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viernes, 13 de noviembre de 2009

Para qué sirvió el día sin carro?

Hace poco más de un año nos preguntabamos aquí en el Manual para que era el día sin carro?, y en aquella ocasión tuvimos más preguntas que respuestas.

Esta vez confirmé mis sospechas. No sirve para nada.

Lo único que esperaba es que lloviera, así como amenazó durante parte de la mañana para que pasara de ser el día para las bicicletas y vehículos alternativos a ser el festival del taxi.

No solo la gran cantidad de taxis no permiten la movilidad a las bicicletas como debieran, sino que se aprecia (sin ruido de fondo) que son estos mismos los que superpoblan a la ciudad. Al menos en el centro, donde trabajo, la diferencia fué mínima.

Estuve algún tiempo de testigo presencial del ajetreo del mío, y aunque se notaba "un poquito" el aumento de buses articulados, la gente desbordaba la capacidad, al mejor estilo del papagayo* en su peor época.

Al menos, el año pasado se tenían unos objetivos claros (o eso creían), esta vez era solo sacar a los carros particulares de la ecuación, pero igual, había trancones, no había movilidad para los peatones y las ciclorutas no estaban organizadas. O sería solo en el centro que se vivió este martirio?

Como les fué a ustedes en el día sin carro?


* el "papagayo" además de ser un ave de incomparable belleza, es una empresa de buses de Cali de una generación anterior, que solía sobrepasar su capacidad de pasajeros de forma cuántica, llegando a unos límites del 250% de capacidad.

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sábado, 21 de marzo de 2009

No a la innovación

A mí me encantan las cosas nuevas, voy a favor de la innovación, casi siempre; me encanta estrenar; cuando me corto el pelo trato de peinarme diferente; siempre prefiero ir a un restaurante nuevo que a uno al que ya haya ido así me haya gustado mucho y cuando voy a un restaurante por segunda vez siempre trato de recordar qué pedí la vez pasada para pedir una cosa diferente; me gusta ponerme las camisas con corbatas que nunca he combinado de esa forma; aunque para organizarme, y con por mi sicorrigidez ingenieril, constantemente agendo todos mis movimientos y genero rutinas, me gusta tenerlas para poder romperlas o modificarlas en el camino, ponerlas a prueba ante contingencias, o simplemente darme el placer de acostarme a perder el tiempo para demostrarme que como dice Steve Jobs, "todo lo demás es secundario". Me gusta que haya un sistema de transporte diferente y moderno en la ciudad; me gusta que incluyan una nueva tarjeta naranja en el fútbol; me gusta que los celulares tengan más gadgets; me gusta que me llamen y me ofrezcan cambiar de puesto; me gusta viajar. En fin, me gusta el cambio y me gusta la innovación.

Es cierto que como toda persona que se encuentra cómoda en una zona de confort me protejo contra el cambio intuitivamente, pero cuando hago conciencia se que me gusta más la innovación que la estabilidad. Como decía un tal Parménides, me gusta el río. Pero hay momentos o mejor, espacios en los que simplemente, no estoy de acuerdo con la innovación, o con el cambio sin control. Y no por capricho, sino porque las cosas tiene una razón de ser.

A quién carajo se le ocurre que un direccional no deba ser naranja sino mejor de luz blanco día? Qué cosa tan absurda puede ser eso? Acaso a los diseñadores industriales que participaron en esos procesos de moda, en innovación que le darán un toque de distinción al automóvil para que comercialmente pueda vender más no se les ocurrió que el direccional tiene una razón de ser? Si señores: Su FUNCIÓN. Esa es la razón de ser de esa bombilla estéticamente incorrecta para algunos diseñadores de farolas. El direccional fue creado para avisar a los demás conductores las intenciones de un conductor de girar hacia uno y otro lado, o cuando se enciendan las dos, avisar que uno desea parquear. Dada esa sencilla función, una luz blanca día no se podría ver con facilidad en el día (momento en el cual también transitan los vehículos y también usan sus direccionales). Supongo que los diseñadores que participaron en ese proceso pensaban que todas esas lucecitas eran adornos, así como una amiga un día me dijo que pensaba que las líneas paralelas que tienen los vehículos en sus vidrios traseros estaban dispuestas de esa manera por esteticidad o para filtrar el paso del sol.

No recuerdo en qué vehículos vi los direccionales, pero si que no es una sola casa automotriz inteligente la que los ha implementado. En fin, que viva la innovación. Tal vez cuando todas las demás casas los copien se den cuenta que los direccionales no servían? No lo se. Amanecerá y veremos como dijo Alex Pi.

De todos modos, este no es el único caso de innovación ante el cual me opongo en el sector automotriz. Anoche vi un vehículo (bueno intenté verlo porque el resplandor no me dejaba) que en sus luces traseras, las cuales normalmente son rojas y se encienden con más intensidad cuando se frena, conocidas como stops, en vez de tener una cubierta roja, tenían una cubierta transparente. Conclusión, el carro además de iluminar el camino hacia adelante lo hacía hacia atrás. Genial! pensaría alguien, si no fuera porque el carro no está solo en el mundo y el que vaya atrás de él tal vez lo choque por no ver qué tan cerca está de las luces que lo ciegan. Increíble la innovación lo que puede hacer.

Por eso a veces, me opongo a ella.

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lunes, 9 de febrero de 2009

Revolutionary Road

Recientemente he contado con la fortuna de ver muy buenas películas; fortuna que, desde luego, no es gratuita, ya que procuro cobijarme a la sombra de buenos árboles. De hecho, fue dispendioso escribir el artículo sobre Oliver Stone para la columna de mal cine, ya que en lo personal no me resulta sencillo tomar la iniciativa de ir a cine o alquilar píldoras de la talla de Churrúsculo u Hotel (Rwanda) Para Perros. Aunque esto no hace más que aseverar la idea que comparto sobre equilibrio cinematográfico: para que haya buen cine, debe existir el mal cine, por lo menos como punto de referencia. Es debido a esta bonanza por lo que me he visto asaltado mentalmente en la calle, en la cama y en el baño por la idea de hacerle justicia a lo que me he visto y reseñarlo. He aquí plasmado para ustedes uno de tantos tormentos.

A gran velocidad, como suele pasar con las buenas historias alternativas que se exhiben en nuestra cartelera nacional, pasó Revolutionary Road (2008) por delante de los ojos de unos cuantos y la conciencia de unos pocos, dejando abolladuras en la paciencia y la moral de quienes disfrutamos con esta película sórdida, en la cual Sam Mendes decide continuar ahondando en el agujero negro que una vez comenzó con American Beauty (1999), y que ahora muestra, a través del retrato de un matrimonio joven de Connecticut, E.E.U.U.; durante la década post-bélica de 1950, las raíces que sustentan el modelo ideal de la familia norteamericana moderna.

Esta película narra la historia de los Wheeler, una pareja de recién casados que se muda a una enorme y hermosa casa en Revolutionary Road, donde despierta la admiración y la envidia de sus vecinos, colegas y amigos por contar con los elementos básicos con los que puede edificar una vida perfecta. Frank (Leonardo Di Caprio), quien desempeña eficientemente el mismo cargo en el departamento de ventas, tal y como lo hizo su difunto padre en la misma compañía, se encuentra en una encrucijada en la cual debe elegir entre conformarse con el camino del éxito inmediato y el comfort para su esposa y sus hijos, o arriesgarse con el camino incierto de la realización personal, dejando un lado el orgullo y permitiendo que April (Kate Winslet) saboree la satisfacción de conducir su hogar hacia la felicidad plena, a cientos de kilómetros de distancia de su tierra natal. Es entonces cuando los factores externos actúan, acentuando los prejuicios existentes y dejando pocas válvulas de escape para esa realidad social dormida, válvulas tan estrechas que difícilmente dejan espacio a poco menos que un solo individuo.

En el ámbito actoral, pareciera que Sam Mendes hubiese aprovechado toda esa carga de fricción reprimida por las dos estrellas durante tantos años, impensable por muchos dada la imagen inmortalizada del amor eterno en Titanic (1996), para que fuese desatada en el momento justo de la película, rompiendo con la perfecta armonía estética e instrumental mantenida hasta entonces, notándose la omnipresencia del director en cada una de las tomas siguientes. Esta es una demostración de que existen parejas que se desenvuelven mejor en la pantalla odiándose que lo contrario.

Con un final de contrastes digno de una novela de Stephen King, bañado por la esperanza y el desasosiego, Revolutionary Road nos hace reflexionar de modo pragmático acerca de la manera como llegamos a construir nuestra prosperidad a través de lo que mejor sabemos hacer y por lo cual somos dignos de admiración y respeto, sin considerar el costo de oportunidad reflejado en la felicidad y la realización de quienes amamos y han decidido compartir su sueño con nosotros. Sólo un sueño, sin fundamento ni plan de acción, pero más grande que el amor propio.

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sábado, 24 de enero de 2009

Haciendo la U

La mayoría de los días para llegar a mi casa debo hacer un retorno en la Autopista con Guadalupe (Calle 10 con Cr 56 en el sur de Cali). El retorno es por debajo de un puente que atraviesa la Guadalupe. Puente, que por cierto no tiene orejas y eso lo hace obsoleto y absurdo. Claro que ese no es el punto de discusión.

Intentaré describir esto para generar una imagen en sus cabezas. Cuando uno va de sur a norte, sobre la Autopista y llega a la Guadalupe puede tomar el puente y atravesarla sin parar (claro a menos que haya trancón) o puede irse por el lado derecho, paralelo al puente donde se encuentra cuatro caminos. El primero de ellos es a la derecha cambiando de sentido y tomando la Guadalupe. Para poder llegar a él debes esperar a que la fila del semáforo se reduzca, pero generalmente se puede llegar sin problemas debido a que la vía se hace más grande para tomar este camino. El segundo camino es seguir derecho, para lo cual te espera una larga fila de vehículos. El tercer camino es seguir derecho pero por el carril izquierdo para voltear a mano izquierda y tomar la Guadalupe también, pero en sentido Occidente - Oriente. Para girar se debe hacer un semáforo que cambia al mismo tiempo que el semáforo del segundo camino. Finalmente el cuarto camino se refiere al retorno. Es el carril más a la izquierda en el cual no hay semáforo sino que se sigue derecho y al llegar al puente se retorna para tomar la Autopista en dirección Sur-Norte. Sólo que éste tiene un pequeño inconveniente que denuncio.

Los conductores "vivos-bobos", irrespetuosos e hijos de ponga-aquí-la-peor-profesión-que-desee-que-sea-como-la-profesión-más-antigua-del-mundo, se van por el carril del cuarto camino, pero no van por el cuarto camino! Van por el tecer camino. Llegan justo hasta el borde de la U y esperan a que algún conductor despistado no arranque a tiempo para meter su vehículo a la fuerza. Así se "colean" en la fila de los que van en el tercer camino y mientras lo logran detienen el flujo vehicular de los que van por el cuarto camino. Esta escena se repite en los cuatro puentes que hay sobre la Autopista y en otras partes. Triste e indignante. Al final parece de tantos de estos individuos que el que estuviera haciendo mal la U, fuera uno.

Allí tengo una "anécdota" que otro día les contaré.

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sábado, 10 de enero de 2009

Se nos creció el enano y no nos dimos cuenta

Cali, Colombia¿A alguno de ustedes le ha pasado que deja de ver a un familiar o a un amigo por un tiempo (tal vez algunos meses o incluso años) y cuando lo vuelve a ver ha crecido de una forma sorprendente?

¿A alguno de ustedes le ha pasado que después de convivir mucho tiempo con alguien hace conciencia de cuánto ha envejecido y usted no lo había notado por estar viéndolo todos lo días?

Se podría decir que es el efecto de la rana en la caldera o la rana en la bañera. Al cual lamentablemente no se a quién atribuir como autor, pero si como relator: Mi profesor de química del colegio. El efecto es sencillo, aunque esconda una complejidad mayor que tenga que ver con las tasas de cambio de temperatura en el tiempo y cómo se perciben estas en muy pequeños intervalos: Si se intenta meter una rana en una caldera con agua hirviendo, ésta saltará despavorida por el calor que percibirá, mientras que si se mete en una caldera con agua fría y se prende el fuego en bajo aumentándolo lentamente durante un tiempo prudente, la rana nadará plácidamente sin darse cuenta en qué momento quedó cocinada. Supongo que se puede hacer con otro animal en nuestra cultura sea más comúnmente aceptado como plato, pero la rana es acuática y ese no es el punto en cuestión.

Pues bien, muchos como yo, parece que hemos sufrido el segundo efecto y hoy nos cocinamos en una ciudad que se creció sin darnos cuenta. Santiago de Cali hoy tiene más casas y más carros; más gente y más violencia; pero los espacios no se prepararon para semejante explosión demográfica. La gente tiene afán y atropella los ríos de gente con su afán porque no puede llegar al sitio que quiere en el tiempo que su imaginario le dice. Hay nuevas normas, como el pico y placa, como las zonas de respeto, pero la mentalidad del ciudadano no está para acatar normas, pues su pueblo no las tenía (o al menos no tantas). Las calles soportan cada vez más tráfico y como una medida desesperada ante el estrés que esto les provoca simplemente dejan brotar unos granos que algunos desprevenidos creen acné. Las motos se multiplican como conejos y cada vez hay que cuidarse más de no quedar en el suelo estampillado por una de ellas o de dejar uno estampillado en el suelo a alguno de los imprudentes motociclistas que las conducen.

Todos los días que ando por las calles, entendiendo que el tiempo que tengo que permanecer en ellas para llegar de un punto A a un punto B es cada vez mayor, me voy pensando cómo puedo hacer algo para contribuir a que la gente entienda que la ciudad cambió; que es más grande, más compleja; que debe actuar diferente para vivir mejor. Entonces cedo el paso a algún peatón o a otro conductor, evito hacer mal a alguien con mi actuación. Claro, es difícil no hacerlo cuando las motos y los buses conducen por donde no deben a velocidades que no debe; cuando los taxis y los particulares hacen lo mismo y cuando para evitar un hueco que dañe tu vehículo sin bajar la velocidad termines invadiendo el espacio del otro, que prevenido querrá luego cobrar venganza. Cre que es difícil. Pero creo entendiendo que nos estamos cocinando, podremos asomar la cabeza y salir de la sopa. Incluso si somos más tenaces podremos salir de la olla y apagar el fuego. Pero hay que darse cuenta.

¿Usted amigo lector, lo ha notado?

PS: La foto es de Dan Brooke, al cual le agradezco.

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sábado, 4 de octubre de 2008

¿Y para qué es que era el día sin carro?

Me he estado preguntando esto, porque de verdad siento que los objetivos no han sido claros, que no se han transmitido bien y que la inercia nos ha arrastrado. Trasladándolo al entorno organizacional, que es donde me desempeño, se necesitan algunos elementos básicos para determinar el éxito de cualquier operación:

1. Unos objetivos claros, alcanzables, los suficientemente retadores y en un marco de tiempo establecidos.
2. Una estrategia o plan para lograrlos.
3. Unos indicadores que puedan medirlos. Si no se pueden medir, no se sabe si se cumplieron.
4. Un comunicación asertiva para que quienes ejecuten los planes, en realidad estén ejecutando los planes y no otros planes que no tienen que ver con los objetivos.
5. Medir con los indicadores pactados, no con otros indicadores.
6. Tomar acciones sobre lo evaluado, respecto a lo que se había presupuestado inicialmente hacer o lograr.

Son seis pasos que, con variaciones, encontrarán en diferentes filosofías organizacionales; en algunas serán cuatro, en otras diez, en otras, otro número, pero
en general el ciclo está cubierto en lo que he expresado.

Entonces, antes de continuar con la lectura, usted querido conciudadano (perdón a los lectores que no viven en Cali; aún así pueden opinar si han tenido jornadas sin carro en algún momento en sus ciudades), puede contestar, ¿para qué fue que dejó su carro en la casa? ¿Sabe usted si nos fue bien o mal en la jornada? ¿Sabe para qué la hicieron?

La comunicación que recibí por medio de la empresa, de la radio, de la televisión y del periódico fueron diferentes, pero en general coincidían en que el día sin carro era un día ambiental. Y lo digo así, de forma imprecisa, porque así me llegó la comun
icación: variada e imprecisa. Incluso en el voz a voz, voces de protesta y otras alentando a la jornada expresaban argumentos cada vez más diferentes; definitivamente no todos sabíamos para qué es que íbamos a dejar el carro en nuestras casas. Es más, ni siquiera tuve las mismas respuestas cuando pregunté a diferentes personas qué pasaba si uno sacaba el carro ese día, ¿tendría una multa? ¿Se lo llevarían a los patios? ¿Me señalarían? No, la gente no sabía, o al menos todos creían cosas diferentes. Es decir, si había objetivos claros, la comunicación de ellos fracasó.

Supuse, entonces que lo mejor era recurrir a la página oficial de la Alcaldía (quien promovía la
actividad) y verificar para qué era. En la parte inferior de la pantalla todavía había una encuesta (a la cual le tomé una foto, porque seguro si lee esto en una semana ya lo habrán quitado) que dice: "La ciudad opina ¿Está de acuerdo con brindarle a la ciudad 18 horas de oxígeno?". Es decir, la jornada del día sin carro tenía un objetivo ambiental. Pero con intranquilidad, pienso que esto no es suficiente, así que hago uso de las herramientas de búsqueda de la página y me encuentro con un artículo que presenta el balance de la jornada titulado "CERO ACCIDENTES DE TRÁNSITO Y EXCELENTE COMPORTAMIENTO CIUDADANO, ARROJA LA JORNADA '18 HORAS DE OXÍGENO PARA CALI'. ¿Cómo así? ¿La jornada no era ambiental???? ¿Por qué accidentes? ¿Por qué comportamiento ciudadano? ¿Qué es lo que estamos midiendo?

En mi humilde opinión, tengo varias formas para argumentar que la jornada sin carro, no debió ser y además, no fue ambiental. Que tiene más un objetivo educativo y de medición del sistema de transporte urbano de la ciudad. Que no era para que los transportadores ganaran más plata. Que posiblemente esté más relacionada con mostrarle a la comunidad con ayudar a disminuir los problemas de transporte que la ciudad soporta. Que serviría para identificar las falencias del sistema. Pero que definitivamente, aunque ayuda a los problemas ambientales, ese no es el objetivo que debe perseguir, ni que persigue la administración local. Y podría continuar, pero lo que quiero dejar claro aquí, es que para definir si algo fue exitoso o no (ver los seis pasos que dejé al inicio del artículo) debe haber claridad en los objetivos, los debe saber todo el mundo y debe haber una forma de medirlos.

Si ustedes leen completo el artículo, les podrá generar la misma gracia que a mí los resultados y las posibles acciones a tomar:

1. Cancelación de tarjetas de operación: Creo que no era necesaria una jornada sin carro para esto. Basta con que la secretaría de transporte haga su trabajo y visite las empresas de transporte para que se de cuenta del mal estado de muchos vehículos. Basta con que haya una regulación que no se pasen por la galleta con sobornos. Basta con que inmovilicen los vehículos que no cumplen.

2. Aumento de pico y placa para los taxis: ¿Y esto qué tiene que ver con el medio ambiente? Sacamos a los particulares. Vemos muchos taxis y ¿les aumentamos el pico y placa? ¿Y lo que medimos no fue el impacto de los particulares? ¿Cómo así? El pico y placa entonces ¿no es para los que les medimos el impacto? Me perdí.

3. En cuanto a lo ambiental: Se dieron los porcentajes de reducción respecto al día anterior donde si habían carros. ¿Y? Listo, sigamos con el MIO. También me perdí. Si el objetivo era ambiental, ¿cuáles va a ser las acciones ambientales? Ya. Ahí quedó todo lo ambiental. Sólo sirvió para moverle la vena al pueblo y que se motivara a dejar el carro en su casa, pero nada más.

Por mi cuenta el balance fue positivo (yo había escrito otros objetivos para ese día). Me gustaría tener más días sin carros en las calles, que la gente usara el sistema de transporte urbano, que se invirtiera en él y en las calles y nos quedaran los impuestos en el margen de los empresarios. Me gustaría que el sistema fuera confiable, seguro y oportuno y que como vi en otra ciudad que un día visité, a los carros parqueados les salieran telarañas mientras la gente usaba el sistema de transporte masivo y había más espacio para transitar y más aire para respirar. Incluso el benéfico día dejó un movimiento en la oficina de empleados con ganas de tener una ruta diaria por parte de la empresa, el cual espero que logre su objetivo (el cual si es muy claro y lo conoce todo el que está haciendo algo para que se ejecute el plan para lograrlo).

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sábado, 16 de agosto de 2008

¡OJO LADRONES!

Bueno, antes de la nota maluca, les cuento que actualicé el artículo del martes, el cual me gustó mucho. Le puse una foto que no había podido descargar que ilustra la belleza de la oscura noche Bogotana y corregí algunos errores tipográficos que se me habían pasado. A los que no lo han leído y a los que sí, los invito de nuevo a que sepan ¿Cómo comprar drogas en Bogotá?

Ahora sí a lo que nos incumbe hoy. Hace exactamente tres meses y trece días escribí un artículo sobre el robo de mi celular y el de mi novia. Esta semana, para mi sorpresa, recibí un correo con la foto de dos personas, en el que se aseguraba que eran ladrones y se le pedía a quien lo recibiera que divulgara la información. Normalmente estos correos me generan sentimientos encontrados; uno que me dice que debo enviar el correo a toda mi lista de contactos, varias veces, imprimirlo y pegarlo por todas partes; y otro que me hace dudar de la autenticidad de la información. Pues, en esta ocasión fue diferente, pues reconocí como uno de los atracadores que se llevó nuestros celulares y dinero a un personaje de la foto. Para no violar el derecho a la igualdad pongo la foto de los dos, pero aclaro que aquel que dirigió calmadamente toda la operación del robo la vez pasada es el que aparece de primero.
ESTE, este fue el que nos robó:




A este otro si no lo había visto nunca, pero también se ve muy malo:

Pensaba escribir hoy sobre otra cosa, pero creo que era justo darle fin (o al menos una continuación) a la historia, con uno de los personajes protagonistas de ella. Buen viento y cuidado cuando caminen.


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martes, 12 de agosto de 2008

¿Cómo comprar drogas en Bogotá?

Sales un poco ansioso. No hay nadie en el ascensor. El viejo ascensor. Con los botones como teclas. En los pasillos, semiiluminados tampoco. Al abrir la puerta de vidrio templado, pesada y algo oscura el frío viento viento capitalino golpea tu cara, baja por tu cuello y llega a las extremidades. Estás inmerso en el aire. De reojo miras los cerros y te sabes un ave a punto de despegar de las alturas. El terreno se enconge y emprendes el camino. Cada paso que das es un golpe al viejo cemento deteriorado por la naturaleza. La arquitectura es bellísima. Pronto las luces que se cuelan por cada espacio que dejan las construcciones generan un ambiente propicio para la tertulia. Pero no vas a hablar. Con nadie. Ni siquiera con quien te topes de frente. El ceño fruncido y las orejas gachas. La mirada fija en el infinito y las manos dentro de los bolsillos apretando la plata una, y la otra el celular. Estás solo en la selva de concreto.


Muy pronto llegas a la carrera séptima y la concurrida calle te aborda como un río lleno de torbellinos. Las diferencias entre los transeúntes te embrujan. Pierdes la concentración y el ceño deja de estar fruncido. No puedes evitar ver el contraste de colores de las bufandas, de los peinados, de los estilos, de los que te parecen inocentes y los que te parecen peligrosos. Peligrosos. Hay algunos que te parecen peligrosos. Así que vuelves a fruncir el ceño y continúas tu camino. De vez en cuando mirando al suelo, fingiendo distracción. Sin embargo, no pierdes de vista cada detalle. Procurando que el río que avanza en tu contra no se de cuenta de ello, de que no pertences a él.

Justo antes de llegar al Museo Nacional, cruzas la calle. Entre oficinas abandonas el embrujo de la noche que la otra acera te daba. Las calles ya no están custodiadas por casas de colores y su composición ya no es más de grandes piedras coloniales. La luz ya no es amarilla y escasa y la ropa del río que ahora parece más un remanso se ha mudado a otras formalidades. El primer expendio de drogas está cerrado. Con una seña que más parecería indicar que alguien ha muerto, la encargada te anuncia que tu suerte no te acompañó ese día para garantizar la transacción con ella. Miras para un lado y para el otro y entre bancos vacíos encuentras mágicos cafés llenos de oficinistas y yuppies modernos que debaten sobre el futuro del país y cruzan la pierna como señoritas o como artistas (los cuales suelen ser delgados y pueden hacerlo). Miras a lo lejos el otro expendio y lo encuentras abierto. En la línea de visión está el Museo Nacional. Como si fuera un castillo que impacta con su belleza iluminada de amarillo. Hay unos cuantos jugando frisby en sus jardines. La policía se para imponente en la entrada y un deseo inminente te apura a entrar en él. Recuperas sin entender cómo, el sentido y miras de nuevo el expendio. "Necesito dinero" piensas. Entras a una pastelería hermosamente adornada y decides que cuando hayas comprado la mercancía también comprarás un postre para que no sea tan amarga la experiencia. Preguntas si conoce la ubicación de un cajero de tu preferencia cercano al lugar. Recibes la indicación y partes en busca de tu objetivo obviando todo lo demás. Está abierto y apenas entras una mujer aproximadamente de cuarenta años te saluda y te pregunta si puede atenderte. Le pides una amoxicilina de 500 miligramos. Ella te dice que sólo te puede vender el medicamente con fórmula médica. Sabes que no la tienes así que describes la enfermedad preguntando al mismo tiempo por otro medicamente de venta libre que pueda ayudarte. Ella te lo ofrece, pero no te gusta la marca. Preguntas por tu marca y descubres que no está y que la ponderación que ella tiene hacia ella no es la misma. Finalmente compras su sugerencia y te vas. En el camino recorres tus mismos pasos, pero ahora mirando todo diferente. Como si le hubieras dado la vuelta a una moneda. El edificio, el gran edificio de Colpatria palpita. Sus colores cambian a cada palpitación y le agregan magia a la noche. El frío te invade de nuevo y apuras el paso. Decides no cruzar por la pastelería sino dar la vuelta para llegar al cajero. Un militar lo custodia, pero aún así lo cierras con llave. El dinero que sacas no es prudente. Así que ahora te vuelves mucho más cauto alerta y rápido en tu paso. Un hombre de nombre italiano grita con una corbata colgada en su nuca a un cliente que le tendrá listo el traje para el miércoles. La pastelería está sola y un hombre solitario bebe café. Te recuerda al sicótico de Amelie que grababa las acciones de la mesera. Compras maracuyá y lulo. Son diferentes estos pasteles. Elegantes. Por el camino masticas un poco de la prueba que te dieron del pastel de amapola. Las pepitas negras, que no tienes claro a qué parte de la integridad de la planta corresponden estallan crujientes entre tus dientes.

Decides cambiar la ruta en el último momento y con agilidad subes una escaleras altas y rocosas. Entre árboles azules con mariposas de metal cruzas y llegas a un pequeño bosque más oscuro que la oscuridad misma. Lo atraviesas mirando como tres mendigos ahogan el frío entre marihuana. No quieres tener un destino igual. Así que los dejas en su traba y continúas tu rumbo. Te paras un instante para observar la belleza de la plaza de toros de La Macarena iluminada en la noche y el Planetario que le dice al oído que la gente de ahora ya no es como la de antes. Le han puesto un café que lo hace snob y que permanece vacío. Regresas al bosque y con cada paso la respiración se hace más difícil. Recuerdas que aunque tus manos constamente frías indican lo contrario tu sangre es caliente. Del pacífico. No está hecha para caminar la noche Bogotana, mucho menos en subida. Aún así, llegas y respiras profundamente con total irreverencia. Disfrutándolo. Tus pulmones fríos están listos. Regresas al refugio, entregas la mercancía y por la ventana observas de nuevo con nostalgia el palpitar de la torre.

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martes, 8 de julio de 2008

¿Cómo mendigar en 5 pasos?

Esta semana me volvieron a llegar al correo las fotos del mendigo en silla de ruedas que se va a su casa en su vehículo. Me acordé de la vez en que vi como se relevaban dos niños sobre una silla de ruedas para pedir dinero y de la vez que vi como una niña simulaba que se le caían las cocadas y lloraba para que la gente le diera dinero para luego recogerlas y repetir la misma operación.

Con esta motivación me dirigí a mi archivo y busqué aquel otro correo donde comparaban el salario de un mendigo contra el de un practicante y si, aunque yo no serviría para ser mendigo (soy muy orgulloso), pues a varios les podría interesar el negocio. Según este artículo, puede llegar a ser mucho más lucrativo que muchos empleos, incluso de profesionales.

Paso 1: Haga los cálculos. Como cualquier negocio o empleo que se emprenda, debe haber una base de comparación para tomar la decisión. Si usted gana más estudiando, manejando una buseta, cantando, o archivando documentos en una oficina, pues para qué pedir. Es igual que cuando va a cambiar de empleo (si tiene). Debe calcular cuánto se va a ganar versus lo que se gana actualmente. O cuando va a invertir en un negocio. Finalmente todo se resumen en el elemental análisis costo-beneficio. ¿Cuánto me va a costar? versus ¿cuánto beneficio voy a obtener? Todos los costos, y los beneficios, a diferencia de lo que pueda pensar alguien con un enfoque fuertemente financiero no se pueden cuantificar monetariamente. Así pues, la libertad que le puede generar a un mendigo el pedir cuando se le antoje, el no tener que lavarse las manos, o el poder dormir en el trabajo, no son aspectos que se puedan poner en términos monetarios, pero que sí deben ser tenidos en la cuenta a la hora de hacer la comparación.

A continuación le presento un ejemplo que si no le ha llegado al correo, ha visto en algún blog ya y decidió no leer el artículo que le recomendaba al comienzo, lo encontrará novedoso y sorprendente:


El siguiente, es el levantamiento de datos realizado por un Estudiante en Práctica de Ingeniería:

Un semáforo cambia de estado, en promedio, cada 30 segundos (treinta segundos en rojo, treinta segundos en verde). Por lo tanto, por cada 1 minuto, un mendigo tiene 30 segundos de tiempo útil para lograr "facturar"
un mínimo de $ 100,00. Con este esquema, en 1 hora de "trabajo" el mendigo habrá recaudado: (60 minutos x $ 100,00/minuto) = $ 6.000,00/hora.

Si el mendigo trabaja 8 horas por día, descansando los domingos, da un promedio de 25 días por mes, lo que deja una facturación de: (25 días/mes x
8 horas/día x $ 6.000,00/hora) = $ 1.200.000,00/mes

¿Será que esta es una cuenta absurda...?

Ahora bien, $ 6.000,00/hora es una suma razonable para quien trabaja en el semáforo, porque las personas que colaboran no siempre dan sólo $ 100,00...
a veces dan $ 200,00, $ 500,00 y a los más generosos los he visto dar hasta una devaluada monedita de $ 1.000,00.

Sin embargo, vamos a ser "conservadores" y asumir que en realidad el mendigo sólo recauda la mitad de la cuenta inicial, o sea: $ 3.000,/hora. Haciendo nuevamente las cuentas tendremos un valor final de $ 600.000,00/mes. Esto, equivale al salario promedio de un Estudiante en Práctica de Ingeniería, que se desempeña en una empresa colombiana de mediano porte; trabajando 48 horas nominales por semana, y aun teniendo que ir los domingos a resolver los líos de mantenimiento.

De esta forma, cuando el mendigo recibe una monedita de $ 1.000,00 (que no es raro), puede descansar tranquilo debajo de un árbol por los próximos 9 cambios de luz del semáforo, y sin ningún jefe que se la monte por causa de este descanso en medio de la jornada de trabajo.

Pero hasta aquí todo es teoría... ahora vamos al mundo real:

Con estos datos en mano, fui a entrevistar a una mujer que pide limosnas en Bogotá, y que siempre va a cambiar las monedas en una tienda del barrio (a los tenderos les encanta el menudo). Le pregunté cuanto ella facturaba por día; ¿saben lo que me respondió...?. Pues la cuenta inicial estuvo bastante
aproximada: un promedio de $ 35.000,00 a $ 40.000,00 diarios.. !!!. Con esto nos queda un ingreso mensual de:

(25 días/mes x $35.000,00/día) = $ 875.000,00/mes

o de:

(25 días/mes x $40.000,00/día) = $ 1.000.000,00/mes

Lo que en promedio da: $ 937.500,00/mes !!!

Y pero aun: ella me dijo que jamás llega a "trabajar" ni siquiera 8 horas diarias...

MORALEJA: Es mejor ser mendigo que trabajar como estudiante de ingeniería...
esfuércese siendo un buen mendigo, y gane más que un estudiante de ingeniería... pedir limosna es más lucrativo que conseguir un empleo.

Firma:
Estudiante en Práctica decepcionado

PD: ¿Tiene $100 que me regale...?
Bueno, a diferencia de quien sea autor de ejemplo anterior, yo no me encuentro decepcionado de haber elegido lo que elegí para vivir. Pero continúo con los pasos que les prometí para quien quiera una vida como esta.

Paso 2: Hechos los cálculos asegúrese de producir lástima. Para ello se recomienda:
  1. Ropa vieja y rota
  2. Piel, uñas y pelo sucio. Si le es posible, y no le da mucho asco, los dientes también.
  3. Algún letrero con mala ortografía. Ojalá que exprese que usted ha sido desplazado por la violencia. Esto, hoy en día de tanta "sensibilidad" genera mejores resultados que los clásicos "siego" "zordo" "ibalido".
  4. Las sillas de ruedas y las muletas son geniales. Las primeras son mejores, además que le permitirán descansar.
  5. Preparar la cara de dolor y sufrimiento. Pruebe en las noches.
Paso 3: Llegue temprano al sitio de trabajo. Las mejores horas del día son las mañanas cuando la gente lleva los bolsillos llenos y el día no los ha hecho enojarse todavía contra la sociedad por tener un trabajo miserable. No como el suyo, que es una maravilla. Procure ocultar la forma en que llega a su sitio de trabajo. Ojalá después de llegar de varias vueltas evitando que el primer transeúnte que va a darle dinero sepa algo de usted además de lo que diga su letrero.

Paso 4: Desarrolle un sistema para administrar los activos. La calle es peligrosa y seguramente alguien querrá "compartir" con usted el sueldo que con el sudor de la frente y el mugre de la piel pidió. Así que sea ágil en la evacuación de dinero, o tenga una buena "caja fuerte". En el mejor de los casos recurra al outsoursing de seguridad. Hay mucha oferta de estos servicios en la calle.

Paso 5: Finalmente, el más importante. Así como llegó con sigilo, salga sin mucho aspaviento. No se deje seguir y mucho menos fotografiar (esto aplica para los cambios de turno de silla de ruedas, o para cuando decida cojear con la otra pierna). Fotografías como las que muestro a continuación, a manera de ejemplo, le pueden hacer perder el empleo. Tendrá que buscar un nuevo semáforo (o esquina) y con el aumento de la oferta de mendigos, cada vez es más difícil acceder a los mejores lugares.

PS: Estas imágenes me trasnportó al semáforo de la avenida Roosevelt con carrera 39 de la ciudad de Cali. Donde se encontraba McDonalds (antes de su cierre). Allí fui donde vi el relevo de silla de ruedas. Y el parqueadero pensé que era el del edificio que se incendió, donde quedaba el Mundo de los niños, cuando yo era niño. Pero las placas me sacaron del error. Sin embargo, no dudo, que guardadas las proporciones, acá es igual.

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sábado, 31 de mayo de 2008

¿Por qué me gusta andar en bus?

Hace algún tiempo que la idea de contarles por qué me gusta andar en bus anda rondando en mi cabeza. Creo que no le había dado la importancia que ella misma me solicitaba para ser escrita. Y hoy quise hacerlo.

El servicio de transporte urbano de mi país y específicamente de mi ciudad se divide en varias modalidades. Así como en otras partes, son esencialmente las mismas y unas adicionales, aquí son el vehículo particular (carro, moto o bicicleta) y el público (taxi, bus, sistema masivo de buses articulados o mototaxi). También se puede andar a pie o en carrozas. Lo que si no tenemos es trenes. Salvo Medellín que tiene metro.

De todos estos sistemas, el más menospreciado y muchas veces odiado es el sistema de buses. Dejando por fuera de ellos a los buses articulados con líneas dedicadas. En Bogotá Transmilenio, en Cali, el interminable MIO, en Barranquilla, el Transmetro, en Pereira, el Megabus, y así en las otras ciudades donde hay y no se me el nombre. Lo dejo por fuera, porque éste es un modelo diferente copiado de otras ciudades donde ha funcionado y se espera que acá lo haga. Eso sí, cuando tenga la cobertura suficiente y desplace de una vez por todas a los demás buses. Mientras no lo haga, hablaré de ellos.

El sistema de buses es menospreciado y odiado, porque no es cómodo. Porque es salvaje y porque es para los pobres. Los pobres no lo quieren porque les toca usarlo, y los ricos no lo quieren porque tienen sus otros sistemas “superiores” y el hecho de no estar obligados a usarlo es una forma más (de las muchas que tienen) de excluir.

A mí, por otra parte me gusta andar en bus. Desprecio muchos de los problemas que tiene el sistema. Entre ellos están lo viejos que están los buses en mi país; cómo contaminan; lo agresivos que son, al poner en peligro a muchos de sus pasajeros por ingresar en la guerra del centavo (imagínense lo vieja o lo copiada que es esta guerra para llamarse así en una economía donde ya no circulan los centavos por la devaluación de su moneda); lo inseguros que son (roba mucho); el que no existan paraderos respetados sino que paren en cualquier parte; el que igual no sean suficientes y no los llenen sino que los atiborren de gente, cual lata de sardinas (las cuales odio); que en Bogotá sean el punto de contagio de pulgas. En fin son muchos. Y aún así me gusta andar en bus. Pero, ¿por qué?

Bueno, yo no digo que andar en bus sea bueno. Lo que digo es que A MÍ, me gusta. Ando en bus desde los trece años. Le agradezco a mi padre, que en su primer experimento (soy el hijo mayor de tres hermanos hombres) le haya ganado la discusión a mi madre, a quien los nervios de saber que me iba a montar en uno de esos aparatos solo la ponían loca. Igual ando en bus desde mucho tiempo antes. Recuerdo que cuando tenía tan sólo cuatro años mi mamá me llevaba en colectivo al jardín (unos carros viejos y grandes para cinco o seis pasajeros que tenían una ruta fija), pero cuando no había colectivo también íbamos en bus. Sin embargo, desde los trece años ando solo en bus. Luego podré darles unas breves y sinceras instrucciones que aún sigo para que no me pase nada malo en este transporte que tanto disfruto.

Ahora, trece años después de andar en bus, sigo disfrutándolo. Al comienzo lo hacía por la sensación de aventura y responsabilidad. Como que estas dos palabras juntas no suelen cuadrar, pero en este caso sí. Me aventuraba a la vida urbana y al mismo tiempo me sentía grande por ser capaz de movilizarme yo solo, con total independencia en un transporte público y colectivo. Años más tarde, el transporte me gustaba porque era propicio para descansar de las largas horas sin sueño que la universidad me propinaba y ahora porque es una forma eficiente para llegar al trabajo y salir de él. Aún así, este es sólo el resumen. Preferiría listar los porqués de mi aparente exótico gusto.

Me gusta andar en bus porque…

· No me toca andar en bus, lo hago porque se me antoja.

· Aunque sean viejos y echen todo el humo posible, por la ausencia de mantenimiento, nunca contaminarán más que si cada uno de sus pasajeros se movilizara en carro particular.

· Aunque generen trancones por su gran tamaño y porque paren donde y cuando se les plazca, nunca generarán más trancones que si todos sus pasajeros se movilizaran en carro particular.

· Por una módica suma alguien manejará por mí. Odio manejar.

· No sufro cada vez que mi carro se mete en uno de los muchos huecos que mi ciudad con acné tiene.

· Siguiendo unos sencillos pasos, tengo la confianza de llevar durmiendo trece años en ellos y nunca me ha pasado nada.

· Puedo ver mucha gente.

· Puedo ver las costumbres de mucha gente.

· Me siento más cercano a mi pueblo. Porque no estoy en una caja de cristal viendo cómo todo se viene abajo mientras a mí “no me pasa nada”.

· No me siento indiferente.

· Porque comparto.

· Veo mi ciudad.

· Puedo pensar e imaginar.

· Escucho las emisoras populares y me doy cuenta de otras realidades.

· Puedo saber los precios de una bolsa de maní, una galleta, una manilla de cuero o una pulsera de plata, un conjunto de lapiceros o una canción.

· Le puedo ceder mi puesto a una dama y sentirme muy bien el resto del día por esto.

· Le puedo sonreír a la gente y darle esperanza al contagiarle mi felicidad.

· Me trae recuerdos infantiles, del colegio, de la universidad y de la vida.

· Me aprendo los vallenatos que no me gustan, los reggaetones más desquiciantes, y la salsa de alcoba que ya no escucho sin darme cuenta de que lo estoy haciendo.

· No me estreso por un trancón. Simplemente puedo dormir mientras pasa.

· Escuchando hablar al conductor con su ayudante aprendo de los verdaderos problemas sociales.

· Como a mí no me toca andar en bus, sino que lo hago por decisión, me puedo disfrutar cada momento.

· Ahorro mucho dinero.

· Tener el conocimiento de qué ruta sirve para llegar a qué calle dependiendo de la calle donde se esté me hace sentir que conozco mi ciudad como la palma de mi mano.

· Todavía, trece años después me sigo sintiendo libre, lleno de aventura y responsable.

PS: La imagen se la debo a un gran amigo mío. Gracias Juan Manuel

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sábado, 24 de mayo de 2008

Sobreestimulación virtual y urbana

Hoy de nuevo tendré que mover mi artículo sobre los buses a causa de la necesidad de expulsar todo lo que me genera esta sobre estimulación de la semana.

El jueves en la tarde mollyparker me mostró lo que es el amor en Caspiroleta. Me llegó. Me hizo recordar. Después Marina, en es evidente me puso a pensar en muchas cosas, aunque algunas de las cosas que decía no las entendiera por completo. Tuve un remolino de emociones en mi bandeja de entrada a causa de unas conversaciones que adelanté con un par de grandes amigos.

Al finalizar el día en una lluviosa noche, por la ventanilla del bus en el que me dirigía hacia la casa de mi novia, vi un taxi patas arriba cual cucarrón. También vi a unos policías que agarraban a unos tipos cubiertos por capas para la lluvia y en bicicleta. Los agarraban y manoteaban mientras en la mano suelta llevaban armas. Los carros paraban a ver. Creí que era algo muy grave por las armas de los policías desenfundadas, pero sólo veía que los tipos cargaban DVDs piratas en sus manos. Creo que sólo era un reclamo airado por la mala calidad de la mercancía que los policías compraron.

Al llegar llovía tanto que era difícil escapar de los charcos, y pensé en mi artículo en construcción sobre los buses. A la gente le debe gustar andar en carro porque le tiene miedo al agua. Y también porque le encanta echarle el agua a los peatones. Yo generalmente como en esa noche uso mi paraguas para protegerme de los carros y no del agua (que creo) cae no tan sucia del cielo. Jugando fútbol con frío y lluvia corroboré que los caleños le tienen miedo al agua.

En la mañana del viernes, aún con lluvia el carro (o lo que quedaba de él) más compacto que he visto en mi vida, alertó mi mañana con su “estoy bien aquí acomodado contra un poste, los demás pueden transitar por el otro carril”. Creo, que ni las gafas más gruesas que he visto, que se asomaron en la cara de una niña en el bus de la mañana, ni cualquier otra imagen podrán sacar de mi cabeza la imagen de ese carro con un poste metálico doblado por encima de él. Los huecos, los carros, las venas de la ciudad, una ciudad donde o el agua o la luz se va cuando llueve mucho. Una ciudad que retrocede y con velocidad va a ser de nuevo un pueblo. Y en todas esas preocupaciones mi padre me pregunta intrigado si es cierto que puede navegar por sólo 3000 pesos ilimitadamente desde su celular. Le dije que, con algunas restricciones, si y recordé lo que había leído el día anterior en la tejedora (muy buen blog).

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sábado, 22 de marzo de 2008

Mi niña tiene acné

Si estuviera influenciado por la mezcla de las lecturas de Gabriel García Márquez y Hernán Casciari (de este último solamente una) diría que Cali es una vieja buenona de 33 años con unas tetas firmes, obviamente operadas y moza de un traqueto que le tiene todos sus jugueticos al día. Rumbera, fresca y sin reparo en lo que le depare el destino.

Pero no. Yo me inclino más por pensar que Cali es una niña de 15 años que le gustan los excesos. Tal vez por ignorancia, tal vez por rebeldía. Come muchas empanadas, papas aborrajadas y en si, toda cantidad de fritangas típicas de la región. Gracias a ello y a la polución en la que vive (cada vez hay más humo de cigarrillo, carros y empresas a su alrededor, a pesar que su prima Palmira ya casi no quema su cabello verde de caña), su cara se ha llenado de un acné muy difícil de curar.

Cali, como toda mujer vanidosa, no quiere tener su cara llena de huecos y ha probado varios remedios para ello. Le han dicho que hay una base poderosa que puede ocultar las feas imperfecciones de su rostro, pero no funcionó. Siempre se le caía y los huecos de su cara saltaban a relucir.

También pensó en dejar de consumir tanta grasa, pero igual, su acné ya era bacteriano y no se lo pudo quitar solamente con suprimir los alimentos grasosos. Además Cali, tiene tendencias alcohólicas y eso hace que su acné sea más notorio cada vez que toma.

Cali también probó toda serie de caras cremas que le ofrecían los políticos, pero en vez de curarse cada vez su cara está más llena de huecos. En ellos se acumula agua y mugre, de vez en cuando unos animalitos con llantas que circulan por su cara se quedan incrustados o se chocan por intentar evitar las grietas de Cali. A veces uno que otro de los habitantes de la piel de Cali (los que tanto bien le hacen y en ocasiones, los que tanto mal le hacen) mueren a causa de las grietas.

Mi niña Cali, tiene acné y sabe que como otras niñas de su edad podría quitárselo tomándose unas de esas pastas que secan todo y con las cuales no se puede beber. Pero hay un problema. Son pastas caras y que requieren un sacrificio. No gastarse la plata en banalidades. Sin embargo, Cali es joven y un poco tonta y por el momento se deja engañar de inescrupulosos que sólo quieren su riqueza y su belleza. Los mismos que cuando Cali tenga la cara tan llena de cicatrices que ni la mejor cirugía plástica la pueda curar, la abandonarán por otra niña que tenga la belleza y la juventud que Cali tiene ahora.

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