuál es el procedimiento que utilizarían para sacar a un hipopótamo de un pantano. Esta idea se remite a Halterohippopotamidae, una de las aristas que conforman el Iceberg de la edición de febrero de El Malpensante, en la cual se hace referencia a otro texto anterior en el que se relata como el gran ajedrecista ruso Mijaíl Tal, embebido en sus cavilaciones durante uno de sus prolongados encuentros, se abstraía por un instante del escenario de juego y se cuestionaba acerca de la dificultad de sacar a un hipopótamo de un pantano.

Según recuerdo, al final de cuentas Tal, aburrido de no encontrarle solución a ambos acertijos, decide dejar hundido al pobre bicho en el fango y arriesgar el todo por el todo en su partida. Eso tal vez haya estado bien para ese tipo de situación, pero como en este blog queremos mucho a los hipopótamos (y aún más a los acertijos), los invitamos a que se tomen su tiempo y nos digan de qué manera salvar a nuestro robusto personaje desde varias perspectivas posibles. He aquí algunas ideas:

El método logístico

1. Consiga un auto de gran potencia y tracción u otro hipopótamo de igual o mayor tamaño que obedezca fielmente sus órdenes.

2. Consiga un cable de acero resistente y una grúa, o si no, una gruesa cuerda, una polea y un árbol que esté lo suficientemente cerca para que le sirva de pivote.

3. Amarre fuertemente a ambos hipos a la cuerda o cable, cada uno en su respectivo extremo. Como podrá notar, no están de más unas clases de buceo que le permitan rodear al hipo que está en el pantano, mientras lo amarra.

4. Ya que es posible que el peso y la adherencia del barro le impida el éxito del rescate, consiga una motobomba que le permita drenar el pantano, mientras con una manguera retira el barro del cuerpo del hipo. Asegúrese de que el hipo ya esté amarrado porque si el pozo es muy profundo, tal vez después no lo pueda sacar de ahí ni con abogado.

5. Cabalgue a su hipo entrenado y hágalo tirar hacia el lado opuesto de donde se encuentra el hipo empantanado. Vaya usted a saber cómo ha hecho para entrenar al animal que ahora cabalga; por lo cual no descarte la opción de invertir en un entrenador de hipos. Seguramente debe haber alguno que viva cerca a su casa.

6. Una vez el hipo rescatado esté en el aire y haya dejado de balancearse, haga regresar a su hipo con lentitud, de manera que el otro hipo baje perpendicularmente y no caiga de nuevo en el pantano. Sería bueno que tuviese presente la ayuda de uno de sus temerarios amigos que persuada o atalaye al hipo, para que no regrese al pantano y no necesite ejecutar nuevamente la operación.

El método financiero

1. Consiga un hipo hábil, enredador y apuesto (preferiblemente, con cola) que se encuentre atrapado en un pantano de deudas.

2. Consiga un grupo de hipos que sean bondadosos, trabajadores, algo lentos, y que atesoren muchas hojas y ramas deliciosas, de esas de las que se alimentan los hipos durante las épocas difíciles. Convénzalos de prestarles sus hojas y ramas a usted y a su hipo, con la promesa de devolverles multiplicada su vegetal inversión.

3. Con el barro del pantano en el que el hipo esté atrapado, diseñe y elabore unas símpaticas hipo-tarjetas, que le permitan a los otros hipos reclamar sus pacas de hojas prometidas más adelante. Recuerde: entre más hipos convenza, más barro podrá sacar y más hojas podrá meter en los espacios del pozo.

4. Sea creativo, y con las hojas y ramas, elabore una estructura geométrica lo suficientemente resistente en su base, de manera que su hipo pueda salir airoso de su cautiverio. Una vez afuera, retire todas las hojas y ramas que alcance, antes de que regresen los demás hipos.

5. Ahora que su hipo ha sido rescatado del pozo, cabalgue con él hasta un poco más allá de donde el agua llega con sed, porque ahora su pantano estará poblado de nuevos hipos, con el barro hasta el cuello, buscando una manera de salir tan creativa como la suya.

El método legislativo I

1. Saque al hipopótamo del charco.

2. Abra la nevera.

3. Saque al elefante.

4. Meta al hipopótamo.

5. Cierre la nevera.

6. Meta al elefante al charco.

7. Promulgue una ley en la que todo elefante deberá ser enviado hasta el otro lado del charco y todo hipopótamo deberá ser resguardado en la nevera.

8. Si se le antoja, siéntase orgulloso de ello.

El método legislativo II

1. Verifique el pasado turbio de quien le alquiló el pantano a los hipos.

2. Amparado por la extinción de dominio, consiga una orden de desalojo para expropiarle el pantano a los hipos. En tal caso de que haya terquedad por parte de ellos, negocie y permítales quedarse en su pantano, mientras no pongan sus enlodadas patas en los alrededores del terreno que habitan.

3. Una vez hecho suyo, abandone dicho terreno a su suerte, con todo e hipos. De esta manera, los hipos se aburrirán de sentirse solos y por sí mismos se desplazarán de su pantano nativo, nadando en búsqueda de su propio norte, así como de otros hipos que tampoco estuvieron preparados para correr la misma suerte.

Ahora es el turno de ustedes, lectores. Por cierto, de acuerdo con la creatividad con la que le den respuesta a este problema, es posible que algunas de las respuestas aparezcan publicadas en una próxima edición de la revista El Malpensante.

Esperemos que así sea. Mientras tanto, ¡al agua, pótamos!

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miércoles, 10 de septiembre de 2008

Paprika: condimento que da sabor a nuestros sueños

Alguna vez Borges indicó en una de sus inmortales ficciones, haciendo referencia a un universo creado por los hombres: "Mientras dormimos aquí, estamos despiertos en otro lado y que así cada hombre es dos hombres" o "El hombre que se desplaza modifica las formas que lo circundan". De acuerdo con esto, se podría tratar de entender la manera como es recorrido el camino que cada uno de nosotros toma hacia el 'mundo de los sueños', terreno conocido de sobra para quienes son inmunes al insomnio y propensos a la imaginación. Yendo más allá de las premoniciones, los "déjà vu" y cualquier otra cuestión parapsicológica, ¿qué implicaciones tendría el hecho de que la ciencia lograra finalmente descifrar el código de acceso para la lectura clara de los sueños de una persona? ¿Qué pasaría si, una vez descifrado ese código, se pudiese participar de ese sueño e interactuar en él? ¿En manos de quien dejaríamos recaer dicha responsabilidad?

La mente creativa del director Satoshi Kon, siempre inquieta por el comportamiento humano a través de lo que nuestros sentidos perciben, nos ofrece de nuevo su visión personal sobre estas incógnitas, en un viaje a través de la magia ilimitada de la animación, en su obra reciente: Paprika.

Bueno, para quienes hayan llegado hasta aquí buscando material sobre culinaria o cine erótico italiano, les recomiendo navegar en otras aguas. Esta película, ganadora de cuatro premios internacionales, y nominada en 2006 al León De Oro en el Venice Film Festival, es una excelente opción para quienes desean entretenerse con historias innovadoras, contadas mediante lenguajes poco convencionales.

El argumento se lleva a cabo en Japón, donde un equipo médico de investigación ha desarrollado una máquina psicoanalítica que permite, a través de un dispositivo llamado DC Mini, acceder a la mente de los pacientes durante sus sueños para leerlos e interpretarlos y, a partir de ellos, crear tratamientos que les ayuden a enfrentar y superar sus traumas y temores. Desde luego, al ser este un prototipo y no haberse establecido sus restricciones de acceso, tres de estos dispositivos son robados del centro médico y empiezan a ser utilizados para manipular a quienes han tenido contacto con esta máquina, siendo arrancados de su realidad y arrastrados hacia un sueño interminable. El problema se agrava cuando dicha manipulación se hace efectiva incluso en quienes están conscientes y despiertos. Es en ese momento cuando la esperanza de lograr rastrear al culpable de este 'terrorismo virtual' recae sobre la psiquiatra Atsuko Chiba, quien ha logrado hasta ahora manejar esta tecnología magistralmente y poder acceder a este terreno inhóspito, valiéndose de Paprika, su alter ego y precioso objeto de deseo de todo aquel quien la haya acogido en sus sueños.

Tal y como en otras obras anteriores de Kon (Perfect Blue, Tokyo Godfathers), la calidad de la animación de esta película es sobresaliente, haciendo plena justicia a la riqueza en su contenido. Es importante anotar, sin embargo, que cuando se trabaja con este tipo de guiones en donde los saltos entre la realidad y la ficción van acortando distancias hasta llegar al punto de entremezclarse, esto puede llegar a causar confusión e incluso irritar a más de uno que no esté acostumbrado a este tipo de expresiones cinematográficas. Quienes hayan visto The Cell (2000), película hermosísima visualmente pero tristemente arruinada por la pobreza en sus actuaciones, podrán encontrar semejanzas en varias de sus puestas en escena. Por otro lado, la banda sonora es encantadora y está a cargo del maestro Susumu Hirasawa, reconocido por ser el compositor de la música de la serie de televisión Berserk.

Finalmente, para quienes quieran verla pronto y tengan acceso al canal Cinemax Latinoamérica, les comparto la programación para que lo tengan en cuenta. Si no es así, busquen de todas formas la manera de acceder a ella y entreténganse durante noventa minutos mediante este dulce sueño consciente, que los hará reflexionar un rato acerca de los límites entre la realidad y la fantasía, así como de aquella sustancia etérea que custodia y da alimento a nuestros sueños más placenteros.



Para tener en cuenta: Comentar sobre este artículo, aunque se trate sobre buen cine, no los hace partícipes en la rifa de Royal Films de esta semana. En pocos instantes, el instructor de turno se encargará de publicar el artículo que sí corresponde al concurso.

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domingo, 17 de agosto de 2008

Creativos Y Gente De Medios

En un blog que leo cada tanto, Palabras Textuales, me encontré este audio que me hizo partir de la risa durante mucho rato:



El final es lo mejor.

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martes, 25 de marzo de 2008

Problemas con la creatividad

En ocasiones surgen. Los problemas con la creatividad. Sí, en ocasiones surgen. A veces tenemos mucha creatividad. La mayor parte del tiempo, no. Hay gente que tiene problemas todo el tiempo con ella. Crea y crea. Les dicen inventores. Creativos. Artistas. Genios. Son simplemente gente con problemas. No pueden vivir una vida tranquila porque su cerebro se colma de imágenes, de información, necesitan sacar todo ese exceso de creatividad.

La cosa comienza cuando haciendo una actividad cualquiera de la cual todas los demás gozan. Una actividad llena de júbilo y felicidad (si es muy simple y repetitiva más felicidad genera por lo tranquila y por el poco esfuerzo que hay que hacer) de las que todos los demás gozan. Cuando se está haciendo esta actividad de pronto surge un bloqueo momentáneo. No se puede hacer nada más. La actividad se frena y se siente ansiedad. Maldita ansiedad. Hay un deseo irrefrenable de exponer aquello que pica. Eso que no deja seguir. Hay que encontrar la forma. Sin embargo, la mayor parte del tiempo no es claro, dado que aquello que fastidia, que no deja seguir, es nuevo. Es diferente. No se ha visto antes. Es una creación. Yo creo que por alguna razón que tiene que ver con este proceso de crear, los más infieles (y otros no tan infieles pero sí muy hipócritas) dicen que el creador es un tipo travieso. Yo creo que era un tipo con problemas. Se encontraba en la inmensidad de la nada, donde ni tareas había por hacer y de pronto, pufff. Un momento de inquietud. No pudo disfrutar de la paz de un siesta que tanto placer produce sino que se tenía que inventar un poco de cosas maravillosas y sobre todo, problemáticas, como él.

¿Qué se hace con esta ansiedad? preguntarán los más desesperados que quieren llegar al final de este artículo para poder plasmar su obra. Nueva, porque es una creación. Bueno, pues un segundo después, dicen (yo creo que lo he sentido, pero no estoy tan seguro) viene un momento de arrepentimiento. ¿Quién quiere jorobarse la vida? ¿Quién quiere salir de su zona de confort por hacer algo nuevo? Algo que ni siquiera sabe si será bueno. Solamente nuevo. Allí es cuando uno se da cuenta si está contaminado o no. El asombro es como una especie de germen que anda por ahí. Uno se contamina y no se da cuenta. Claro que todos los demás si. Porque uno parece siempre niño (a veces con el tiempo parece cada vez más niño). Cuando uno se asombra, se deslumbra. Todo lo nuevo le parece bueno por el sólo hecho de ser nuevo. Entonces aquello que pica, que hace roncha, que no deja dormir en paz, pues como es nuevo, es bueno. Lo gracioso del tipo asombrado, es que además, como se vuelve un poco niño, pues se vuelve ingenuo, por no decirle estúpido. Entonces cree que lo que a él le parece grandioso, por ser nuevo, a todos los demás también les parecerá genial. Recuerden que es alguien deslumbrado. Se dice que este asombro a veces es creado por la constante piquiña que produce la idea que se gesta. Cuando no se hace nada con ella, el cuerpo se comienza a contaminar y genera una especie de intoxicación narcótica que genera el asombro.

El creativo, entonces además de inquieto está dopado por el asombro. En medio de su “traba” puede permitir a su inconciente que tome el mando de las funciones motrices más básicas de su cuerpo que él ha olvidado (concientemente) usar. Por ejemplo, el habla, el uso de sus manos como objetos gráficos, sus cuerdas vocales, el dominio de los músculos de su cuerpo. Cuando esto ocurre, cosas maravillosas pasan (eso piensa el creativo, porque también su creación puede ser un bodrio para el resto de la gente). En ese momento mágico, el creador comienza a dejar brotar por los poros de su cuerpo (focalizados generalmente en uno o dos órganos) todo ese malestar que le impedía dormir. Allí nace algo. El problema, es que no es suficiente. La condición humana que garantiza instintivamente la supervivencia de la especie en el planeta obliga a este creador a ver su obra como un descendiente propio. Entonces no se lo queda, sino que tiene que enseñarle el mundo (es decir, las creaciones de otros) y tiene que enseñarle al mundo que hay una creación nueva que quiere vivir en él. Debe compartirlo con todos. Le paga jardín, le toma fotos, lo lleva donde sus amigos. Ve por él. Y claro, como todo padre, deja de dormir tranquilo. ¿Y qué le pasa a un tipo carente de sueño? Pues que se le acumula mucha piquiña en su cabeza y siente el deseo irremediable de crear algo más, algo que le haga compañía a su primera creación. Y así hasta que muere. Qué fastidio esos tipos creadores con tantos problemas en su cabeza. Ni siquiera pueden dormir en paz, ni dejan dormir en paz.

PS: La foto es de un restaurante colgante. ¿Creativo no?

kxi

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